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Migraciones: los hechos y las ficciones

LONDRES – En muchos países, el debate político sigue dominado por las migraciones. Y con razón: es una cuestión que afecta a economías y sociedades de todo el mundo. Pero la opinión pública respecto de este tema crucial tiende a guiarse por las emociones más que por los hechos. Esto lleva a una falta de diálogo abierto y eficaz sobre los riesgos de las migraciones, o sus muchos beneficios.

Los líderes populistas, en particular, han sido prestos a manipular el debate sobre las migraciones apelando a cifras infladas y otras exageraciones groseras para atizar el temor popular. Esa retórica incendiaria perjudica directamente a los inmigrantes, incluso aquellos que llevan mucho tiempo viviendo en sus países nuevos. En el Reino Unido, en el período previo al referendo por el Brexit en junio y después de la votación, las denuncias de crímenes de odio contra inmigrantes crecieron un 42% respecto del año anterior.

Erdogan

Whither Turkey?

Sinan Ülgen engages the views of Carl Bildt, Dani Rodrik, Marietje Schaake, and others on the future of one of the world’s most strategically important countries in the aftermath of July’s failed coup.

Pero el impacto del sentimiento xenófobo va mucho más allá de las fronteras nacionales. Si la prédica populista del miedo impulsa a los países a adoptar políticas proteccionistas y de exclusión, el efecto sobre la economía global (y sobre los medios de vida de millones de personas en todo el mundo) será desastroso.

Es hora de que los políticos racionales y los medios masivos reintroduzcan los hechos en el debate. Deben publicar las cifras reales de flujos migratorios de sus países, tanto los de entrada como los de salida. Deben explicar a los ciudadanos que muchos de los problemas por los que se acusa a los inmigrantes no son en realidad culpa suya. Y deben destacar los grandes aportes sociales y económicos que hacen los inmigrantes.

El voto por el Brexit obedeció a una imagen distorsionada (impulsada por periódicos tabloides y políticos populistas) de un país inundado de inmigrantes. Y de hecho, la mayoría de las encuestas muestran que en casi todos los países, los residentes exageran en gran medida la cantidad de inmigrantes. En algunos países de Europa del este, la gente cree que los inmigrantes musulmanes son hasta 70 veces más que en la realidad.

La verdad es que en proporción, la cantidad de personas que viven fuera de sus países de origen es casi la misma hace varias décadas: alrededor del 3% de los casi 7500 millones de personas vivas. En los últimos cinco años, dejaron sus lugares de origen 36,5 millones de personas (apenas el 0,5% de la población mundial).

Es un mito que todos los ciudadanos de países en desarrollo busquen trasladarse a sociedades ricas del primer mundo: la mayoría de los que deciden emigrar se quedan en su región de origen. Menos del 1% de los africanos se reubicaron en Europa. Además, las cifras migratorias mundiales incluyen gran cantidad de ciudadanos de países avanzados (entre ellos, 4,9 millones de nacionales del RU).

Igualmente inexactas son las afirmaciones de que los inmigrantes son una carga para los presupuestos nacionales. En el RU, los inmigrantes aportan más en impuestos de lo que reciben en prestaciones.

De hecho, muchos países avanzados necesitan inmigrantes. Nueve de los diez países con mayor proporción de población de edad superior a 65 años están en Europa. Si bien los países industrializados suelen sufrir escasez de trabajadores poco calificados (hace poco Hungría reconoció que necesita 250 000 trabajadores extranjeros para cubrir faltantes en su mercado laboral) no es verdad que los inmigrantes sean necesariamente personas con bajo nivel académico. En 2010, el 29% de los emigrantes a países de la OCDE tenían títulos universitarios.

Además de beneficiar a las economías receptoras como trabajadores, emprendedores, inversores y contribuyentes, los emigrantes (y los refugiados) colaboran con el desarrollo de sus países de origen por medio de las remesas, que suponen una parte importante del PIB de muchos países en desarrollo, y a menudo son su fuente principal de divisas extranjeras. Las remesas no solo ayudan a pagar importaciones cruciales, sino que al mejorar la balanza de pagos, permiten a los países reducir los tipos de interés que pagan en los mercados de capitales privados.

Es cierto que las migraciones también suponen desafíos, pero son superables. La crisis de los refugiados en el Mediterráneo, que alentó el pánico en toda Europa, se podría haber encarado eficazmente con una acción internacional coordinada, como ya se hizo en el pasado. En los setenta y los ochenta, la comunidad internacional se unió para reubicar a más de un millón de vietnamitas; en los noventa, cuando la guerra en los Balcanes desplazó a casi cuatro millones de personas, Europa estuvo pronta para ayudar.

Pero hoy la atmósfera política es más hostil. En Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, presenta a los refugiados sirios que huyen para salvar sus vidas como una amenaza a la seguridad, a pesar de los exhaustivos procedimientos de selección implementados por el gobierno actual, que se comprometió a aceptar 10 000 refugiados antes de que termine el año fiscal. En Hungría, se celebrará en octubre un referendo sobre las cuotas de refugiados exigidas por la UE.

Mientras los países avanzados se esfuerzan por impedir el ingreso de solicitantes de asilo (que en el caso de Hungría solo son unos pocos miles), los países en desarrollo hospedan a millones. Cinco países que en conjunto equivalen a menos del 2% del PIB global (Turquía, Jordania, Pakistán, Líbano y Sudáfrica) albergan a casi la mitad de los refugiados del mundo. Los seis países más ricos (Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Francia y el RU) equivalen al 60% del PIB global, pero el año pasado hospedaban a menos del 9% de todos los refugiados.

No es casualidad: de 2010 a 2014, los estados europeos gastaron más de mil millones de euros (1100 millones de dólares) en vallados y controles fronterizos. Estos intentos de “recuperar el control” alzando nuevas barreras dejan a los emigrantes a merced de traficantes abusivos y debilitan el comercio y la cooperación internacionales.

Hasta ahora, solo han llegado a destino 7200 de los 22 504 refugiados no europeos que el año pasado la UE se comprometió a reubicar. Miles de niños no acompañados (los emigrantes más vulnerables) todavía no encuentran un lugar. Más allá de las obligaciones legales de todos los firmantes de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, de 1951, esto es una prueba de humanidad y decencia que los países denominados avanzados están reprobando.

Es hora de que estos países reconozcan que el mejor modo de garantizar el orden migratorio es abrir canales legales para refugiados y emigrantes. En cuanto a la integración, algunas de las dificultades prácticas pueden superarse con más inversión local y una mayor coherencia entre los diversos departamentos de los gobiernos.

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El movimiento de personas, sea por elección o por la fuerza de las circunstancias, ocurrió siempre, y eso no va a cambiar. Es hora de dejar de resistirlo y en cambio, armados con los hechos, empezar a manejarlo.

Traducción: Esteban Flamini