patten102_Carl CourtGetty Images_prayingsrilanka Carl Court/Getty Images

El regreso de la política identitaria violenta

LONDRES – Mi primera visita a Sri Lanka fue en los ochenta, como ministro de desarrollo del Reino Unido; eran las primeras etapas de la despiadada guerra entre el movimiento guerrillero “Tigres de Liberación del Eelam Tamil” (TLET) y las fuerzas armadas de Sri Lanka. Este sangriento conflicto étnico entre la minoría tamil predominantemente hindú y la mayoría cingalesa predominantemente budista sorprendió a quienes antes consideraban que este hermoso país, con su inteligente población y su ubicación estratégica en el sur de Asia, era un modelo de democracia asiática. Y sin embargo fue aquí donde muchos oímos hablar por primera vez de atentados suicidas (ejecutados en ocasiones por niños).

El ejército indio había intervenido en un intento de detener la violencia. Un helicóptero de combate indio me llevó hasta la capital del territorio tamil, en el norte del país, para ver qué ayuda humanitaria podía proveerse. Por todas partes se veían pruebas de los combates. Recuerdo la destrucción sistemática de los laboratorios de computadoras y otras instalaciones de la Universidad de Jaffna.

Años después, regresé a Sri Lanka como comisario de la Unión Europea para apoyar los admirables esfuerzos que hacía el gobierno noruego para poner fin a ese mismo conflicto. Me llevaron a ver al jefe del TLET, Velupillai Prabhakaran, en sus cuarteles en la jungla. Un tipo taciturno y siniestro, Prabhakaran no estaba muy interesado en las condiciones de paz propuestas por Noruega con respaldo de la UE. El otro hecho memorable (¡o más bien olvidable!) de mi visita fue verme quemado en efigie por extremistas cingaleses, por el mero hecho de sugerir conversaciones de paz.

La guerra civil terminó en 2009 con un sangriento asalto a los derrotados combatientes del TLET. Parecía que la violencia y la destrucción eran cosa del pasado.

Pero las tensiones entre la mayoría cingalesa y las minorías hindú y musulmana nunca desaparecieron. Incluso el año pasado hubo ataques de budistas cingaleses contra mezquitas y empresas musulmanas, y la pequeña comunidad cristiana (mayoritariamente católica), formada por 1,5 millones de personas en una población de 21,4 millones, quedó atrapada en el medio.

Esta mezcla religiosa y étnica estalló el domingo de Pascua, cuando extremistas islamistas asesinaron a no menos de 250 personas, incluidos feligreses cristianos y turistas extranjeros, e hirieron a cientos más. Fue el peor ejemplo reciente de política identitaria, sólo dos semanas después del ataque a dos mezquitas cometido por un supremacista blanco australiano en Christchurch (Nueva Zelanda).

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El escritor francolibanés Amin Maalouf describió la política identitaria como un “leopardo” que devora hombres, mujeres y niños, y los valores que habitualmente sostienen cualquier idea de humanidad compartida. Por su parte, en su propio estudio de la relación entre identidad y violencia, el premio Nobel de Economía Amartya Sen recuerda cuando siendo niño vio a un aterrorizado musulmán entrar al jardín de su familia huyendo de una turba hindú que lo mató a cuchillazos.

En buena parte del mundo (y sin duda en Europa y Estados Unidos), casi nos habíamos olvidado de esta clase de política, en las décadas que pasaron después de que una forma de lealtad identitaria (el nacionalismo extremo) rehizo sociedades enteras. En su libroEl mundo de ayer, el intelectual judío austríaco Stefan Zweig ofrece una de las mejores descripciones de la destrucción (primero económica y después política) de la rica y brillante civilización europea de principios del siglo XX por quienes definían su identidad ante todo por la lealtad nacional, a menudo vinculada a una historia falsa y a instituciones idealizadas.

Tras recuperarse de esos desastres en la segunda mitad del siglo pasado, parecía que las divisorias del mundo eran ideológicas, no identitarias: capitalismo contra comunismo, libertad contra totalitarismo, y así sucesivamente. Pero esas divisiones, y los modos en que nos definimos, han retrocedido en muchos casos ante una avasallante idea de nacionalidad, que a veces se expresa en las formas más atávicas. No hay duda de que las consecuencias (incluidos ataques como los de Colombo y Christchurch) les parecerían a Zweig y Sen penosamente familiares.

No hay nada de malo en el nacionalismo cuando sólo es orgullo por los valores, las tradiciones y la historia de un país. Llamémoslo patriotismo. Pero el nacionalismo puede fácilmente convertirse en una mentalidad cuya mayor expresión es la definición de las personas dentro de una oposición de suma cero con los otros.

A veces, los “otros” son los países allende la frontera nacional; y a quien quiera cooperar con ellos, se lo ataca acusándolo de entregar la toma de decisiones soberanas. A veces, y esto es más peligroso, los “otros” son los miembros de minorías internas de un país, tal vez inmigrantes recientes, o antiguos, o gente con otro color de piel o con idiomas o creencias religiosas diferentes.

Los políticos en Europa y Estados Unidos deben cuidarse de que el nativismo populista que están atizando y del que esperan beneficiarse electoralmente no se transforme en formas más violentas de política identitaria.

¿Qué resultados traen los insultos del presidente Donald Trump a los mexicanos? ¿Cómo interpretar los ataques del vice primer ministro italiano Matteo Salvini al papa Francisco por defender que se tenga generosidad cristiana ante los inmigrantes? ¿Cómo responder a los ataques políticos de la derecha a los musulmanes en Europa, o los de la izquierda a los judíos en el RU? ¿Cuándo hay riesgo de que un graffiti o un tuit racista produzcan resultados violentos? La democracia liberal es una construcción más frágil de lo que parece.

En el RU, una importante fracción del Partido Conservador abrazó el nacionalismo inglés, que supone una amenaza existencial para el marco constitucional del país. También se teme que esta clase de nacionalismo (encarnado, por ejemplo, en el nuevo Partido del Brexit que Nigel Farage creó para seducir a conservadores descontentos hostiles a Europa) esconda sentimientos que sus representantes tal vez condenarían en público.

Esos temores se justifican. Es peligroso jugar con fuego: una vez encendido, el nacionalismo puede fácilmente salirse de control, consumiendo todas las estructuras moderadoras y dejando comunidades (y países enteros) a merced de incendiarios todavía más peligrosos.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/Mny6lwf/es;

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