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Una dieta saludable y amigable con el clima

BERLÍN – En diciembre, los líderes mundiales se reunirán en París para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, donde conseguirán sacar adelante un acuerdo integral para reducir las emisiones de carbono y frenar el calentamiento global. En el período previo a esa reunión, los gobiernos de todo el mundo deberían observar un dato crítico pero que muchas veces se pasa por alto: el mayor generador de degradación ambiental y agotamiento de recursos hoy es nuestra dienta cambiante -una dieta que tampoco conduce particularmente a una vida saludable.

En las últimas décadas, los crecientes ingresos han catalizado un cambio importante en los hábitos alimenticios de la gente. La carne, en particular, se volvió un componente cada vez más importante en las dietas de las personas. Como criar y transportar ganado requiere de más alimentos, tierra, agua y energía que cultivar plantas, una mayor demanda de carne agota los recursos naturales, ejerce presión sobre los sistemas de producción de alimentos, daña los ecosistemas y propicia el cambio climático.

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La producción de carne requiere una cantidad de agua unas diez veces mayor que las calorías y proteínas de origen vegetal. Un kilo de carne vacuna, por ejemplo, requiere 15.415 litros de agua. También es una manera ineficiente de generar alimentos; se necesitan hasta 30 calorías de cultivos para producir una caloría de carne.

En cualquier momento dado, la población de ganado global representa más de 150.000 millones, comparado con apenas 7.200 millones de seres humanos -lo que significa que el ganado tiene un mayor impacto ecológico directo que nosotros-. La producción de ganado causa casi el 14,5% de las emisiones de gases de tipo invernadero a nivel global y contribuye significativamente a la contaminación del agua.

Es más, la producción de ganado consume una tercera parte de los recursos totales de agua utilizados en la agricultura (que representa el 71% del consumo de agua del mundo), así como más del 40% de la producción global de trigo, centeno, avena y maíz. Y la producción de ganado utiliza el 30% de la superficie de suelo de la tierra que alguna vez albergó vida silvestre, con lo que desempeña un papel crítico en la pérdida de biodiversidad y la extinción de especies.

Llevó más de un siglo que la dieta europea alcanzara un punto en el cual se consume carne en todas las comidas, incluido el desayuno. Pero, en grandes sectores de Asia, se produjo un cambio similar ocurrió en sólo una generación. Las dietas basadas en carne han creado un problema de obesidad global, especialmente en China, cuya creciente influencia internacional está acompañada de cinturas cada vez más anchas en casa.

Los norteamericanos consumen la mayor cantidad de carne per capita, después de los luxemburgueses. Dado el volumen de la población de Estados Unidos, esto ya es un problema. Si el resto del mundo se pusiera a la par de Estados Unidos -donde el consumo de carne promedia los 125,4 kilos por persona por año, comparado con apenas 3,2 kilos en la India-, las consecuencias ambientales serían catastróficas.

Los signos ya son preocupantes. Se calcula que la demanda de carne aumentará 50% entre 2013 y 2025 y que el consumo general seguirá aumentando en Occidente y se disparará en el mundo en desarrollo, especialmente en Asia.

Para satisfacer esta demanda, los productores de carne han tenido que adoptar una estrategia extremadamente problemática para criar ganado. A fin de asegurar que sus animales suban de peso rápidamente, los productores de carne los alimentan con granos, en lugar de la pastura que consumirían naturalmente -un abordaje que es una causa importante de presión sobre la producción de granos, los recursos naturales y el medio ambiente.

Para empeorar las cosas, al ganado se le inyectan grandes dosis de hormonas y antibióticos. En Estados Unidos, el 80% de todos los antibióticos vendidos se administran profilácticamente al ganado. Sin embargo, esto no ha servido para frenar la propagación de enfermedades; de hecho, considerando que muchas de las enfermedades infecciosas nuevas y emergentes que afectan a los seres humanos se originan en los animales, los veterinarios, los microbiólogos y los epidemiólogos han estado tratando de entender la "ecología de la enfermedad" (cómo la naturaleza, y el impacto que tiene en ella la humanidad, propaga las enfermedades).

Si bien los costos ambientales y de salud de nuestras dietas cambiantes se han documentado de manera profusa, el mensaje fue esencialmente desoído. El mundo enfrenta una crisis de agua importante, temperaturas globales en rápido aumento, un crecimiento asombroso de la población y crecientes problemas de salud como enfermedades coronarias. Por lo tanto, esto debe cambiar -y pronto.

Por empezar, a fin de aliviar parte de la presión sobre los recursos, los productores de ganado deberían adoptar tecnologías que ahorren agua, como el riego por goteo. Al mismo tiempo, los gobiernos y los grupos de la sociedad civil deberían promover dietas más saludables que estén más basadas en proteínas y calorías vegetales.

Según una investigación reciente, si el mundo dejara de producir cultivos para alimento de los animales o los desviara para generar biocombustibles, no sólo podría poner fin al hambre mundial, sino también estaría en condiciones de alimentar a otros 4.000 millones de personas -más que el número proyectado de recién nacidos antes de que la población global se estabilice-. El consumo de carne en realidad conduce a más emisiones de gases de tipo invernadero anualmente que el uso de autos.

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Esto no quiere decir que todos debamos volvernos vegetarianos. Pero inclusive un cambio parcial en los hábitos de consumo de carne -como que los consumidores adoptaran opciones como pollo o mariscos, en lugar de carne vacuna- podría tener un impacto de amplio alcance. En verdad, la producción de carne vacuna requiere, en promedio, 28 veces más tierra y 11 veces más agua que las otras categorías de ganado, mientras que produce cinco veces más emisiones de gases de tipo invernadero y seis veces más nitrógeno reactivo.

Adoptar una dieta equilibrada y basada esencialmente en el consumo de plantas, con un consumo mínimo de carne roja y procesada, ayudaría a conservar los recursos naturales, contribuiría a la lucha contra el calentamiento global inducido por el hombre y reduciría el riesgo de la gente de contraer enfermedades crónicas relacionadas con la dieta, y hasta la mortalidad por cáncer. De la misma manera que los gobiernos han utilizado leyes, regulaciones y otras herramientas con gran éxito para desalentar el consumo de cigarrillos, también deben alentar a los ciudadanos a comer una dieta equilibrada -por el bien de su salud y el de nuestro planeta.