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Cómo debatir con un populista

BERLÍN – En muchos países occidentales, las divisiones sociales y políticas se han ensanchado al punto de parecer insalvables. Pero lo mismo podía pensarse en los sesenta, una época al menos tan conflictuada como la nuestra; y sin embargo, al final las divisiones de aquel momento se superaron. La diferencia estuvo en el discurso.

En los sesenta, todavía pesaba en Europa el recuerdo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En Alemania, desafíos externos, como la Guerra Fría, y presiones internas, entre ellas la primera recesión de la posguerra y el aumento del desempleo, sometieron el todavía frágil orden democrático a los embates del radicalismo de izquierda (comunista) y de derecha (nacionalista). En 1968 estallaron protestas estudiantiles en ciudades de toda Europa y en Estados Unidos, en rechazo no sólo de la Guerra de Vietnam, sino también (y cada vez más) del “establishment” como tal.

Casi igual que ahora, en los sesenta la comunicación entre personas con puntos de vista opuestos era difícil. Pero en el debate público de aquella época había un grado de civilidad que hoy brilla por su ausencia. Se entendía (o al menos algunos entendían) que negarse a dialogar sólo reforzaría la mentalidad de “nosotros contra ellos”, que da impulso al radicalismo.

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