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La máquina del machismo en México

Mónica hurga frenéticamente dentro de su cartera mientras comemos en un restaurante de la Ciudad de México. Saca su teléfono celular y revisa si hay mensajes. "¿Pasa algo malo?", pregunto. "No, no es nada", sonríe, "es sólo mi marido. Se enoja si llama y no contesto. Se supone que siempre tengo que tener el teléfono prendido, porque le gusta saber por dónde ando". "O sea, le gusta seguirte la pista, querrás decir", digo yo, y ella se ríe.

Mientras Mónica explica con timidez que su marido Esteban es en realidad bastante abierto de mente, me doy cuenta de que últimamente he escuchado un montón de historias similares, contadas por amigas y pacientes del sexo femenino. El teléfono celular se ha convertido en un nuevo método para que los hombres controlen a sus mujeres, llamándolas y presionándolas para que regresen a casa lo antes posible. Puede que el machismo esté pasado de moda en el México actual, pero el control está definitivamente en boga.

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Raramente se escuchan historias de hombres que no permiten a sus esposas estudiar, trabajar o salir de día. Casi el 40% de las mujeres en edad de trabajar tiene un empleo, el número de alumnos matriculados en colegios y universidades está dividido equitativamente entre ambos sexos, y el diferencial promedio de los salarios, en el que las mujeres ganan cerca del 70% de lo que ganan los hombres, es comparable al de las naciones industrializadas. Las mujeres están cada vez más conscientes de sus derechos y exigen un trato igualitario en el trabajo y en la política.

En estas condiciones, el machismo ha sufrido una mutación. Hoy en día, se basa más en el control y en la coerción psicológica que en la discriminación o en las restricciones físicas. En cierto sentido, el machismo ha pasado a la clandestinidad. Profundamente enterrado en nuestras costumbres cotidianas, es casi invisible en las clases educadas... invisible, pero siempre presente.

Es posible que en muchas áreas se considere a las mujeres como a iguales, pero los hombres siguen siendo más iguales. En México, las mujeres no son dueñas de su tiempo. Cuando salen, gastan dinero, ven a sus amigos y amigas, todavía se espera que rindan cuentas. Los padres, hermanos, novios y maridos se sienten con derecho a recibir una explicación detallada de sus actividades cotidianas, pero no aceptan que se les pregunte sobre las de ellos. En la casa, los hombres pueden decir "No me molestes, estoy viendo la tele", pero las mujeres no, pues se supone que deben de estar disponibles noche y día para su marido y sus hijos.

Estos dobles estándares forman un pilar del machismo actual. Por supuesto, es mucho más evidente en la intimidad del hogar que en el lugar de trabajo o en público. Las encuestas indican que los hombres están dispuestos a ir al supermercado o hacerse cargo de los niños por un rato, pero se rehusan a planchar, a coser, a cortar las verduras o a limpiar el horno o el baño, debido a que estas tareas se consideran poco masculinas. Los hombres ayudan, pero dentro de parámetros rígidamente definidos.

Esta división del trabajo en todas las áreas de la vida significa que tanto los hombres como las mujeres siguen siendo sorprendentemente ineptos para las tareas asignadas al sexo opuesto. Vemos hombres educados que no saben cómo hacerse una taza de café y mujeres profesionales que no tienen idea acerca de cómo cambiar un fusible. Los hombres saben poco de bebés, las mujeres saben poco sobre cheques... porque no les corresponde. Así el machismo crea personas con sólo la mitad de las habilidades que requiere la vida moderna. Lejos de crear una complementariedad saludable entre los sexos, esto perpetúa la dependencia en ambos lados y da origen a una amplia y extendida ineficacia.

Parte del problema es el arraigado supuesto de que las mujeres están para atender las necesidades de los hombres. Desde el momento de su nacimiento, los hombres están rodeados por la constante atención de las mujeres. Se espera que las madres, tías, abuelas, hermanas y, después, las novias, esposas e hijas satisfagan, e incluso se anticipen, a cada deseo del hombre. Las madres dicen a sus niñas pequeñas que "atiendan" a sus hermanos, mientras que a los niños se les dice que "cuiden" a sus hermanas.

Estos mimos sin fin son acentuados por las sirvientas domésticas, desde el ama de llaves de la alta sociedad hasta la criada de media jornada de una familia de clase media. Las sirvientas, en efecto, son un bastión del machismo mexicano. Aunque permiten que las mujeres salgan y trabajen, aseguran que los hombres sigan siendo mimados como si fueran potentados orientales, sin levantar nunca un dedo en la casa. Donde las esposas e hijas hoy se rehúsan a dejar todo de lado para preparar el almuerzo del hombre de la casa, la criada es quien se hace cargo del trabajo extra.

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Los alcances de estas actitudes y conductas van más allá de la esfera doméstica. Los niños mimados mexicanos crecen y se convierten en hombres acostumbrados a que los obedezcan al instante, que se creen con derecho a recibir atenciones especiales, que se niegan a negociar con quienes consideran inferiores y rechazan toda forma de crítica. Los hombres que dominan la vida pública a menudo se ajustan a ese molde: son demandantes, impacientes, intolerantes y egocéntricos.

Hay una contradicción ineludible entre el machismo y nuestra supuesta transición a la democracia. Como Mónica lo resume con fingida exasperación al terminar nuestro almuerzo, que ha sido interrumpido dos veces por su marido, "Esta cosa del machismo ya no tiene sentido. ¿Cómo es posible que nos sigan manejando los hombres que nunca han puesto un pie en el supermercado?"