Histeria climática

Tendríamos que haber estado metidos en lo más recóndito de Mongolia para no enterarnos de que la semana pasada, el panel climático de Naciones Unidas, el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, (IPCC) publicó un nuevo informe. Tal vez incluso en las profundidades de Mongolia habríamos escuchado las terribles advertencias de los periodistas. Del estruendo desesperado con el que concluyó el informe, habríamos deducido que el calentamiento global es peor de lo que imaginábamos y que necesitamos emprender acciones rápidas y enérgicas inmediatamente. Habríamos estado mal informados.

El IPCC elaboró un buen informe –un intento de resumir lo que los científicos de todo el mundo saben acerca del calentamiento global. A diferencia de la administración Bush, ocupada en restar importancia a la ciencia, el IPCC nos dice directamente que la humanidad es en gran parte responsable del calentamiento global reciente. Y, a diferencia de Al Gore, que ha viajado por el mundo para advertir que nuestras ciudades pronto podrían estar cubiertas por el mar, se abstiene de ser alarmista.

Pero perdida entre la exageración, está la realidad nada emocionante de que, de hecho, este informe no es más terrible que el que publicó el IPCC en 2001. La obra de este año es en efecto menos terrible en dos formas importantes.

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