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Grandes países, malos gobernantes

LONDRES – La primera vez que visité Estados Unidos fue en 1965, gracias a una beca estudiantil financiada por un generoso filántropo de Boston. Desde ese viaje, que me permitió conocer Nueva York, California y Alabama, entre otros lugares, he sido un americanófilo convencido. Me encanta el país y lo he visitado más a menudo que cualquier otro, con excepción del Reino Unido y Europa Occidental.

Admiro a Estados Unidos por su cultura, su espíritu de emprendimiento y sus universidades, y tengo muchos amigos estadounidenses. Además, sé lo agradecido que tiene que estar el resto del planeta por el liderazgo estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial. Nunca antes una potencia victoriosa se había comportado tan generosamente hacia otras, incluyendo hacia los vencidos. Debemos muchísimo a las políticas de EE.UU. en la segunda mitad del siglo veinte. Pero, si bien no soy un detractor del poderío económico, intelectual y militar estadounidense, el poder blando del país ciertamente ha disminuido, así como su influencia positiva para el mundo.

La razón es sencilla: el Presidente estadounidense Donald Trump es un mal hombre rodeado de un mal equipo de ideólogos incompetentes y peligrosos. Es una grosera amenaza a todo lo que ha hecho del mundo un lugar mejor, más seguro y más próspero, especialmente la cooperación entre estados-nación, la existencia de normas globales y una aspiración ampliamente compartida de libertad económica y política.

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