NY Stock exchange Bryan R. Smith/AFP/Getty Images

Cómo ser una economía abierta

MILÁN – La palabra “apertura” tiene dos connotaciones relacionadas pero distintas. Por un lado, da idea de algo que es irrestricto, accesible y (tal vez) vulnerable; por el otro, de algo (por ejemplo, una persona o una institución) que es transparente, en oposición a misterioso.

El primer significado suele aplicarse al comercio, la inversión y la tecnología (aunque la mayoría de las definiciones no relacionan oportunidad con vulnerabilidad); factores que siempre impulsaron cambios económicos estructurales, especialmente en relación con el empleo. El cambio estructural puede ser benéfico y al mismo tiempo disruptivo. Los gobiernos llevan mucho tiempo tratando de hallar un justo equilibrio entre el principio abstracto de apertura y la implementación de medidas concretas para limitar los efectos más negativos del cambio.

Felizmente, la investigación académica y la perspectiva histórica pueden ayudar a las autoridades a responder a este desafío inteligentemente. Piénsese en el caso de los pequeños países desarrollados del norte de Europa, que tienden a ser abiertos, y por buenas razones: si no lo fueran, deberían diversificar en exceso los sectores transables de sus economías para satisfacer la demanda interna. Eso les supondría altos costos, porque la pequeñez del mercado interno les impediría lograr economías de escala en tecnología, desarrollo de productos y fabricación.

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