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La carrera de China y Occidente hacia la cima

LONDRES – En los últimos 25 años, las tasas de crecimiento relativo de las principales economías del mundo han cambiado drásticamente. Seis países en desarrollo en particular –China, Corea del Sur, India, Polonia, Indonesia y Tailandia- han crecido extremadamente rápido durante este período. Los países ricos del G7, por otro lado, han experimentado una desaceleración de las tasas de crecimiento de la productividad laboral, y su porcentaje combinado del PIB mundial ha caído de dos tercios a la mitad.

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La teoría de crecimiento neoclásico, que ha dominado el pensamiento económico en este período, no ha podido explicar esta reversión de las fortunas. Para cualquiera que haya observado el éxito de las empresas surcoreanas y chinas en un mercado mundial tras otro, es difícil creer que los países occidentales vayan a ser capaces de competir de manera más efectiva en el futuro simplemente haciendo que sus propios mercados sean más eficientes.

Si el mundo desarrollado pretende mejorar su competitividad, nosotros en Occidente tenemos que abrazar un nuevo pensamiento económico. Esto significa entender mejor el proceso de crecimiento y utilizar este conocimiento para desarrollar políticas que puedan ayudar a acelerarlo. Es más, no deberíamos pensar que podemos obtener este conocimiento construyendo modelos matemáticos cada vez más complejos e irrealistas.

Un buen lugar para empezar es medir la riqueza nacional, y el hecho de que el PIB per capita de un país es simplemente la suma del valor agregado per capita de todas sus organizaciones económicas, principalmente las empresas.

Luego tenemos que preguntar cómo las empresas aumentan su valor agregado per capita. En el mundo observable, en lugar del mundo de la competencia perfecta abrazado por los economistas neoclásicos, las empresas pueden hacerlo de dos maneras. Pueden aumentar la eficiencia de su producción, como hizo Henry Ford cuando empezó a utilizar una línea de ensamblaje para fabricar autos, o aumentar la ventaja competitiva de sus productos, como hizo Steve Jobs cuando desarrolló el iPhone de Apple.

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Tanto Ford como Jobs aumentaron la competitividad de sus empresas mediante la innovación. Países como China y Singapur han hecho lo mismo, ayudados por las lecciones de economías más avanzadas. Ambos se han autoproclamado naciones innovadoras, y han puesto la innovación en el corazón de la política de gobierno.

Los países occidentales, por lo tanto, tienen que entender tres cosas en particular. Primero, deben aumentar sus tasas de innovación para competir mejor contra las economías emergentes de rápido crecimiento. Eso les exigirá desarrollar políticas que fortalezcan los sistemas nacionales de innovación, educación y formación, y mejorar la gobernanza y financiamiento de sus empresas. Las políticas a nivel municipal y regional deberían respaldar esos objetivos.

Segundo, Occidente necesita entender que existe una escalera global de desarrollo económico, cuyos peldaños representan los niveles crecientes de complejidad organizacional y tecnológica, y el valor agregado per capita. A cualquier empresa le resulta difícil obtener una ventaja competitiva en actividades como fabricar ropa barata y ensamblar componentes electrónicos, lo que resulta en un bajo valor agregado per capita y, por lo tanto, en bajos jornales y salarios. Por el contrario, las empresas en industrias como la aeroespacial y la farmacéutica pueden generar ventajas competitivas significativas, lo que deriva en un valor agregado per capita alto y, en consecuencia, en altos jornales y salarios.

Los países en desarrollo están subiendo la escalera a pasos acelerados y cada vez más compiten directamente con las economías desarrolladas. Estas últimas, por ende, deben innovar rápidamente tanto para aumentar el valor agregado de sus industrias actuales como para entrar en nuevos sectores de valor agregado alto.

Finalmente, las empresas y los responsables de las políticas occidentales deberían entender que la competencia de sus países con China y otras potencias económicas en ascenso hoy es una “carrera hacia la cima”, no una “carrera hacia el abismo” en la que la mano de obra barata y un tipo de cambio “favorable” son vistos como las mejores maneras de alcanzar y mantener la competitividad.

Si los países desarrollados pueden seguir subiendo en la escalera del desarrollo económico innovando y creando nuevos productos y servicios de alto valor agregado y cediendo zonas de actividad de menor valor agregado a los países en desarrollo, entonces todos pueden aumentar sus niveles de vida nacionales al mismo tiempo. Si la torta es más grande, todos pueden tener una porción mayor.

Sin duda, la estabilidad macroeconómica y los mercados eficientes, que están en el corazón del pensamiento económico neoclásico, siguen siendo condiciones esenciales para el crecimiento. Pero no lo generan. Si nosotros en Occidente queremos competir de manera efectiva con China y otros países asiáticos de rápido crecimiento, necesitamos entender que la innovación es el motor del crecimiento, y los gobiernos tienen que dejarlo bien en claro en sus políticas económicas.

https://prosyn.org/ln4I5HEes;