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Los derechos humanos y la lepra

PRAGA – Al final del año pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad una resolución sobre principios y directrices para poner fin a la discriminación contra las personas afectadas por la lepra y sus familiares.

Dicha resolución constituyó la culminación de varios años de presiones a las instituciones de las NN.UU. por parte de grupos y personas dedicadas a centrar la atención en una cuestión de derechos humanos pasada por alto: la discriminación social sufrida por las personas a las que se diagnostica lepra. De hecho, la discriminación suele continuar aun después de que se hayan curado, lo que arruina no sólo su vida, sino también la de sus familiares.

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Durante gran parte de su larga historia, la lepra fue temida por ser una enfermedad incurable y que desfiguraba. Las personas que la contraían eran expulsadas de sus comunidades. Con frecuencia acababan en aldeas aisladas o islas remotas, condenadas por la sociedad a pasar el resto de su vida como marginados sociales.

Hoy la lepra se cura mediante una terapia multimedicamentosa, un tratamiento que mata, ya mediante la primera dosis, el 99,9 por ciento de las bacterias que causan la lepra. Desde que se introdujo dicha terapia a comienzos del decenio de 1980, unos dieciséis millones de personas se han curado en todo el mundo. No obstante, aun después de que una persona se haya librado de la enfermedad, el estigma que la acompaña puede alterar la vida de las personas de un modo que ningún medicamento puede curar.

Las oportunidades educativas, las perspectivas laborales, la vida conyugal, las relaciones familiares y la participación en la comunidad se ven, todas ellas, amenazadas por la lepra. En algunos países, la discriminación está sancionada por la ley, pues se considera la lepra un motivo legítimo para el divorcio, por ejemplo. Se sabe que incluso miembros de la profesión médica han discriminado a pacientes con lepra.

Muchos de los problemas que afrontan las personas afectadas de lepra en la actualidad se deben a la ignorancia de la sociedad sobre la enfermedad. Se cree, equivocadamente, que es muy contagiosa, por lo que se debe evitar a toda costa el contacto con quienes la padecen. Además, la idea, profundamente arraigada, de que la lepra es un castigo divino destruye la reputación y el amor propio de quienes reciben ese diagnóstico y ensombrece la vida de sus familias.

Los principios y directrices apoyados por la resolución de las NN.UU. van dirigidos al meollo del asunto. Declaran que no se debe discriminar a nadie por tener o haber tenido lepra. Piden a los gobiernos que deroguen la legislación discriminatoria y supriman el lenguaje discriminatorio de las publicaciones oficiales, que se preste el mismo grado y calidad de atención de salud a las personas que padecen lepra como a las que padecen otras enfermedades y que se luche contra su exclusión social.

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Pero, lamentablemente, la resolución de las NN.UU. no es un documento vinculante. Sólo puede recomendar que los Estados y la sociedad civil observen los principios y directrices que expone. Así, pues, es muy importante que no se limiten a archivar y olvidar dicha resolución. Los Estados deben utilizarla como hoja de ruta para poner fin a la injusta e intolerable discriminación que afrontan quienes padecen lepra.

Pedimos a los Estados que aprovechen la oportunidad que brinda la histórica resolución de las NN.UU. para esforzarse por lograr un mundo en el que las personas afectadas de lepra y sus familiares puedan vivir con dignidad y desempeñar su papel en la vida de la comunidad. Ya es hora de poner fin a esa flagrante violación de los derechos humanos. Hace mucho que ese mundo debería ser realidad.