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La infancia perdida

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que 90 millones de niños entre los ocho y los quince años forman parte de la fuerza laboral de los países en desarrollo; a nivel mundial, la cifra es mayor. Frecuentemente trabajan en condiciones peligrosas, manejando sustancias químicas tóxicas, inhalando vapores nocivos y levantando pesos excesivos. Generalmente se les explota, están mal alimentados y mal pagados (cuando se les paga).

Aunque muchos países han adoptado leyes que prohíben el uso (y abuso) de los niños en la fuerza laboral, no hay que ser optimistas sobre las condiciones que afrontan los niños que trabajan. Esa conclusión surge de un hecho innegable: las familias de la mayoría de los niños trabajadores dependen de su labor para sobrevivir.

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Dado que la mano de obra infantil significa mano de obra barata, con frecuencia los pequeños son más utilizables en economías en desarrollo plagadas por la recesión. El director de una mediana empresa de textiles en Bangladesh admite sin titubeos que el 70% de sus empleados tienen entre 13 y 17 años. "Ofrecen la misma productividad que los adultos", dice, "pero a una fracción del costo".

Por supuesto, es poco probable que los niños se organicen para quejarse ante las autoridades cuando se les explota y no se les paga lo justo. No están concientes de sus derechos legales. El que se les encierre sin iluminación, cuidados médicos y alimentación adecuados raya en la esclavitud. Pero ellos no se quejan de las largas jornadas ni de las malas condiciones laborales. Al contrario, dan gracias de estar trabajando.

En Asia y el Pacífico, los niños habitualmente trabajan jornadas largas, duermen en el suelo de las fábricas y subsisten con raciones exiguas. A los jóvenes obreros indios que no cumplen sus órdenes a veces se les marca con hierros al rojo vivo, y a algunas prostitutas adolescentes tailandesas se les castiga lanzándoles ácido en la cara.

Miles de niños sudamericanos, caribeños y africanos que laboran como servidores domésticos, no tienen a quién recurrir cuando se les explota, se les golpea y se les viola. Como lo acepta un funcionario de la Sociedad para el Bienestar Infantil de Kenia, "Es poco lo que podemos hacer para ayudar cuando se maltrata a un niño, a menos que nosotros o la policía nos enteremos del caso".

Incluso cuando un patrón es justo, las condiciones de trabajo pueden resultar peligrosas. Los niños en Centroamérica levantan cosechas impregnadas de pesticidas. Los niños colombianos se arrastran por los pozos más estrechos de las minas de carbón. En Tailandia, laboran en fábricas sin ventilación, trabajando con vidrio a 1,500 grados. Los niños de la India inhalan grandes dosis de azufre y clorato de potasio para convertir pólvora inflamable en cerillos. En Brasil, los jóvenes fabricantes de vidrio respiran vapores tóxicos de silicio y arsénico.

A veces el daño físico de esas labores es permanente. Los muchachos brasileños, colombianos y egipcios que trabajan en fábricas de tabiques, frecuentemente sufren daños irreparables a la espina dorsal por las cargas tan pesadas. De manera más general, los niños que pasan largas horas en fábricas de todo el mundo llegan a la adolescencia con extremidades permanentemente deformadas. Si es que llegan. Para miles, eso no sucede. Las condiciones de seguridad en muchas fábricas de la India están tan descuidadas que muchos niños han muerto en incendios de origen eléctrico y en explosiones químicas.

Existen leyes para proteger a los niños frente a condiciones peligrosas en muchas ocupaciones, pero rara vez se aplican. El sector agrícola, que es el que ocupa más mano de obra infantil tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados, es particularmente difícil de vigilar. Es poco lo que los funcionarios pueden hacer para supervisar o modificar las cargas de trabajo de los niños en fincas grandes o en pequeñas empresas familiares.

De hecho, los padres son con frecuencia los capataces más duros. En la India, algunos padres todavía pagan sus deudas sometiendo a sus hijos a la servidumbre. Los padres pakistaníes a veces mutilan a sus hijos para hacer de ellos mendigos convincentes. Lamentablemente, a menudo las familas son las últimas en protestar por la explotación de sus hijos.

La OIT sostiene que los niños sufren mucho cuando se les obliga a desempeñarse como "adultos pequeños". "La creatividad y la capacidad para trascender la realidad del niño se ven limitadas", afirma un informe de la OIT, "y todo su mundo mental se empobrece". El joven trabajador no aprende a jugar, o a leer y escribir; peor aún, fuma y, en el Caribe, bebe ron de caña para poder continuar, dado que no come lo suficiente.

En 1973, una convención de la OIT fijó un mínimo para la edad laboral a nivel mundial de 15 años. En diez años, sólo 27 de los 150 países miembros de la Organización ratificaron esa convención. Algunos otros países tienen leyes que fijan la edad laboral mínima entre los 12 y los 16 años, pero la OIT advierte que "pocos países cuentan con lo que podría considerarse una prohibición integral para evitar que los niños desempeñen labores peligrosas", y que todavía menos tienen "medidas para proteger a las personas jóvenes de la degradación moral".

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Dado que las leyes no son la solución al trabajo infantil, muchos expertos proponen la educación obligatoria como una forma de limitarlo. Pero las leyes educativas han resultado ser esquivas también. En casi todas las sociedades depauperadas, los padres conceden mayor importancia al salario que a la educación. Como resultado, el porcentaje de alumnos que abandonan la escuela está creciendo a un ritmo alarmante. Un reciente estudio de la UNESCO demuestra que en los países en desarrollo, hasta el 60% de los niños no terminan la educación primaria.

Las organizaciones de asistencia coinciden en que la abolición total del trabajo infantil es una meta poco realista. Así, para millones de niños, el futuro no depara grandes promesas o esperanzas. Los niños trabajadores merecen algo mejor, ya sea que lo sepan o no.