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El desafío matemático para la acción climática

MILÁN – El cambio climático estuvo muy presente en la reunión del Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF) en Davos, Suiza, el mes pasado. Los participantes más jóvenes, en especial, resaltaron el desafío que nos espera y la activista adolescente Greta Thunberg ofreció una impactante presentación sobre el tema. Pero no fueron minoría: por primera vez, los temas relacionados con el clima dominaron los cinco primeros puestos de la Encuesta sobre percepción de riesgos mundiales (en inglés) del WEF.

Esta reciente sensación de urgencia por el cambio climático llega en un momento en que la comunidad empresarial se compromete cada vez más con la adopción de un modelo de gobernanza multisectorial (multi-stakeholder governance), una transición que daría espacio a formas de hacer negocios más respetuosas del clima. Pero el desafío de crear una economía mundial sostenible continúa siendo gigantesco.

Cada año, se emiten en el mundo más de 36 000 millones de toneladas métricas —36 gigatones (Gt)— de dióxido de carbono. Eso es aproximadamente dos veces y media, según los climatólogos, el nivel «seguro» de emisiones: para evitar que la temperatura promedio mundial se eleve más de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales —el umbral a partir del cual los impactos se intensificarían significativamente— debiéramos emitir sólo 14 Gt al año durante las próximas dos décadas. Esto se traduce en dos toneladas métricas por persona por año, muy por debajo del nivel actual, especialmente en el mundo desarrollado.

Se están logrando avances. Australia, Canadá y Estados Unidos han reducido sus emisiones per cápita desde principios de la década de 2000, pero comenzaron en niveles cercanos a las 20 toneladas métricas por persona, y en EE. UU. la tasa aún se mantiene alrededor de las 15-16 toneladas métricas. Europa, que se mantenía alrededor de diez toneladas métricas hace una década, ha mostrado mejores resultados: muchos países se acercan a las cinco toneladas métricas per cápita. Un gran logro, pero aún representa más del doble del nivel deseado.

Además, incluso cuando las economías avanzadas han reducido sus emisiones, el total de las emisiones mundiales siguió aumentando, aproximadamente 6-7 Gt en los últimos 15 años. Esto resalta otra dimensión fundamental del desafío: a medida que las economías emergentes y en desarrollo —que representan aproximadamente el 85% de la población mundial— crecen, también lo hacen sus emisiones per cápita.

Si la economía mundial crece al 3 % durante los próximos años —como predice el FMI, al menos para el corto plazo— reducir las emisiones anuales de CO2 a 2,5 toneladas métricas por persona dentro de los próximos 20 años requeriría una reducción de la intensidad de las emisiones del 7,8 % anual. Si no hubiera crecimiento en absoluto, haría falta una reducción del 4,8 %.

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Aunque la meta parece inalcanzable, resulta útil como aspiración. Debido a que la función de recompensas es continua, a pesar de los puntos de inflexión y cambios cuasiirreversibles en la dinámica, los avances hacia la meta serán extremadamente beneficiosos, incluso si no logramos alcanzarla por completo.

La producción mundial de CO2 resulta de dos ratios: la intensidad energética (energía primaria consumida por unidad de PBI) y la intensidad de carbono —o emisiones— de la matriz energética (CO2 por unidad de energía consumida). Eso significa que para reducir la intensidad energética de la economía mundial se pueda recurrir a dos herramientas: mejorar la eficiencia energética y ampliar el uso de la energía sostenible. Hay motivos para creer que se pueden lograr mejoras sustanciales en ambos frentes.

En primer lugar, el costo de la energía sostenible se ha reducido dramáticamente. Hace una década, la fuente menos sostenible de energía eléctrica, el carbón, era también la más barata. Las energías renovables ahora tienen costos semejantes y —de acuerdo con muchas estimaciones— menores, incluso sin considerar los efectos ambientales y sobre la salud. Así, los países en desarrollo ya no necesitan optar entre eficiencia económica y bienestar ambiental al invertir en la nueva y gigantesca infraestructura energética que requieren sus economías en crecimiento.

Para garantizar que los países en desarrollo —que, frente a una rápida urbanización, deben invertir sustancialmente en esa infraestructura— adhieran a estándares de alta eficiencia, será necesario un acceso amplio a las tecnologías y mejores prácticas relevantes, así como los incentivos y el financiamiento adecuados. Las instituciones financieras internacionales tienen un papel fundamental que cumplir para crear incentivos y atraer capital privado.

De manera similar, se pueden lograr importantes mejoras en el transporte, que actualmente representa cerca del 15 % de las emisiones mundiales de CO2 relacionadas con la energía. (En EE. UU., esa cifra llega a la friolera del 29 %, ligeramente por encima de la correspondiente a la electricidad). Los avances en los vehículos eléctricos —junto con sistemas de transporte público bien diseñados y eficientes en el consumo de energía— pueden lograr muchos avances para reducir las emisiones totales del sector del transporte.

Muchos economistas sostienen que entrelazar la totalidad de los costos marginales de las emisiones de CO2 en la trama de nuestras economías es fundamental para acelerar los avances, ya que permitiría que las tecnologías, estrategias y productos verdes compitan en igualdad de condiciones. Eso suele implicar la necesidad de fijar un precio para el carbono, ya sea a través de impuestos o de un sistema de créditos de carbono negociables.

De todas formas, los desafíos para su implementación son grandes. Como demostró el ya fallecido economista ambiental Martin Weitzman, sabemos más sobre los objetivos de cantidades que sobre los costos marginales necesarios para alcanzarlos, por lo que debiéramos centrarnos en los primeros.

Siguiendo esta lógica, nuestra mejor alternativa puede ser un sistema mundial donde se puedan negociar los permisos de emisiones de carbono, en el que los «créditos de carbono» se reduzcan con el tiempo, hasta alcanzar una meta acordada para el largo plazo. Esto daría como resultado un precio mundial uniforme para el carbono que se ajustaría junto con las metas, llevando así a una mitigación internacional eficaz y eficiente.

El problema es que para implementar un sistema de ese tipo habría que asignar créditos o licencias a los países. Probablemente, la forma más justa sería sobre la base de las emisiones per cápita, lo que implicaría transferencias de ingresos posiblemente grandes de los países con elevadas emisiones per cápita a sus contrapartes con menores emisiones, o de los países más ricos a los más pobres. Esto, sin embargo, bien puede significar una barrera infranqueable, especialmente cuando muchos países ricos están experimentando una creciente desigualdad en el ingreso, la riqueza, las oportunidades y la seguridad económica.

Este es tan sólo un ejemplo de un tema más amplio. Todas las estrategias de mitigación del cambio climático tienen implicaciones distributivas que no podemos dejar de lado. Si no las tenemos en cuenta, esas implicaciones darán lugar a continuos obstáculos a los avances contra el cambio climático y la agenda de la sostenibilidad.

En resumidas cuentas, aunque hay energía, una participación amplia, un mayor sentido de urgencia y varias tendencias promisorias, sus efectos combinados no son todavía lo suficientemente potentes como para contrarrestar el crecimiento económico mundial o producir (o siquiera predecir) una tendencia a la baja para las emisiones de CO2. Es necesario que esto último ocurra pronto.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

https://prosyn.org/DKrh8Fues;
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