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La doma de la intolerancia

MELBOURNE – En un momento en el que los espantosos sucesos de Noruega nos recuerdan cuánta intolerancia asesina hay aún en el mundo, tal vez una historia de signo contrario pueda devolvernos un poco de optimismo, en el sentido de que se están produciendo algunos cambios de actitud positivos e históricamente importantes.

El mes pasado, un jugador de fútbol de la primera división de Australia fue multado y suspendido y, a consecuencia del cúmulo de informaciones negativas aparecidas en la prensa, sufrió una profunda humillación pública. Lo que tuvo de inhabitual ese caso –y la magnitud de la respuesta– fue su delito. No fue una entrada brutal; no insultó al árbitro ni facilitó información privilegiada a los jugadores. Fue simplemente un comentario injurioso que sólo oyó su oponente, pero éste había nacido en Nigeria y el comentario fue un insulto racista.

Pocos días antes, en un incidente al que los medios de comunicación dedicaron mucha atención y que condenaron, un espectador que profirió insultos racistas contra un jugador nacido en el Sudán fue expulsado del estadio y se le prohibió asistir a los partidos futuros, a no ser que se sometiera a un curso de concienciación sobre el racismo.

Hace pocos años, en Australia, como en la mayor parte del mundo, esa clase de incidentes habría pasado inadvertida y no se habría exigido reparación por ellos. No eran graves, sino que formaban parte simplemente del juego, se pronunciaban con el acaloramiento de una contienda propia de gladiadores en el terreno de juego y los apasionados gritos de ánimo de los partidarios en los graderíos.