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Cómo dominar la Cuarta Revolución Industrial

LONDRES – La innovación tecnológica genera desde hace mucho reacciones diametralmente opuestas: algunos se maravillan con las nuevas posibilidades y otros temen el cambio disruptivo, pero la mayoría de nosotros ni siquiera nos damos cuenta de qué está ocurriendo. Consideramos el cambio como algo dado.

El ingenio humano no se reconoce ni aprecia lo suficiente, especialmente en los mercados financieros. Los inversores se obsesionan por cuestiones más pedestres: temores por un aterrizaje forzoso en China, la repercusión de la caída de los precios del petróleo, y el riesgo de que algún shock pueda llevar a que la frágil economía mundial se desplome nuevamente hacia la recesión o la deflación.

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Obviamente, las preocupaciones por las condiciones de la demanda global no carecen de fundamento (ciertamente, lo último que la economía mundial necesita es más estrés). Sin embargo, a pesar de toda nuestra angustia por el exceso de deuda y lo inadecuado de las políticas, nada es tan importante como el ingenio humano para mejorar los niveles de vida y las oportunidades de inversión. De hecho, la llegada de las nuevas tecnologías ofrece la promesa de una Cuarta Revolución Industrial, el tema del Foro Económico Mundial de Davos este año.

La Primera Revolución Industrial se basó en el motor a vapor. El invento de James Watt, presentado alrededor de 1775, impulsó la expansión de la industria del siglo XIX de sus orígenes en Inglaterra hacia Europa y Estados Unidos. La Segunda Revolución Industrial, desde el último tercio del siglo XIX al inicio de la Primera Guerra Mundial, fue impulsada por los avances en electricidad, transporte, productos químicos, acero y (especialmente) la producción y el consumo masivos. La industrialización se difundió aún más (al Japón después de la restauración Meiji y al interior de Rusia, que experimentaba una bonanza hacia los comienzos de la Primera Guerra Mundial). La Tercera Revolución Industrial llegó hacia fines del siglo pasado con la producción y difusión de las tecnologías de la información.

La promesa de una Cuarta Revolución Industrial descansa en los avances en robótica, la Internet de las cosas, los grandes datos, la telefonía móvil y la impresión 3D. Según una estimación, la adopción exitosa de estas nuevas tecnologías podría impulsar la productividad global tanto como la computadora personal e Internet lo hicieron a fines de la década de 1990. Para los inversores, la cuarta revolución ofrece oportunidades de grandes beneficios, similares a las que lograron sus predecesoras. Ya los pioneros en tecnologías de cuarta generación reciben valuaciones asombrosas.

Nuevas épocas de crecimiento de la inversión, la productividad y el nivel de vida no solo son posibles, sino que resultan probables y se repetirán con una frecuencia cada vez mayor. Y son resultado del ingenio humano, pero las nuevas ideas requieren más que ciencia básica o magia empresarial de garaje. Para ser transformadora, la tecnología debe ser adoptada y difundida en la vida diaria.

Eso es más fácil de decir que de hacer. En los inicios de la industrialización, Watt tuvo dificultades financieras y no pudo comercializar exitosamente su motor a vapor hasta formar una asociación con el fabricante inglés Matthew Boulton.

Más importante aún es que la historia sugiere que el entusiasmo —en términos macro y de mercado— puede adelantarse a la realidad. No es necesario ser un «pesimista de la productividad» (y sostener, por ejemplo, que el baño bajo techo fue la última gran invención humana) para reconocer que muchas nuevas tecnologías producen mucho menos de lo prometido, o solo recompensan a los inversores mucho tiempo después.

Vale la pena recordar que la energía a vapor antecedió a Boulton y Watt casi una centuria y que fue necesario más de medio siglo para que su invención superara a los tradicionales molinos de agua como pilar energético de la producción industrial del siglo XIX. Volta descubrió las células eléctricas en 1800, pero fueron necesarias ocho décadas más para introducir la corriente continua como forma de transmisión eléctrica.

De manera similar, ENIAC —la primera computadora electrónica— fue desarrollada en secreto durante la Segunda Guerra Mundial. La capacidad de cálculo y su uso crecieron exponencialmente durante las décadas siguientes del siglo XX; pero incluso en los 80, el economista y premio nobel Robert Solow podía bromear y afirmar que la era informática podía verse «en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad».

Para los inversores, esta cuestión tiene implicaciones importantes (entre ellas la necesidad de ser pacientes y resistir la tentación de pagar en exceso tempranamente). Inicialmente, identificar a los perdedores (¿quién recuerda a Wang Computers?) puede ser tan importante como elegir a los ganadores.

También es importante entender la forma en que la tecnología puede transformar sectores que aparentemente no están relacionados. La llegada de la capacidad de cálculo permitió que los «hipermercados» minoristas estadounidenses —Walmart, Staples, Home Depot y otros— reemplazaran tanto a las pequeñas tiendas como a las cadenas de venta minorista establecidas en las décadas de 1950 y 1960. La capacidad de cálculo —junto con los avances en la logística del transporte, el almacenamiento y las entregas— permitió hasta la fecha que los vendedores minoristas lograran economías de escala inimaginables.

Sin embargo, hoy día estos mismos hipermercados se ven asediados por la venta minorista en línea, que promete economías de escala y eficiencias logísticas aún mayores, logrando precios menores que la más eficiente de las operaciones tradicionales.

Eso es ingenio. Pero, para parafrasear a Joseph Schumpeter, también es algo destructivo. En lenguaje actual hablamos de «tecnologías disruptivas», pero no hay que dejarse engañar por la jerga: las nuevas formas de producir cosas a menudo matan a las viejas industrias y eliminan puestos de trabajo antes de que la totalidad de los beneficios del modo sucesor de producción se haga realidad. Un cierto grado de violencia acompaña inevitablemente al progreso humano.

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Por eso los ejecutivos que se reúnen en Davos este mes están discutiendo sobre «cómo dominar» la Cuarta Revolución Industrial. Independientemente de todas las promesas que inspiran asombro por los avances tecnológicos, la suya es una preocupación acertada.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.