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¿Cuánta Europa necesitan los europeos?

BERLÍN – En su último discurso ante el Parlamento Europeo en 1995, el entonces presidente francés François Mitterrand (cuya frágil salud ya era inocultable) describió el gran flagelo de Europa con estas palabras indelebles: “Le nationalisme, c’est la guerre!”.

El nacionalismo y la guerra fueron las experiencias que definieron la carrera política de Mitterrand. Pero él no se refería sólo al terrible pasado, a la primera mitad del siglo XX, con las dos guerras mundiales, las dictaduras y el Holocausto. Para Mitterrand, el nacionalismo era la mayor amenaza futura a la paz, la democracia y la seguridad de Europa.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Aunque en ese momento una guerra nacionalista destruía a Yugoslavia, pocos de quienes ese día oyeron a Mitterrand en Estrasburgo podían imaginar que 21 años después, el nacionalismo reviviría en toda Europa. Pero políticos nacionalistas cuyo objetivo declarado es destruir la unidad y la integración pacífica del continente acaban de ganar importantes elecciones y referendos democráticos.

La decisión tomada en junio por el Reino Unido de abandonar la Unión Europea marca un clímax momentáneo en el resurgimiento del nacionalismo, pero su avance también es visible en Hungría, Polonia y Francia, donde Marine Le Pen y su ultraderechista Frente Nacional se fortalecen de cara a la elección presidencial del próximo año. ¿Cómo pudo pasar algo así, vista la experiencia directa que tuvo Europa del poder destructivo del nacionalismo en el siglo XX, cuando causó millones de muertes y devastó el continente entero?

En primer lugar, hay una amplia (y justificada) percepción de que la crisis financiera de 2008 y la consiguiente recesión global han sido un inmenso fracaso del “establishment”. El rechazo a las élites sigue erosionando la solidaridad y la confianza mutua entre los europeos, y la UE está atrapada en un largo período de escaso crecimiento y alto desempleo.

Con el traslado a Asia de los centros mundiales de poder y riqueza, se arraigó en todo Occidente una sensación general de decadencia. A la retirada geopolítica de Estados Unidos se suma el renacer de las ambiciones de superpotencia de Rusia, con su desafío a la hegemonía y los valores occidentales. En todo el mundo crece el descontento con la globalización, la digitalización y el libre comercio, acompañado por un lento reacercamiento al proteccionismo. Los europeos, en particular, parecen olvidar que el proteccionismo y el nacionalismo están indisolublemente ligados: no puede haber uno sin el otro.

Por último, hay un generalizado temor a lo desconocido, a la par que muchos países enfrentan cuestiones relacionadas al ingreso de extranjeros (refugiados o inmigrantes) y a cambios internos derivados del creciente empoderamiento económico y político de las mujeres y las minorías. Estos acontecimientos, coincidentes con transformaciones y rupturas más amplias iniciadas en Europa en 1989, despertaron temores que las instituciones democráticas y los partidos políticos tradicionales no supieron resolver.

Como siempre, cuando el temor se adueña de Europa, la gente busca la salvación en el nacionalismo, el aislacionismo, la homogeneidad étnica y la nostalgia de “aquellos buenos tiempos” en que supuestamente todo iba bien en el mundo. No importa que el sangriento y caótico pasado haya sido cualquier cosa menos perfecto. Los líderes nacionalistas y sus seguidores hoy viven en una realidad “postempírica”, donde la verdad y la experiencia han perdido ascendiente.

Todo esto es reflejo de un profundo cambio en el modo en que los europeos se ven a sí mismos. Después de las dos guerras mundiales y durante la Guerra Fría, la integración europea no planteaba dudas. Pero con el tiempo, la visión compartida de la unidad como generadora de paz, prosperidad y democracia se debilitó a fuerza de persistentes crisis, y hoy puede desaparecer por completo, a menos que un mensaje visionario venga a reforzarla.

Es absurdo pensar que las naciones‑Estado históricas de Europa puedan responder a las realidades políticas, económicas y tecnológicas globalizadas del siglo XXI. Si eso creen los europeos, entonces que se preparen a pagar el precio de una menor integración, en la forma de un empeoramiento de sus perspectivas y la aparición de nuevas dependencias. Las decisiones globales más importantes del siglo no se tomarán democráticamente en Europa, sino unilateralmente en China o algún otro lugar.

Los idiomas y la cultura de Europa tienen una larga historia. Pero no olvidemos que sus naciones‑Estado, especialmente fuera de Europa occidental, son una creación más reciente. Sería un grave error pensar que son el “fin de la historia” para el continente. Por el contrario, si el modelo de naciones‑Estado prevalece sobre la integración, los europeos pagarán un alto precio en este siglo. La pregunta por el desempeño futuro de los países de Europa sólo admite una respuesta colectiva, no una basada en intereses nacionales definidos por separado, como en el siglo XIX.

Además, la cercanía con Rusia, Turquía, Medio Oriente y África implica que Europa vive en un vecindario difícil y problemático. No tiene como Estados Unidos la fortuna de estar protegida por el aislamiento geográfico, sino que debe defender constantemente su seguridad y su prosperidad por medio de la política, que es necesariamente un trabajo conjunto.

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La pregunta clave para el futuro de Europa es cuánto poder necesita la UE para garantizar paz y seguridad a sus ciudadanos. Y también exige una respuesta colectiva. Lo que ya está claro es que los europeos no necesitarán sólo más Europa, sino una Europa diferente y más poderosa.

Traducción: Esteban Flamini