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El fútbol y la filosofía

¡¡¡Goool!!! Dicha celestial o dolor infernal, dependiendo del equipo que anotó: el nuestro o el de ellos. ¿Cómo puede la trayectoria de un balón provocar tanta dicha o dolor? He estado sentado frente al televisor durante semanas viendo el Mundial. Mi esposa me amenaza con el divorcio y otras medidas disciplinarias. ¿Cuál es la fuente de esta atracción, de esta magia?

El mundo del juego es nuestro Jardín del Edén permanente. En cualquier momento podemos salirnos de nuestro mundo real e ingresar en la libertad, la inocencia y la dicha del juego. ¿El fútbol y el Jardín del Edén? ¿Qué tienen qué ver el uno con el otro?

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Cada uno es un esbozo de una esfera sagrada de libertad, orden, inocencia, espiritualidad y justicia ajena a nuestro mundo cotidiano de caos, cautiverio, injusticia y culpa. El tablero de ajedrez, la cancha de tenis o el campo de fútbol: dentro de sus fronteras nos sentimos libres porque aquí somos nosotros quienes hacemos las reglas y no estamos sujetos a las férreas leyes del mundo exterior. Tenemos también un sentimiento de inocencia, porque el mundo del juego es también un mundo de inocencia: un Jardín del Edén antes de la caída. Aquí podemos ser egoístas como un niño, podemos satisfacer, sin culpas, nuestra sed de éxito, poder y dominio.

En el mundo del juego, la libertad está dada, paradójicamente, a través de restricciones. En el fútbol, la regla básica es sencilla: el balón debe ir desde el punto central hasta una de las porterías. Si el balón rodara directamente desde el centro del campo hasta una de las metas, su camino estaría, o parecería estar, estrictamente determinado y todo el asunto resultaría muy aburrido. Para generar libertad, hay reglas que ponen obstáculos en el camino del balón y complican su movimiento.

Primero, se lleva al campo de juego a dos equipos de once jugadores, con la misión de conducir el balón hasta la portería. Segundo, se les dice que deben llevar el balón a la meta contraria. Con veintidós jugadores con sus propias voluntades y habilidades, con varios movimientos de confrontación y cooperación, el número de combinaciones posibles crece casi al infinito. Después de esto, sólo se necesita un factor más para crear un verdadero mundo de sorpresas agradables, libertad y dicha: el balón.

Los balones se cuentan entre los más importantes "generadores de libertad" en nuestras vidas. Un balón es la personificación de la libertad. Puede rebotar en cualquier dirección. Parece tener su "propia voluntad". Es un objeto y, sin embargo, parece ser libre. Al introducir los elementos del azar y la incertidumbre, el balón convierte una lucha humana amarga y mundana en una epifanía de espiritualidad y libertad.

Con movimientos rápidos, el azar y el ser humano interactúan, bailan y hacen piruetas. El balón vuela de un lado a otro con alegre irresponsabilidad (entre la voluntad humana y el azar, la libertad y las limitaciones, el éxito y el fracaso, la ilusión y la desilusión) para rebotar de nuevo en el mundo de la esperanza al momento siguiente. Tiene su propio universo. Se mueve en la esfera de lo sagrado.

Sin embargo, lo sagrado no existe sin lo profano. La cancha de fútbol está delimitada por el mundo que la rodea y que es su opositor. La exeperiencia y la ceremonia sagrada no están completas si falta la tensión entre el campo y las tribunas. El limpio campo esmeralda y la libertad del juego necesitan la oposición de la multitud que grita en la oscuridad de las gradas encendiendo antorchas rojizas y contorsionándose entre la felicidad extasiada y el sufrimiento infernal.

En nuestra vida diaria se mezclan la razón y la pasión. El fútbol (como algunos otros juegos) separa y enfrenta a estos dos ámbitos. Todas las pasiones, las emociones y los instintos quedan del lado de los espectadores. Ellos se enfurecen y adoran, saltan y explotan, y por último, llegan a una catarsis (si su equipo gana) o descienden al infierno (si su equipo pierde). Al mismo tiempo, observan, perciben y experimentan la libertad de la espiritualidad apolínea o platónica del juego que se desarrolla en la cancha.

En efecto, los jugadores se desenvuelven en un mundo de espiritualidad. Actúan conforme a reglas claras y sagradas. Durante el juego, deben comportarse como seres racionales puros, que dejan atrás sus pasiones y emociones cotidianas, sus deseos personales o sus temores. Se mueven en un mundo de moralidad y justicia puras. El mundo del jugador es uno de justicia e imparcialidad total; de una perfecta igualdad de oportunidades que nunca se logra en nuestras vidas diarias. Incluso las ventajas derivadas de la dirección del viento se equilibran. Al medio tiempo, los equipos cambian de lado. ¿Cuándo y dónde cambiamos de lado nosotros, los privilegiados y los desfavorecidos en el mundo real?

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Los jugadores también están obligados a no romper las reglas. Si lo hacen, reciben un castigo, y si reinciden, se les excluye del juego. Se les expulsa de la esfera de la espiritualidad y los vemos desaparecer hacia el frío infierno de los vestidores.

La verdadera expulsión del Paraíso sólo llega si se profana la santidad del juego, si se rompe el hechizo: porque los jugadores abandonen sus papeles angelicales y se peleen en el campo; por un árbitro tramposo; porque el público se dé cuenta de que el partido está arreglado; porque los espectadores invadan la cancha. Tales acontecimientos provocan daños duraderos a la gente y a la comunidad. Resulta una amarga sorpresa darnos cuenta de la fragilidad de nuestro mundo de libertad, espiritualidad y dignidad, y despertar (como lo haremos cuando haya un nuevo campeón) en nuestro poco hospitalario mundo cotidiano.