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La joya de la corona de la India

NUEVA DELHI – El subfiscal general de la India, Ranjit Kumar, recientemente dijo que la India no reclamaría la devolución del diamante Kohinoor -uno de los más antiguos y más valiosos del mundo- por parte de los británicos, a quienes la India se los había "regalado". La declaración sorprendió al país y desató un debate apasionado -tan apasionado que, por cierto, el gobierno salió rápidamente a aclarar que todavía aspira a que le devuelvan la gema-. Pero el compromiso del gobierno para garantizar ese resultado sigue siendo, cuando menos, poco convincente.

Kumar estaba prestando testimonio ante la Corte Suprema en un juicio entablado por la ONG india Frente de Derechos Humanos y Justicia Social, donde se exige que el gobierno pida la devolución del famoso diamante, que se encuentra entre las joyas de la corona de Gran Bretaña. Kumar dice que el antiguo reino sij ofreció la gema a la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1849 como una "compensación voluntaria" por los gastos de las guerras anglo-sij que acababan de concluir. Si a eso le sumamos la Ley de Antigüedades y Tesoros Artísticos de 1972, que no permite que el gobierno exija la devolución de antigüedades exportadas antes de que la India ganara su independencia en 1947, el gobierno indio, según Kumar, no tiene ningún recurso que garantice la devolución del diamante.

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El alboroto que generó la declaración de Kumar obligó a los voceros del gobierno a dar marcha atrás frenéticamente y asegurar que la opinión de Kumar no era la visión oficial final. El Ministerio de Cultura anunció que se seguirá adelante con el reclamo. Pero a menos que se le diga a Kumar que debe prestar un nuevo testimonio ante la Corte Suprema, sus declaraciones parecen haber puesto fin al reclamo por parte de la India del diamante más legendario del mundo. De modo que el interrogante es si ése debería ser, en efecto, el desenlace final.

El Kohinoor fue extraído por primera vez por la dinastía Kakatiya cerca de Guntur, en lo que hoy es Andhra Pradesh. Los reyes Kakatiya lo instalaron en un templo, que fue saqueado por el sultán de Delhi Alauddin Khilji, que lo llevó de regreso a su capital junto con otros tesoros robados. El diamante pasó a pertenecer al imperio mogol que se estableció en Delhi en el siglo XVI.

En 1739, el Kohinoor cayó en manos del invasor persa Nadir Shah, cuyo botín tras la conquista de Delhi (y la aniquilación de sus habitantes) también incluyó el invaluable Trono del Pavo Real. Fue Nadir Shah, o al menos eso cuenta la leyenda, quien le dio nombre al diamante Kohinoor, o "montaña de luz". Es célebre la manera en que una de sus consortes declaró vívidamente "Si un hombre fuerte arrojara cuatro piedras -una al norte, una al sur, una al este y una al oeste- y una quinta quedara sostenida en el aire, y se llenara el espacio entre ellas con oro, ni siquiera todo eso equivaldría a su valor".

Luego de la muerte de Nadir Shah en 1747, el diamante cayó en manos de uno de sus generales, Ahmad Shah Durrani, quien se convirtió en el emir de Afganistán. En 1809, uno de los descendientes de Durrani se vio obligado a entregar el Kohinoor en tributo al poderoso maharajá sij de Punjab, Ranjint Singh. Pero los sucesores de Singh no pudieron preservar su reino. Los sijs fueron derrotados por los ingleses en dos guerras, que culminaron con la anexión de los dominios sij al Imperio Británico en 1849. Ahí fue cuando el Kohinoor supuestamente fue "obsequiado" a los británicos.

El argumento de que el diamante fue ofrecido como una "compensación voluntaria" por los gastos en que incurrieron los británicos para defender a los sijs es ridículo. Por empezar, la entrega formal fue llevada a cabo por el último maharajá del imperio sij, Duleep Singh, que apenas tenía diez años -y al que, muy probablemente, no le quedó otra opción-. Como también señalé a otros políticos indios, si alguien me pone un arma en la cabeza, probablemente le entregue mi billetera, pero eso no la convierte en un regalo -y no implica que no debería recuperarla.

La compensación ofrecida a los ganadores de una guerra por aquellos que fueron derrotados suele conocerse como reparaciones, que no son enteramente voluntarias. Por cierto, muchas ex colonias sostienen, y con razón, que es Gran Bretaña la que les debe reparaciones por siglos de opresión y saqueo. Devolver objetos invaluables de relevancia cultural que fueron robados en pleno apogeo del régimen imperial podría ser un buen lugar para empezar.

Sin duda, el Kohinoor plantea un desafío particular, ya que existen reclamos en conflicto. Los iraníes dicen que Nadir Shah lo robó con todas las de la ley, mientras que los afganos aseguran que los sijs los obligaron a entregarlo. Ahora Pakistán se ha sumado al ring, con el argumento bastante endeble de que la capital del imperio sij, los últimos e indiscutidos dueños pre-británicos, estaba en Lahore. (Tienden a disimular el hecho de que, después de décadas de depuración étnica en Pakistán, prácticamente no quedan sijs allí). Pero, considerando que el diamante pasó la mayor parte de su existencia en suelo indio, los indios consideran que su reclamo es más claro que el agua.

Sin embargo, para los británicos, la existencia de reclamos conflictivos es un alivio importante, ya que ayuda al país a eludir una tormenta de demandas para enmendar las múltiples injusticias de dos o más siglos de explotación colonial de vastos territorios. La expropiación británica del patrimonio de otros pueblos, desde los mármoles del Partenón hasta el diamante Kohinoor, es un asunto particularmente polémico. Los ingleses temen que, al conceder algún objeto, podrían estar abriendo una caja de Pandora de problemas.

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Por cierto, en una visita a la India en 2010, el primer ministro David Cameron declaró abiertamente que el Kohinoor tendría que "quedarse en donde está", porque "si uno le dice sí a uno, de pronto el Museo Británico se quedaría vacío". Dado que Kumar se puso esencialmente de parte de Gran Bretaña en la cuestión del Kohinoor, aunque sea por diferentes razones, los nacionalistas como yo estamos perdiendo toda esperanza de recuperar ese elemento invaluable de nuestra herencia.

Los británicos están en deuda con nosotros. Pero, en lugar de devolver la evidencia de su rapacidad a sus legítimos dueños, los británicos hacen alarde del Kohinoor en la corona de la reina madre en la Torre de Londres. Es un cruel recordatorio de lo que verdaderamente fue el colonialismo: subyugación descarada, coerción y apropiación indebida. Quizás ése sea el mejor argumento para que el Kohinoor se quede en Gran Bretaña, adonde categóricamente no pertenece.