Angela Merkel	arrives for the European Union leaders summit Dan Kitwood/Getty Images

El déficit de liderazgo comercial

ZÚRICH – A pesar de todos los temores sobre los flujos y las balanzas comerciales hoy en día, el mayor déficit que el mundo debe enfrentar es un déficit de liderazgo. Estados Unidos se está retirando de su rol global y alguien necesita dar un paso adelante. ¿Pero quién?

Henry Kissinger alguna vez dijo: "La paz sólo se puede alcanzar mediante la hegemonía o el equilibrio de poder". Lo mismo tal vez podría decirse del comercio, o inclusive de la propia globalización. No es casualidad que las dos grandes eras de globalización -las décadas previas a la Primera Guerra Mundial y los últimos 75 años- estuvieran caracterizadas por el equilibrio de poder y por la hegemonía, respectivamente.

Por supuesto, el comercio requiere algo más que la ausencia de conflicto. Al igual que toda actividad económica, florece cuando se respetan los derechos de propiedad, cuando los impuestos son eficientes y tienen un propósito, cuando se honran las letras de crédito, cuando se eliminan los aranceles y otras barreras, y demás. En resumen, el comercio efectivo exige reglas claras, normalmente implementadas por un poder hegemónico. En la era del Imperio Británico, la Marina Real combatía la piratería; en los últimos 75 años, la Marina de Estados Unidos ha tenido la responsabilidad de mantener abiertas las vías marítimas.

Las instituciones internacionales también han desempeñado un papel esencial. Pero aquí también el respaldo del poder hegemónico es crucial. Sin el apoyo de Estados Unidos, es poco probable que el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio y su sucesor, la Organización Mundial de Comercio, hubieran podido ganar suficiente autoridad para profundizar y salvaguardar el sistema de comercio de posguerra. Es por este motivo que la defensa del proteccionismo nacionalista por parte del presidente norteamericano, Donald Trump, es tan peligrosa.

La administración Trump quiere los beneficios de la hegemonía, pero no está dispuesta a cargar con los costos. Esos costos se extienden mucho más allá del gasto militar e incluyen, por ejemplo, la emisión de la principal moneda de reserva del mundo. Esta posición confiere ventajas considerables a Estados Unidos, pero también exige que Estados Unidos tenga déficits comerciales persistentes, para brindarle al resto del mundo suficiente liquidez en dólares.

La estrategia mercantilista de Trump es, simplemente, inconsistente con la hegemonía. Pero inclusive si el proteccionismo estadounidense demuestra ser una aberración de corto aliento, y el sucesor de Trump revierte sus políticas comerciales dañinas, el estatus global de Estados Unidos está en una relativa caída, particularmente frente a la creciente China. En otras palabras, es probable que el predominio de Estados Unidos llegue a su fin, sin importar quién suceda a Trump.

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Para garantizar que la hegemonía de Estados Unidos pueda dar lugar a un equilibrio de poder pacífico y próspero, hará falta un liderazgo más variado y visionario. Aquí, la Unión Europea -una de las economías más grandes del mundo y un defensor clave de los valores liberales- tiene un papel vital que ejercer. Pero primero debe poner su propia casa en orden, asumiendo la responsabilidad de su propia seguridad -militar, informática, económica y financiera.

El desafío por delante para la UE es abrumador. Debe hacer frente a su déficit democrático, implementar políticas fronterizas e inmigratorias sensatas y apuntalar sus instituciones financieras -tareas que, en definitiva, llevan décadas.

Para alcanzar esos objetivos, los líderes de Europa deben tener en claro que terminaron los días de depender de que Estados Unidos haga el trabajo pesado del liderazgo global. La canciller alemana, Angela Merkel, abrió esa discusión en una cervecería de Múnich durante su campaña electoral el año pasado. Ahora que la elección quedó atrás, no debemos permitir que el tema pase a un segundo plano.

Europa también debe fortalecer su situación financiera. Un mercado financiero único en Europa sin un mecanismo de resolución bancaria creíble siempre será propenso a las crisis. Eso, a su vez, exige que se compartan las obligaciones -por ejemplo, a través de un seguro de depósitos común o un respaldo de emergencia para instituciones financieras sistémicamente importantes-. La mutualización de la deuda es un anatema para muchos en Europa. Pero, como demostró claramente la crisis de la eurozona, los países no pueden gozar de las ventajas de un mercado común a menos que cumplan con las obligaciones comunes necesarias.

Para concluir, si Estados Unidos no está dispuesto a ejercer su rol de principal defensor del libre comercio del mundo, Europa debe asumir esa responsabilidad. El liderazgo comercial no debería resultarle difícil a un continente que se distingue por sus lazos económicos libres y abiertos. Ello exigirá un equilibrio de dureza, pragmatismo y habilidad diplomática. Por sobre todo, la UE necesita liderar con el ejemplo. Eliminar sus aranceles externos todavía vigentes, aunque sea algo en gran medida simbólico, podría reforzar la simple verdad de que el comercio no es un juego de suma cero, sino un esfuerzo de beneficio mutuo.

Con Estados Unidos en retirada y China en ascenso, la transición de un orden global hegemónico a un orden caracterizado por un equilibrio de poder ya está en marcha. Pero la transición no se puede dejar librada al azar y que los países supongan que todo se resolverá naturalmente. El liderazgo es esencial, y el resultado para el mundo en su totalidad depende crucialmente de si la UE reconoce su responsabilidad, y cuándo.

http://prosyn.org/CVCfXSV/es;

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