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Acabar con el matrimonio infantil

LONDRES – Antes de la celebración de la cumbre de las Naciones Unidas en la que se examinarán los avances logrados con miras a la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio, se ha centrado gran parte de la atención en los sectores en los que los resultados han sido más decepcionantes. En esa lista ocupa un lugar destacado el fracaso a la hora de mejorar la salud materna en los países más pobres.

Se ha hablado mucho de los compromisos de los países ricos con vistas a aumentar los fondos y de si los gobiernos de los países en desarrollo han utilizado eficazmente los recursos. Lamentablemente, se ha prestado poca atención al matrimonio infantil y sus dañinas consecuencias para la salud de millones de niñas y mujeres.

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De hecho, existen pruebas fehacientes de que el matrimonio infantil ha sido un poderoso freno a los avances hacia la consecución de no menos de seis de los ocho objetivos. Las esperanzas mundiales de reducir la mortalidad maternoinfantil, luchar contra el VIH/SIDA y lograr la enseñanza primaria universal resultan defraudadas por el hecho de que una de cada siete niñas del mundo en desarrollo –y se trata de una mayoría abrumadora de niñas las que sufren ese destino– están casadas antes de cumplir los 15 años de edad. El matrimonio infantil también frustra los propósitos de eliminar la pobreza extrema y fomentar la igualdad entre los sexos.

Las estadísticas son elocuentes. En los países pobres, los niños nacidos de madres menores de 18 años tienen un 60 por ciento más de probabilidades de morir durante su primer año de vida que los de madres mayores. Las niñas menores de 15 años de edad tienen cinco veces más probabilidades que las mujeres de veintitantos de morir durante el embarazo y el parto. La falta de información, el matrimonio con hombres mucho mayores y la incapacidad para negociar prácticas sexuales inocuas pone también a las esposas infantiles en mayor riesgo de infección con el VIH que sus pares solteras.

Además, las casadas infantiles tienen más probabilidades de abandonar la escuela para centrarse en las tareas domésticas y la cría de los hijos, pero ese prejuicio contra la educación de las niñas comienza antes incluso. En las sociedades en que se suele casar a las niñas, parece tener poco sentido invertir en su educación.

La pobreza es un importante factor que contribuye al matrimonio infantil. En muchos países y comunidades pobres, casar a una hija libera a una familia de una boca que alimentar. El precio o la dote de una novia puede ser también un beneficio inesperado para familias desesperadas.

Todo eso tiene repercusiones intergeneracionales perjudiciales. Los hijos de madres muy jóvenes y con pocos estudios suelen tener peores resultados escolares e ingresos inferiores cuando adultos, con lo que se perpetúa el ciclo de la pobreza.

Los matrimonios infantiles se dan en todo el mundo, pero son particularmente comunes en el Asia meridional y en ciertas zonas del África subsahariana. Las tasas de matrimonio infantil ascienden al 65 por ciento en Bangladesh y al 48 por ciento en la India y a un verdaderamente angustioso 76 por ciento en el Níger y 71 por ciento en el Chad. En el próximo decenio, unos 100 millones de niñas se casarán antes de cumplir los 18 años de edad.

Podríamos pensar que la cuestión del matrimonio infantil ocuparía un puesto destacado en los programas nacionales e internacionales, dadas las pruebas fehacientes del daño que causa a las personas y a las sociedades, pero la discrepancia entre la escala y la seriedad del problema y la atención que ha recibido es asombrosa.

Naturalmente, entendemos la renuencia a intervenir en un asunto tradicionalmente considerado familiar. Reconocemos que el matrimonio infantil es una tradición muy arraigada en muchas sociedades... y con demasiada frecuencia sancionada por dirigentes religiosos. El cambio no será fácil.

Existen pruebas de que, gracias a campañas en la base social y nuevas oportunidades económicas para las mujeres, el matrimonio infantil está disminuyendo en algunas zonas del mundo. Sin embargo, al ritmo actual de avance al respecto, tardará centenares de años en desaparecer. El imperativo es el de ayudar a las comunidades a acelerar el cambio.

Ésa es la razón por la que nosotros y nuestros compañeros de The Elders estamos empeñados en señalar el daño que el matrimonio infantil está causando y en apoyar a quienes laboran en pro de su desaparición. Para ello, es necesario hacer un nuevo hincapié en el compromiso, el debate y la educación, en particular en el nivel comunitario.

Intentamos activamente conseguir una mayor participación de los dirigentes religiosos en ese empeño. Que sepamos, ninguna religión fomenta explícitamente el matrimonio infantil. El hecho de que los dirigentes religiosos lo justifiquen y lo sancionen en muchas sociedades se debe más a la costumbre y a la tradición que a la doctrina, pero no podemos permitir que se recurra a la tergiversación de la fe o la costumbre ancestral como excusa para pasar por alto los derechos de las niñas y las mujeres y mantener sus comunidades en la pobreza.

Lo que hemos aprendido con los años es que no se puede imponer un cambio social de esa clase desde arriba. Las leyes tienen pocos efectos. La mayoría abrumadora de los países han tipificado como ilegal el matrimonio infantil mediante legislación nacional o son firmantes de tratados internacionales que lo prohíben, pero esa posición no se ha plasmado en cambios en el terreno. En Zambia, por ejemplo, la edad mínima legal para contraer matrimonio es 21 años y, sin embargo, el 42 por ciento de las muchachas están casadas a la edad de 18 años y casi una de cada doce cuando cumple los 15 años. Contradicciones similares resultan evidentes en muchos países.

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Necesitamos que las autoridades se tomen la ley más en serio, pero el cambio se producirá con la mayor rapidez cuando las comunidades reconozcan que el valor económico y social de la educación de las niñas es mayor que su precio como esposas. Para ello, hace falta un debate delicado, dirigentes reflexivos y asistencia financiera para mantener a las niñas en la escuela. También debemos prestar un mayor apoyo en los niveles comunitario, nacional e internacional a los grupos que laboran para acabar con ese uso.

Lo más importante de todo es que ya es hora de reconocer que no podremos mejorar la vida de las mujeres y las niñas más pobres y más marginadas hasta que se aborden directa y abiertamente las consecuencias del matrimonio infantil... y hasta que nos comprometamos a acabar con él.