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El fusil de Malthus

WASHINGTON – La ciencia y la tecnología transformaron la agricultura profundamente en el siglo XX. En la actualidad, gran parte de la agricultura del mundo desarrollado es una empresa en gran escala: mecanizada, controlada informáticamente y basada en un uso complejo de la química y de los conocimientos de la fisiología de las plantas y del suelo.

La invención de los fertilizantes químicos a comienzos del siglo y su utilización en aumento, junto con la mecanización y la creación de variedades de cereales muy productivas, contribuyeron al aumento de la productividad agrícola en el mundo desarrollado. La “revolución verde” brindó esos beneficios a naciones menos desarrolladas.

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Gracias a ello, y pese a la triplicación de la población mundial, hasta ahora nos hemos librado de la predicción de Malthus en 1798 de que el aumento de la población humana superaría inevitablemente nuestra capacidad para producir alimentos. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, los hambrientos de la Tierra se redujeron de la mitad de sus 3.000 millones de habitantes a menos de 1.000 millones de sus actuales 6.500 millones.

Los cultivadores del siglo XX aprendieron a acelerar los cambios genéticos en las plantas con substancias químicas y radiación, método de mejora genética de las plantas bastante rudimentario. La introducción de los métodos moleculares inició la revolución agrícola actual. La utilización de semejantes técnicas se denomina modificación genética, ingeniería genética o biotecnología. Los cultivos genéticamente modificados, que resisten ciertas plagas y toleran los herbicidas, han logrado una rápida aceptación en muchos países.

Según el Servicio Internacional de Adquisición de Aplicaciones de la Agrobiotecnología, la adopción de cultivos genéticamente modificados está aumentando con tasas de dos cifras y en 2007 ascendía a 114.300 hectáreas en 23 países. Tal vez el dato más importante sea el de que 11 de los 12 millones de agricultores que cultivan cereales genéticamente modificados son pequeños propietarios con pocos recursos.

En los doce años transcurridos desde su introducción comercial, los cultivos genéticamente modificados, resistentes a los insectos, han permitido un aumento de las cosechas, al tiempo que reducían en gran medida el uso de plaguicidas tóxicos. Las plantas que toleran los herbicidas han permitido la reducción de la utilización de herbicidas y han propiciado la adopción generalizada de la labranza de conservación, con lo que ha habido una pronunciada reducción de la perdida de tierra mantillosa y se ha protegido la fertilidad del suelo.

Pese a las calamitosas predicciones que se habían hecho, hasta la fecha no se han documentado efectos nocivos de los cultivos genéticamente modificados en la salud, la biodiversidad y el medio ambiente. Hasta ahora los únicos efectos no previstos han sido beneficiosos. Por ejemplo, el maíz genéticamente modificado y resistente a los insectos presenta niveles muy inferiores de contaminación con micotoxinas que el cultivado tradicional u orgánicamente, porque las plantas son resistentes a las larvas de los insectos que hacen agujeros por los que entran en las plantas los hongos: sin agujeros no hay hongos ni, por tanto, micotoxinas.

Las técnicas de modificación genética cuentan con una aceptación generalizadaamp#160; en la medicina y en la tecnología de los alimentos. ¿Qué haríamos en la actualidad ante la epidemia de diabetes a escala mundial sin la insulina humana, ahora producida en muy gran escala a partir de genes de la insulina humana expresados en microorganismos?

Pero muchos países de Europa, el Japón y –lo que resulta más trágico– muchos países africanos siguen rechazando rotundamente la utilización de técnicas moleculares para mejorar las plantas de los cultivos.

Las recientes crisis de los precios de la energía y de los alimentos han dejado el mundo parado en seco. La así llamada “crisis alimentaria” de 2008 no ha sido, en realidad, una crisis, en el sentido de una situación que se puede resolver mediante la rápida aplicación de medidas de emergencia. Ha ido desarrollándose durante decenios y no es probable que desaparezca pronto, aunque de momento los precios de los alimentos se están moderando.

Una población humana que se acerca a los siete mil millones está llevando hasta el límite los sistemas de sostén ecológico del planeta. El agua y la tierra cultivable son escasas. El clima está cambiando. La energía basada en los combustibles fósiles es cara y contribuye al cambio climático. Inesperadamente, volvemos a encontrarnos una vez más mirando por el cañón del fusil de Malthus.

La mayoría de los más pobres del mundo son agricultores que son pequeños propietarios rurales, prácticamente desconocedores de la agricultura moderna. Hay mucho margen para aumentar la productividad y, aun así, mientras oímos hablar de una segunda “revolución verde”, la de aumentar el suministro de alimentos en la actualidad en las naciones más pobres, más pobladas e inseguras es una tarea tremenda.

Parece que en algún punto entre la “revolución verde” y la revolución de la biotecnología el mundo desarrollado declaró ganada la guerra por la seguridad alimentaria y pasó a ocuparse de otros asuntos. Los ciudadanos de muchos países desarrollados y urbanizados se han vuelto nostálgicos y se han ido convenciendo progresivamente de que la agricultura orgánica, una vueltaamp#160; a la agricultura del siglo XIX, produce alimentos nutricionalmente superiores (cosa que no hace) y que puede resolver los problemas alimentarios mundiales (cosa que no puede hacer).

En los casos en que aún no hay escasez de tierra, la agricultura orgánica en pequeña escala es un lujo permisible. La cantidad de tierra cultivable en el planeta no ha cambiado substancialmente en más de medio siglo. La tierra se pierde por la urbanización, la desertización y la salinización al mismo ritmo en que se gana desforestando y arando pastizales.

Sin embargo, el aumento de la población humanaamp#160; y la prosperidad cada vez mayor siguen incrementando la demanda de alimentos, piensos y fibra. Ahora bien, cuando estamos empezando a afrontar el agotamiento de las reservas de combustibles fósiles, estamos pidiendo a la agricultura que sacie también una parte de nuestro apetito energético. Es como esperar que un modesto salario anual sacie todos los apetitos que alguien desarrollara mientras consumía una gran herencia.

Los de la adaptación al cambio climático y la reducción de las consecuencias medioambientales de la agricultura y a la vez el aumento de su productividad son algunos de los imperativos fundamentales que debemos cumplir en el siglo XXI. Pese a las numerosas críticas que han recibido, los cultivos genéticamente modificados que se utilizan actualmente ya han contribuido a ello.

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Para desarrollar una agricultura medioambientalmente inocua para un planeta caliente y atestado, habrá que recurrir a los métodos agrícolas más avanzados de que se disponga, incluidas las técnicas de modificación genética. De hecho, hay proyectos en marcha para crear variedades que requieran una menor utilización de agua y mantengan su potencial de cosechas en condiciones de sequía más graves que los cultivos actuales.

¿Tendremos la cordura de aceptar las pruebas cada vez mayores de la inocuidad de esos instrumentos necesarios para la supervivencia y, por tanto, recurriremos a ellos?