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Los cambios y desafíos poblacionales

Como todo lo demás en nuestro mundo, los cambios poblacionales se están dando mucho más rápido que nunca. Sin embargo, los cambios más intensos no son demográficos, sino sociales, y están llegando a las raíces de la vida personal y familiar. Las mujeres están saboreando nuevas libertades –nuevas expresiones de sus derechos humanos fundamentales—y ello tiene implicaciones profundas tanto para los hombres como para las estructuras sociales que han dominado tradicionalmente.

Ciertamente el cambio demográfico ha sido veloz. En 1970, la población mundial era de menos de 4 mil millones de personas; hoy es de más de 6 mil millones y en 2025 llegará a 8 mil millones, con la mayoría de ese crecimiento concentrado en los que todavía se denominan “países en desarrollo” –la mayor parte de Asia, y casi toda América Latina y Africa.

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No obstante, ocultas entre esas cantidades asombrosas se encuentran cifras más esperanzadoras. A lo largo de los últimos 30 años, el tamaño de las familias en los países en desarrollo ha bajado a la mitad, de 6 a 3 hijos; hay muchas más mujeres actualmente, pero, en comparación con sus madres –o con cualquier generación anterior— tienen menos hijos. Las mujeres están tomando sus propias decisiones con una libertad que nunca habían tenido, y están escogiendo tener familias más pequeñas.

En 1970, el tema del crecimiento de la población era muy polémico. Dividía al norte y al sur, a los países desarrollados y a los países en desarrollo como ningún otro tema –había acusaciones y suspicacia en todas partes—lo que generaba que los asuntos relacionados con la población se vieran relagados al fondo de las agendas de la mayoría de los países y de los organismos internacionales. Pocos países en desarrollo contaban con programas de planificación familiar. Las personas que cargaban con el peso de criar a los hijos –las mujeres—no tenían voz.

Todo eso está muy alejado de la concepción actual sobre los temas de población. Existe un consenso global en el sentido de que los asuntos poblacionales son parte de la vida diaria. La salud reproductiva y la igualdad de género se han convertido en parte integral de la agenda de los derechos humanos.

El hecho asombroso, pero poco conocido, es que este cambio trascendental es un triunfo real y visible para las Naciones Unidas y sus esfuerzos laboriosos y difíciles para llegar a un consenso. Lentamente, después de largos años de discusiones y de ganar experiencia con muchas dificultades, las diferencias entre los distintos campos se han ido borrando.

Si no borrando, por lo menos se ha demostrado que surgen de premisas falsas. Una generación de experiencia ha señalado que si las mujeres tienen opciones reales, tendrán familias más pequeñas que las de la generación de sus padres. Las razones son complejas y no se han llegado a explicar en su totalidad, pero los hechos son claros. De esa manera, el tamaño de las familias y las tasas de crecimiento dejan de ser objeto de decisiones de alto nivel para convertirse en el resultado de muchas decsisones privadas tomadas a un nivel inferior de la estructura de poder.

Desde este punto fluyen muchas cosas. En el pasado, la política era un asunto de los hombres. Ahora, las mujeres participan cada vez más en niveles de igualdad. En países como India o Uganda, por ejemplo, las mujeres, por derecho, participan en las legislaturas locales y regionales. Cada día se acepta más el hecho de que las mujeres necesitan tener acceso a servicios de salud para ellas y sus hijos, en especial a la planificación familiar. Actualmente casi todos los países apoyan de manera oficial la planificación familiar.

Ni siquiera esto es suficiente. Para que las mujeres puedan usar los métodos anticonceptivos de manera exitosa, deben ser capaces de tomar sus propias decisiones al respecto. Las implicaciones de esto son revolucionarias para las sociedades que tradicionalemente no han permitido que las mujeres tomen sus propias decisiones.

Después de todo, si las mujeres pueden decidir sobre la planificación familiar, ¿por qué no sobre otros asuntos? La estructura de poder de la familia, y de la comunidad donde vive la familia, comienza a cambiar. En Bangladesh, por ejemplo, donde tradicionalmente las mujeres no aparecen en público, ahora utilizan teléfonos celulares para comunicarse entre ellas, obtener créditos y hacer negocios. En algunas familias las mujeres son ahora la principal fuente de ingresos.

En muchos países en desarrollo ha habido una explosión de grupos de la mujer en la última década que hacen valer sus puntos de vista como nunca antes. En Chile, por ejemplo, las madres salieron a las calles para apoyar una iniciativa del ministerio de educación, a la que se oponía la Igelsia, a fin de incluir la educación sexual en las escuelas.

Por supuesto, el gobierno sigue siendo necesario. Los gobiernos dan servicios de salud y de educación, los dos elementos más importantes del problema. También se necesita liderazgo, aunque en formas nuevas y poco convencionales. Los líderes políticos deben prestar atención a las necesidades sociales: el crecimiento económico por sí solo no resolverá los problemas sociales. De hecho, la idea de que el crecimiento económico sostenido depende de la solución de los asuntos sociales se está extendiendo cada vez más. Por ejemplo, los “tigres asiáticos” hicieron inversiones fuertes en educación y salud, incluyendo la planificación familiar, durante las primeras etapas de su desarrollo. Esta inversión generó dividendos enormes en términos de estabilidad social, una fuerza de trabajo sana y educada y un crecimiento económico más rápido.

Hoy en día, los gobiernos deben dar más atención a las mujeres, aunque hay que conceder que para muchos eso está resultando difícil. Se han alcanzado acuerdos internacionales y las estructuras de derechos humanos ya existen. No obstante, llegar a acuerdos es una cosa; ponerlos en práctica es otra muy distinta.

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Las mujeres están dispuestas a participar en los esfuerzos hacia el progreso. El problema son los hombres. De alguna forma, los hombres tienen que aprender que dar poder igual a las mujeres no socava su propio poder, que ser hombre no depende de controlar a una mujer, que compartir el poder hace que todos sean más poderosos.

Muchos hombres en todos los países, desde los más pobres hasta los más ricos, en todos los niveles sociales, están aprendiendo que deben cambiar. Esa es la lección de los últimos 30 años, y el gran éxito para todos los que hemos dedicado nuestras vidas a la población y el desarrollo. Hemos logrado que los temas de población se conviertan de un asunto político que creaba desacuerdos en una fuerza social tras de la cual las mujeres y los hombres se pueden unir. En ese proceso, las estructuras tanto políticas como sociales están cambiando. Se trata de una revolución silenciosa que apenas está comenzando.