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Nubes de tormenta sobre Corea

BERLÍN – A décadas del fin de la Guerra de Corea y la partición del país, el conflicto en la península de Corea sigue siendo uno de los problemas más peligrosos e intratables de nuestro tiempo. Y hoy es más peligroso (y aparentemente intratable) que nunca.

El régimen norcoreano es una reliquia de la Guerra Fría: un dinosaurio estalinista que sobrevivió hasta el día de hoy, mientras Corea del Sur se convertía rápidamente en una potencia económica y tecnológica regional, y China (principal aliado y único respaldo financiero de Corea del Norte) aplicaba una política de modernización cada vez más exitosa.

Todo esto dejó al régimen norcoreano aislado y fundadamente temeroso de su futuro. Así que para asegurar la supervivencia de su dictadura brutal, al gobernante Partido de los Trabajadores de Corea, liderado por el clan Kim, no se le ocurrió mejor idea que desarrollar armas nucleares y sus sistemas de lanzamiento.

Hasta ahora, todos los esfuerzos diplomáticos y tecnológicos para detener el desarrollo norcoreano de armas nucleares fracasaron. Que Corea del Norte disponga de misiles nucleares capaces de llegar a Corea del Sur y su capital (Seúl), Japón e incluso grandes ciudades de la costa oeste norteamericana es sólo cuestión de tiempo.

Estados Unidos, por su parte, instaló en Corea del Sur un sistema de defensa antimisiles. Y el gobierno de Trump (lo mismo que los que lo precedieron) ve el intento norcoreano de desarrollar misiles intercontinentales capaces de alcanzar San Francisco o Los Ángeles como justificación para una guerra. Si la escala de colores usada para calificar los niveles de amenaza terrorista se aplicara a la crisis de la península de Corea, habría pasado del naranja al rojo. El tiempo para llegar a una solución diplomática (o incluso una contención de la crisis) se acaba, y la situación se acerca a un punto de definición.

Esto se debe a que este drama se desarrolla en un lugar estratégico extremadamente sensible. Corea del Sur y Japón (dos importantes actores de la economía mundial y socios íntimos de Estados Unidos) están bajo amenaza inmediata, mientras que China y Rusia, los dos vecinos del régimen de Pyongyang por el norte, son potencias nucleares mundiales con intereses propios en la disputa.

China, en particular, ve la península de Corea en términos de seguridad estratégica. El gobierno chino no olvidó que el ataque del Japón Imperial al norte de China (Manchuria) en la década de los treinta partió de la península de Corea, o que el disparador de la intervención china en la Guerra de Corea a principios de los cincuenta fue el acercamiento de las tropas estadounidenses al río Yalu en la frontera con China.

Desde entonces, China ha sido el cuasiprotector de Corea del Norte, y Estados Unidos protegió a Corea del Sur, sobre todo manteniendo un importante despliegue militar en la región, incluso tras el fin de la Guerra Fría. Sin esa presencia militar estadounidense, lo más probable hubiera sido un regreso de la guerra a la región; o como mínimo, que Japón y Corea del Sur desarrollaran su propia capacidad de disuasión nuclear.

Un enfrentamiento militar en la península de Corea podría llevar a un escenario de pesadilla, con uso de armas nucleares, o incluso a un choque a mayor escala entre potencias globales nucleares. En cualquiera de los casos, habría serias consecuencias fuera del vecindario geográfico inmediato. Y sin embargo, la determinación de Corea del Norte de desarrollar misiles balísticos intercontinentales con carga nuclear implica que seguir aplicando una política de esperar a ver qué pasa ya no es opción.

¿Qué hará entonces el presidente estadounidense Donald Trump? Una serie de visitas recientes de altos funcionarios estadounidenses a la región hace pensar que el nuevo gobierno considera que la situación en la península es una amenaza seria. Mientras la canciller alemana Angela Merkel visitaba a Trump en Washington a principios de este mes, el secretario de Estado de Trump, Rex Tillerson, hacía su primer viaje oficial a Asia oriental, que se suma a la visita a la región del secretario de Defensa James Mattis en febrero.

Durante su estadía en Corea del Sur, Tillerson no dijo palabras tranquilizadoras. Habló de una “amenaza inmediata”, declaró terminada la “política de paciencia estratégica” del expresidente Barack Obama y dijo que “todas las opciones están sobre la mesa” (incluida la acción militar).

El duro lenguaje de Tillerson se justificaría si llevara a una solución negociada entre Estados Unidos, China y Corea del Norte. Pero, ¿y si no? Una guerra, tanto nuclear como convencional, en la península de Corea supondría riesgos incalculables para la región y el mundo, cuyo análisis detallado nos obliga a recordar que falta poner una opción “sobre la mesa”: la diplomacia, que a pesar de todas las dificultades que entraña, es la única solución.

Pero una solución diplomática sólo será posible si Estados Unidos y China cooperan codo a codo y sin repetir errores del pasado. Por ejemplo, a la luz de la crisis creciente en la península de Corea, sería conveniente que el gobierno de Trump se abstenga de seguir una política excesivamente agresiva hacia Beijing en el Mar de China Meridional.

Al mismo tiempo, la dirigencia china debe plantearse hasta cuándo piensa seguir dando apoyo incondicional al régimen norcoreano (totalmente dependiente de la ayuda económica de China) en vez de presionarlo para que ponga fin a sus provocaciones. Para evitar un conflicto militar, China y Estados Unidos tendrán que acordar una estrategia conjunta y tratar de reiniciar las conversaciones a seis bandas con Corea del Norte.

Está cada vez más claro que, incluso con Trump como presidente, Estados Unidos no puede eludir así como así su papel de potencia estabilizadora mundial. Y si China quiere demostrar que también será capaz de cumplir esa función en el siglo XXI, tendrá que hacer su parte para resolver el conflicto en la península de Corea.

Traducción: Esteban Flamini