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Un sentido del que carece la democracia

NUEVA YORK – La decisión de abandonar una paz y prosperidad relativas para participar en una guerra y una inestabilidad brutales puede parecer irracional, pero hay jóvenes, nacidos y criados en sociedades democráticas, que han estado cediendo cada vez más al llamamiento de grupos asesinos como el Estado Islámico y abandonando  sus hogares y a sus familias para entregarse a la yijad en lugares lejanos. ¿Por qué ha perdido la democracia la lealtad de esos espíritus inquietos y cómo puede recuperar los corazones y las mentes de otros que podrían seguir su ejemplo?

El filósofo Friedrich Nietzsche escribió en cierta ocasión que los seres humanos preferirían desear la nada a no desear nada. La tremenda desesperación de una vida carente de interés, impotente y desesperanzada es inmensamente menos atractiva que la intensidad, aun cuando ésta radique en la violencia, la muerte y la destrucción.

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En resumen, se trata de la falta del sentido cuya presencia nos motiva, nos conecta mutuamente y ordena nuestras vidas. Si falta –si los ideales e instituciones, pongamos por caso, no dan una sensación bastante palpable de comunidad y propósito–, las personas lo buscan en otro sitio, lo que en algunos casos les hace abrazar causas malévolas.

Ésa es la amenaza cultural que afronta la democracia actualmente y quienes desean mantener la libertad y la promesa de las sociedades democráticas pagarán las consecuencias de pasarla por alto. Se trata de una amenaza que se debe reconocer no sólo por lo que revela sobre las condiciones de vida en los países democráticos avanzados de todo el mundo, sino también porque una crisis es también una oportunidad: en este caso, la de recuperar el sentido que entraña esencialmente la democracia.

El atractivo de grupos como el Estado Islámico para jóvenes criados en países democráticos pone de relieve las disparidades en aumento de esas sociedades en cuanto a oportunidades económicas y educativas, que están creando cinismo, resignación e ira entre quienes se ven excluidos de la minoría social selecta. Los sentimientos de desesperanza y desesperación en el centro incitan al extremismo en los márgenes.

Las minorías selectas de las democracias avanzadas –el uno por ciento, digamos, que obtiene los mayores ingresos– no pueden sentirse cómodas precisamente en semejantes condiciones. Incluso el trotamundos más insular, que salte de unos mercados o terrenos de juego culturales a otros, debe tener en cuenta a sus hijos. ¿Qué cultura asimilarán? ¿De dónde obtendrán el sentido de la esperanza para el futuro?

Los defensores de la democracia deben determinar ahora no sólo cómo crear puestos de trabajo y velar por la prosperidad para todos los jóvenes actuales, sino también cómo alimentar sus almas, de paso. Si no lo hacen, como hemos visto, otros ocuparán el vacío, posiblemente con un llamamiento en pro del caos en nombre de un futuro mesiánico.

Para vencer en esa contienda en la que tanto está en juego, las sociedades democráticas no sólo deben pensar en la victoria en el campo de batalla, sino también procurar ganarse los corazones y las mentes mediante el poder de las ideas y la promesa de sentido, como ha hecho el Estado Islámico. La idea de que las democracias pueden rechazar semejantes fuerzas, cuyos aparatos ideológicos cuentan con abundantes recursos e influencia en los medios de comunicación, con las armas exclusivamente está destinada a un seguro fracaso. Se trata de una batalla de significados y sólo se puede ganarla con ideas que inspiren esperanza, actuación y coherencia a los individuos y a la comunidad.

Ese empeño debe comenzar con la reunión de una amplia muestra representativa de politólogos, antropólogos, teólogos, filósofos y artistas, entre otros, de todo el espectro político, organizada por instituciones públicas, universidades y similares de todo el mundo. Durante un período determinado de antemano, prepararían un informe expuesto con claridad para el público.

Dicho informe debería abordar, tenaz y sinceramente, las decisivas cuestiones relativas a la vitalidad actual de la democracia. ¿Qué albergan los manantiales de la vida democrática? ¿Cuál es la forma mejor de expresarlo, materializarlo, instituirlo y salvaguardarlo?¿Cuál es el mejor mensaje de esperanza por parte de la democracia y su promesa más creíble de florecimiento futuro? ¿Cuáles son los veneros culturales, intelectuales y espirituales profundos de la libertad, la tolerancia y la productividad?

Vivimos en una época peligrosa. Como los ideales democráticos están amenazados en todo el mundo, incluido el interior de los países democráticos, no se pueden dar por sentados sus fundamentos culturales e ideológicos compartidos. No se puede permitir que se disipen el sentido y la vitalidad de la vida en una democracia.

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El empeño que tenemos por delante requiere una reacción concertada de nuestros pensadores más profundos y de nuestros artistas más creativos. Ésa es nuestra finalidad actualmente; debemos comprometernos con ella tan apasionadamente como lo hacen con la suya los enemigos de la democracia.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.