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Las alianzas efímeras de Rusia en Oriente Medio

NUEVA YORK – Estados Unidos ha perdido dos guerras asimétricas en los tiempos modernos: una contra el Vietcong en Vietnam y otra contra los grupos terroristas en Oriente Medio. Cuando su derrota se volvió evidente en Vietnam, Estados Unidos se retiró de la región, dejándole al ganador la tarea de limpiar el desastre -y, finalmente, sumarse a la estructura de seguridad y cooperación de la ASEAN-. A pesar de sus mayores esfuerzos, a Estados Unidos le ha resultado más difícil dejar atrás a Oriente Medio, una región todavía desgarrada por el conflicto y perturbada por alianzas cambiantes.

Para el presidente ruso, Vladimir Putin, la agitación de la región representa una oportunidad importante. Al afianzarse en Oriente Medio, espera revivir la imagen desvanecida hace mucho tiempo de Rusia como potencia mundial, recuperar su condición de principal contrapunto geopolítico de Estados Unidos y ganar elementos de negociación con los cuales promover sus intereses más inmediatos en el exterior próximo a Rusia. El éxito en estas áreas, calcula, cementará su poder y el respaldo popular en su país.

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En estos frentes, Putin ha hecho algunos progresos, incorporando firmemente a Rusia en la política de Oriente Medio. Pero la posición de Rusia en la región sigue siendo frágil. Actualmente no es capaz de ayudar a establecer -mucho menos supervisar- un nuevo orden regional, por una simple razón: el Kremlin carece de verdaderos aliados allí.

Sin duda, Rusia efectivamente ejerce una influencia sustancial en Siria (un legado de la Guerra Fría), y los intereses compartidos le han permitido a Putin asociarse con algunas potencias regionales. Pero ningún país de Oriente Medio hoy es un cliente cautivo del Kremlin como lo fue, digamos, Egipto durante la Guerra Fría.

La reciente cooperación de Rusia con Irán, por ejemplo, no es ninguna señal de una amistad en ciernes, como creen algunos expertos. Si bien ambos gobiernos respaldan al presidente sirio, Bashar al-Assad, e Irán le permitió a Rusia utilizar sus bases aéreas en la lucha contra el ISIS, Irán está decidido a retener su papel como principal mecenas de Assad. Es más, Irán no querría poner en peligro sus esfuerzos por reconstruir sus relaciones económicas con Occidente -un objetivo que apuntaló el acuerdo internacional sobre su programa nuclear concluido en 2015-. En cuanto a Rusia, cooperar con Irán en una política más amplia para Oriente Medio destruiría su estatus entre las potencias sunitas de la región.

Mientras tanto, países como Turquía y Egipto se están asociando con Rusia en una suerte de protesta, en medio de tensiones con sus aliados más cercanos en Occidente. Turquía, por ejemplo, hasta hace poco estaba enfrentada a Rusia por el derribo por parte de Turquía de un avión de guerra ruso cerca de su frontera con Siria el pasado mes de noviembre. Pero Turquía ahora se ha reconciliado con Rusia y le bajó el tono a su papel en la lucha contra Assad, el principal socio de Rusia en la región.

Esto no refleja alguna aceptación por parte de Turquía de que Rusia es un actor crucial que vale la pena mantener de su lado. Más bien, el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, quiere la ayuda de Rusia en la lucha de Turquía contra los kurdos de Siria, cuyas ambiciones nacionalistas Erdoğan quiere contener a toda costa, no sea cosa que inciten al separatismo entre los kurdos en Turquía.

Erdoğan está frustrado con los aliados occidentales de Turquía, que no le han hecho ningún favor a su país en la cuestión kurda. Por el contrario, los kurdos sirios son el socio más eficiente de Estados Unidos en la guerra contra el Estado Islámico (ISIS), al que Turquía y Rusia también están combatiendo. Armar a las milicias kurdas, como hoy está considerando el presidente norteamericano, Barack Obama, arrojaría aún más a Erdoğan a los brazos de Putin. Dado el interés de Putin en dividir a la OTAN, recibiría con beneplácito ese desenlace.

También existen incentivos económicos para la asociación entre Rusia y Turquía, que incluyen unos 30.000 millones de dólares en comercio anual. Rusia, agobiada por los bajos precios de las materias primas y la persistencia de las sanciones occidentales, también está ansiosa por impulsar las exportaciones de energía a Turquía.

Pero el potencial de la relación entre Turquía y Rusia es limitado. Para empezar, sean cuales fueren las tensiones que existen entre Erdoğan y Occidente, el presidente turco sabe que no es aconsejable poner en riesgo las garantías de seguridad ofrecidas por la OTAN. En vista de esto, cualquier alianza con Putin en Siria probablemente sea superficial y de corta vida.

Rusia, por su parte, no tiene ningún interés en fomentar la condición de Turquía como potencia regional importante. Después de todo, ha competido durante mucho tiempo con Turquía por ejercer influencia en el Mar Negro y Oriente Medio. La reacción de Rusia frente al reacercamiento de Turquía a su antiguo aliado Israel -con el cual había estado enfrentado desde 2010, cuando comandos israelíes atacaron un barco turco que formaba parte de una flotilla destinada a brindar ayuda en Gaza- refleja esta rivalidad.

En un principio, la reacción de Rusia fue indiferente, en gran medida porque, considerando el papel de Israel como creciente potencia energética en Oriente Medio, la reconciliación ponía en peligro los planes de Rusia de impulsar las exportaciones de energía a Turquía. Pero Putin luego apoyó la movida, no porque le guste la idea de que Turquía, que también tiene lazos estrechos con Hamas, cobre más relevancia en los asuntos de Gaza, sino porque quería presentar a Rusia como un actor regional clave.

Por cierto, Putin a continuación anunció que estaría dispuesto a albergar conversaciones de paz entre Israel y Palestina. Como seguramente sabe, Rusia carece de la influencia, económica y de otro tipo, que haría falta para generar un acuerdo. Pero parece haber decidido que la sugerencia reforzaría la visión de Rusia como un jugador regional que compite en importancia con Turquía o hasta con Estados Unidos.

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Sin embargo, la verdad es que Estados Unidos sigue siendo indispensable para cualquier solución del conflicto palestino-israelí. En términos más generales, la necesidad de una libertad y una democracia al estilo occidental continúa siendo el sueño de las generaciones más jóvenes de Oriente Medio; sólo se ha visto oscurecido por la respuesta autocrática a los levantamientos de la Primavera Árabe, y la subsiguiente proliferación de islamistas radicales.

Estados Unidos ahora está concentrado en Asia, una región en auge. En lugar de emplear las armas de guerra, está utilizando las herramientas de la globalización -en particular, las asociaciones de comercio e inversión- para ayudar a impulsar el desarrollo de la región. Cuando Oriente Medio esté listo, Estados Unidos seguramente hará lo mismo allí. Y cuando eso suceda, las incursiones militares aisladas y las alianzas efímeras que Rusia ha mantenido rápidamente se perderán. Al igual que la Unión Soviética en Europa central y del este, la Rusia de hoy no tiene ningún lugar en una región que está atravesando una reforma socioeconómica y transiciones democráticas.