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Donald Trump y el nuevo orden económico

HONG KONG – Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la jerarquía de las prioridades económicas ha sido relativamente clara. Por sobre todo estaba la creación de una economía global impulsada por el mercado que fuera abierta, innovadora y dinámica, en la que todos los países puedan (en principio) prosperar y crecer. En segundo lugar -hasta se podría decir en un segundo puesto distante- estaba la generación de patrones de crecimiento nacional vigorosos, sustentables e inclusivos. Nada más.

Por cierto, una inversión de las prioridades parece estar en marcha. Lograr un crecimiento fuerte e inclusivo a nivel nacional para reanimar a una clase media que se desmorona, fomentar los ingresos estancados y recortar el alto desempleo juvenil hoy está cobrando precedencia. Los acuerdos internacionales de beneficio mutuo que rigen los flujos de mercancías, capital, tecnología y personas (los cuatro flujos esenciales en la economía global) son apropiados sólo cuando refuerzan -o, al menos, no minan- el progreso para cumplir con la más alta prioridad.

Esta inversión se volvió evidente en junio, cuando los británicos -inclusive aquellos que se benefician significativamente del sistema económico y financiero abierto de hoy- votaron a favor de abandonar la Unión Europea, en base a lo que podría llamarse el principio de soberanía. La percepción fue que las instituciones de la UE estaban minando la capacidad de Gran Bretaña de impulsar su propia economía, regular la inmigración y controlar su destino.

Una visión similar ha animado los movimientos políticos nacionalistas y populistas en toda Europa, muchos de los cuales creen que los acuerdos supranacionales deberían venir después de la prosperidad interna. La UE -que en verdad, con su configuración actual, deja a sus gobiernos miembro casi sin herramientas políticas para satisfacer las necesidades en evolución de sus ciudadanos- es un blanco fácil.