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La urgencia moral de la salud mental

PRINCETON – Si uno puede evitar un gran sufrimiento sin que le cueste nada, debe hacerlo. Es un principio ampliamente aceptado y difícil de rebatir. Pero los gobiernos occidentales están descuidando una oportunidad de reducir el enorme padecimiento de las enfermedades mentales, pese a que el costo neto sería nulo.

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En respaldo de esta afirmación podemos citar una investigación reciente de un equipo de economistas de la London School of Economics, dirigido por Richard Layard. Los investigadores analizaron datos de encuestas realizadas en cuatro importantes países desarrollados (Alemania, Australia, Estados Unidos y Gran Bretaña) donde se pidió a los encuestados que calificaran en una escala de 0 a 10 el grado de satisfacción con sus vidas.

Los investigadores se concentraron en el grupo “infeliz” formado por el 10% de la población con puntajes más bajos. Los encuestados también debían responder otras preguntas en relación con factores que pueden afectar el nivel de satisfacción con la vida.

Cuando el equipo de Layard analizó los resultados, halló que los factores de infelicidad más importantes eran todos extraeconómicos: la salud mental, la salud física y tener o no pareja. La salud mental fue el predictor principal: resultó dos veces más significativo que la salud física o la desigualdad de ingresos para explicar la diferencia interpersonal de satisfacción con la vida. (Lo mismo se aplica al 90% no infeliz de la población).

Los investigadores afirman que en términos generales, eliminar la depresión y la ansiedad reduciría la infelicidad un 20%, mientras que eliminar la pobreza sólo la reduciría un 5%. De modo que para reducir la infelicidad en los países desarrollados, hay que priorizar la salud mental.

A muchos esto les parecerá extraño: casi siempre damos por sentado que seríamos más felices si fuéramos más ricos. Entonces, ¿cómo es que la salud mental, y no la pobreza, es la principal causa de infelicidad?

La respuesta es que con el tiempo la gente se adapta a un aumento de sus ingresos (fenómeno conocido como “adaptación hedónica”) y además, los evalúa por comparación con los del prójimo. Esto da lugar a lo que se conoce como paradoja de Easterlin: aunque individualmente los más ricos están más satisfechos con la vida que los más pobres, el crecimiento económico no llevó a que en los países desarrollados el nivel de satisfacción aumentara en términos generales. Si mi vecino se enriquece, yo me siento más pobre, y si nos enriquecemos los dos, es probable que ninguno se sienta particularmente mejor. En cambio, la gente no se adapta a la mala salud mental, y no nos sentimos mejor porque el vecino sea infeliz.

Una vez aceptado que la salud mental es el principal factor de satisfacción con la vida, aún debemos preguntarnos si la intervención en salud mental sería la forma más eficiente que tienen los gobiernos para reducir la infelicidad. Layard y sus colegas analizaron cuánto debería gastar el gobierno británico en soluciones a los problemas de salud mental, salud física, desempleo o pobreza, y concluyeron que la opción más eficiente de las cuatro para reducir la infelicidad sería intervenir en salud mental (unas 18 veces más eficiente que apuntar a la pobreza).

En el Reino Unido, la provisión de psicoterapia cuesta unas 650 libras por paciente y es eficaz en alrededor del 50% de los casos. Pero aunque esta cifra indica cuánto deberían invertir los gobiernos, no nos dice lo que conseguirían a cambio.

Mejorar la salud mental de la población implica que muchas personas puedan volver a trabajar, lo que reduce el costo de las prestaciones de desempleo y aumenta la recaudación impositiva. Por eso Layard y sus colegas calculan que el tratamiento psicológico se pagaría solo. En la práctica, el gobierno del RU podría reducir la infelicidad gratis.

Otra investigación económica realizada por Paul Frijters y coautores (también de la LSE) evaluó los resultados del programa británico de mejora del acceso a terapias psicológicas ideado por Layard y el psicólogo David Clark, que se inició en 2008. Concluyen que aunque el aumento de recaudación impositiva y la reducción de prestaciones de desempleo sólo cubren un 20% del costo del tratamiento, igual termina saliendo gratis, porque los receptores de psicoterapia demandan mucho menos en servicios para la salud física.

Como en realidad el RU no redujo el presupuesto sanitario, el efecto de los tratamientos psicológicos fue liberar recursos que se usaron en otros pacientes. Pero el efecto es tan importante que Frijters asegura que si se extendiera el acceso a psicoterapia a la totalidad del 12% de la población del RU que padece depresión o ansiedad ligera a moderada, la inversión podría recuperarse en dos o tres años gracias al ahorro de otros gastos.

Las actitudes en relación con la salud mental han cambiado enormemente los últimos años, y ahora hasta príncipes y atletas hablan con franqueza del tema. Un estudio realizado en el RU mostró que una de cada cuatro personas padece algún problema mental en un año cualquiera; y una investigación en 30 países europeos halló que el 38% de la población sufrió alguna clase de enfermedad mental o neurológica. Lo que todavía no se comprendió es que este sufrimiento es en gran medida evitable.

Los gobiernos comienzan a darle a la salud mental la misma importancia que a la salud física. Pero todavía pueden hacer más. Aumentar el gasto público en salud mental puede reducir una cuota enorme de infelicidad sin costo alguno en el largo plazo.

Es verdad que algunas enfermedades mentales son más difíciles de tratar que la ansiedad o depresión moderada, y a partir de cierto punto puede ocurrir que una inversión mayor ya no se recupere. Pero hasta que lleguemos a ese punto, debemos coincidir en la urgencia moral de un incremento radical de los fondos para salud mental.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/48m855c/es;

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