Refugee children at school Majdi Fathi/ZumaPress

Que ningún niño quede afuera

SEÚL – En un viaje reciente a un campo para refugiados sirios en Turquía, presencié algunas de las manifestaciones más poderosas de tolerancia humana que cualquiera pueda imaginar. Y sin embargo, en medio de todas las historias de trauma y pérdida, lo que más me afectó fue el deseo insaciable de educación de estas familias de refugiados.

Los chicos con los que hablé me contaron de su deseo continuo de aprender en las escuelas improvisadas del campamento, apiñados en las aulas y en turnos que van desde antes del amanecer hasta después del anochecer. Sus padres hablaron de la esperanza que depositan en el poder transformador de la educación.

Siria alguna vez hizo alarde de una educación universal. Ahora, con más de cuatro millones de personas obligadas a abandonar sus hogares por la violencia que azota al país, se ha convertido en uno de los muchos lugares del mundo que padecen lo que sólo se puede describir como una crisis de educación global. Hay aproximadamente 58 millones de niños en edad de escolaridad primaria que no van a la escuela en todo el mundo, y la situación es definitivamente peor en el caso de los niños afectados por el conflicto y los desastres naturales.

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