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Cómo achicar el deficit de empleos de Estados Unidos

BERKELEY – Los datos más recientes de desempleo en Estados Unidos confirman que la economía estadounidense sigue recuperándose de la Gran Recesión de 2008-2009,  a pesar de la desaceleración que aqueja a las otras naciones del G-20. Por cierto, el ritmo del crecimiento del empleo en el sector privado, en rigor de verdad, ha sido mucho más fuerte durante esta recuperación que durante la recuperación de la recesión de 2001, y es comparable a la recuperación de la recesión de 1990-1991.

Durante los últimos 31 meses, el empleo en el sector privado ha crecido en 5,2 millones y la tasa de desempleo ha caído por debajo del 8% por primera vez en casi cuatro años. Pero la tasa de desempleo sigue estando más de dos puntos porcentuales por encima del valor a largo plazo que la mayoría de los economistas consideran normal cuando la economía está operando casi en su potencial.

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Es más, la cantidad de desempleados de larga data (27 semanas o más) es aproximadamente el 40% del total -el porcentaje más bajo desde 2009, pero aun así mucho más alto que en las recesiones anteriores desde la Gran Depresión, y cerca del doble de lo que sería en un mercado laboral normal-. De modo que el mercado laboral de Estados Unidos, si bien se está recuperando, todavía está muy lejos de donde debería estar.

Esto es en parte porque las pérdidas de empleos durante la Gran Recesión fueron tan grandes -el doble que en las recesiones previas desde la Gran Depresión-. En términos de la historia económica de Estados Unidos, lo que es anormal no es el ritmo del crecimiento del empleo en el sector privado desde que terminó la recesión de 2008-2009, sino más bien la extensión y el alcance de la recesión en sí misma.

El decrecimiento fue una recesión distintiva de balances que causó caídas considerables en la riqueza de los hogares y necesitó un desapalancamiento doloroso. La demanda, coherente con las recuperaciones de esas recesiones, ha crecido lentamente, a pesar de un estímulo fiscal y monetario sin precedentes, y eso explica por qué la tasa de desempleo sigue alta. Por cierto, las empresas citan la incertidumbre respecto de la fortaleza de la demanda, no la incertidumbre en cuanto a la regulación o las cargas fiscales, como el factor principal que retrasa la creación de empleo.

La demanda del sector público también se ha contraído, debido al deterioro de los presupuestos de los gobiernos estatales y locales. Como resultado, el empleo público, que normalmente aumenta durante las recuperaciones, ha contribuido marcadamente al alto nivel de desempleo durante los últimos tres años. A pesar de un repunte modesto en los últimos tres meses, el empleo gubernamental está 569.000 por debajo de su nivel de junio de 2009 -un mínimo de 30 años como porcentaje de la población civil adulta-. Según cálculos de Hamilton Project, si este porcentaje estuviera en su promedio de 1980-2012 de aproximadamente 9,6% (a decir verdad fue superior entre 2001 y 2007), habría aproximadamente 1,4 millón más de empleos en el sector público y la tasa de desempleo rondaría el 6,9%. 

Informes recientes sugieren que existen más de tres millones de vacantes laborales no cubiertas, y aproximadamente el 49% de los empleadores sostienen que les resulta difícil ocupar los puestos, especialmente en los sectores de tecnología de la información, ingeniería y tareas calificadas. Esto ha avivado la especulación de que un "desajuste" entre las capacidades de los trabajadores y las necesidades de los empleados es un factor importante detrás de la elevada tasa de desempleo.

Sin embargo, la evidencia que respalda esta visión es escasa. La relación entre la tasa de desempleo y la tasa de oferta de trabajo es coherente con los patrones registrados en recuperaciones anteriores. Tampoco hay nada inusual respecto del tamaño de los desajustes entre los puestos vacantes y la disponibilidad de trabajadores por industria.

Estos desajustes industriales aumentan durante las recesiones, lo que refleja una mayor agitación en el mercado laboral ya que los trabajadores se desplazan entre sectores que se achican y se expanden, pero caen a medida que la economía se recupera. Este patrón también caracteriza la recuperación actual, y los datos recientes sugieren que los desajustes entre la demanda y la oferta de mano de obra por industria regresan a los niveles previos a la recesión.

Sin embargo, conforme la economía estadounidense se recupera, el cambio tecnológico se acelera, avivando la demanda de más habilidades en un momento en el que los niveles de formación de la fuerza laboral se han estancado. Esta es la verdadera brecha de habilidades que existía antes de la Gran Recesión, y que empeora con el tiempo.

La brecha se manifiesta en tasas de desempleo mucho más altas para trabajadores con estudios secundarios que para trabajadores con formación universitaria en cada etapa del ciclo comercial. La brecha también se observa en una desigualdad significativa -y creciente- entre los ingresos de los trabajadores con estudios secundarios y aquellos con un título universitario o superior.

Las alzas de los ingresos han sido particularmente fuertes para aquellos trabajadores con títulos terciarios, mientras que los salarios reales de los trabajadores con estudios secundarios, especialmente hombres, han caído marcadamente. A los trabajadores con bajos niveles de formación les está resultando cada vez más difícil encontrar empleos bien remunerados en cualquier sector, incluso cuando la economía está funcionando casi a su capacidad plena.

Estados Unidos fue el líder mundial en tasas de estudios secundarios y universitarios completos durante gran parte del siglo XX. Hoy está ubicado en el medio de los países de la OCDE.

Un factor importante detrás de esta caída relativa ha sido la imposibilidad del sistema escolar estadounidense de asegurar una educación de alta calidad para los norteamericanos desventajados, particularmente hijos de hogares pobres, minoritarios e inmigrantes. Según el censo más reciente, aproximadamente un 25% de los niños de menos de seis años viven en la pobreza. Estos niños tienen menos probabilidades de acceder a programas en su niñez temprana que los preparen para la escuela, y tienen más probabilidades de asistir a escuelas que tienen ratios estudiantes/maestros elevadas y que no pueden atraer y retener maestros calificados. 

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Como resultado de estos y otros problemas, el estudiante secundario promedio en Estados Unidos recibe una preparación inadecuada en temas centrales como escritura, matemáticas y razonamiento analítico, lo que a su vez reduce la inscripción universitaria y las tasas de estudios completos. La experiencia estadounidense es coherente con la evidencia de la OCDE de que los estudiantes de países con una mayor desigualdad de ingresos obtienen peores resultados en las pruebas de logro académico. Y un estudio reciente de McKinsey sugiere que las brechas en oportunidad y logros educativos por ingreso imponen el equivalente de una recesión permanente de 3-5% del PBI en la economía estadounidense.

Para resolver estas brechas, Estados Unidos debe fomentar la formación educativa de los trabajadores actuales y futuros. Esto implica invertir más en educación en todos los niveles -en programas de educación en la niñez temprana, escuelas primarias y secundarias, universidades comunitarias, programas de institutos profesionales para empleos específicos en sectores específicos y ayuda financiera para la educación superior. Por sobre todo, implica solucionar las disparidades de ingresos en la oportunidad y el logro educativo.