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Revivir el Iluminismo del Islam

SEATTLE – En 1877, el gran novelista francés Víctor Hugo escribió: "Se puede resistir a la invasión de un ejército, pero no se puede resistir a la invasión de las ideas". Hoy en día, el poder de las ideas, para bien o para mal, es algo que debemos tener en cuenta, especialmente al contemplar el radicalismo islámico. Los recientes ataques terroristas en Francia, Kuwait y Túnez son sólo los últimos recordatorios de lo importante que es entender que, detrás de estas atrocidades, existen ideas serias, no simplemente criminales furiosos y frustrados.

Los movimientos jihadistas islámicos violentos no plantean un peligro existencial para Europa o Norteamérica. Ocasionalmente pueden perpetrar actos terroristas mortales, pero no tienen ninguna posibilidad de destruir o apropiarse de las sociedades occidentales. Los intentos motivados por el pánico de ingresar en países musulmanes y extirpar la amenaza han sido contraproducentes y sólo sirvieron para aumentar el poder de atracción del extremismo islámico.

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La mayoría de los musulmanes rechazan las versiones más duras del Islam, pero muchos -si no la mayoría- sienten empatía por la idea de luchar contra los dictados de Occidente y regresar a la fe de sus fuerzas y glorias pasadas. Sería un error afirmar que sólo una pequeña minoría de musulmanes respaldan las acciones de los extremistas o que facciones fundamentalistas se han adueñado de una religión a la que no representan en absoluto. Los radicales islámicos gozan de suficiente respaldo como para ser una amenaza seria en su parte del mundo. Es importante entender cómo sucedió esto.

Las teologías islámicas duras y radicalmente conservadoras han existido casi desde la muerte del profeta Mahoma en el año 632, pero han sido reiteradamente refutadas por escuelas de pensamiento musulmán más tolerantes y moderadas. Como las Biblias cristiana y judía, el Corán está abierto a la interpretación, ya sea completamente liberal como dogmática y represiva.

A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, muchos pensadores musulmanes -el más conocido Jamal al-Din al-Afghani- creían que abrazar muchos de los ideales desarrollados en Occidente durante el Iluminismo era la única manera de promover el progreso. Al-Afghani y otros escribieron que el rechazo por parte del Islam de la ciencia y el progreso occidentales era una mala interpretación del Corán.

Pero a medida que transcurrió el siglo XX, los reformistas musulmanes perdieron terreno a manos de los nacionalistas seculares que recalcaban que el socialismo era el camino a la modernización. La promesa del secularismo, sin embargo, no prosperó y países como Egipto, Libia, Irak y Siria se hundieron en el despotismo y la corrupción. Esto sirvió de terreno fértil para las versiones antioccidentales, reaccionarias y violentas del Islam.

Estas tensiones tienen muchas raíces intelectuales. Pero quizá la única fuente moderna más importante sean los escritos del académico egipcio Sayyid Qutb. Junto con otros fundamentalistas, como el filósofo paquistaní Abul A'la Maududi, Qutb sostenía que el verdadero Islam había sido infiltrado y corrompido por ideas externas. Sólo cuando fuera recuperado se revertirían dos siglos de humillación a manos de las potencias imperiales occidentales y, más recientemente, del estado naciente de Israel. Dios se pondría una vez más de parte de los musulmanes contra sus enemigos, a quienes Qutb llamó "cruzados y judíos".

Dictaduras en el norte de África y Oriente Medio intentaron reprimir a los conservadores islámicos. Pero Arabia Saudita -un bastión del conservadurismo- utilizó su riqueza petrolera para contrarrestar a los modernizadores seculares y a cualquier tipo de Islam reformado, financiando a misionarios fundamentalistas y mezquitas conservadoras en todo el mundo islámico. Qutb fue ejecutado por el dictador egipcio Gamal Abdel Nasser en 1966 como parte de un intento brutal pero infructuoso de eliminar a la Hermandad Musulmana.

Por cierto, las medidas severas no hicieron más que fortalecer a los islamistas conservadores, cuya fe los ayudó a sobrevivir a la represión. Y sirvieron para convencer a los musulmanes jóvenes y descontentos de que el extremismo era la única solución posible para la debilidad y la falta de oportunidades de sus sociedades.

Confrontar las ideas con medios militares es un camino seguro a la derrota. Cuando las potencias occidentales envían soldados a los países musulmanes, intentan someter a los extremistas con bombardeos, apoyan a dictaduras brutales o respaldan ciegamente cualquier política israelí, confirman los reclamos de los islamistas radicales y mandan nuevos adherentes a sus filas.

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El verdadero campo de batalla reside en el terreno de las ideas. En lugar de reacciones armadas excesivas motivadas por el pánico, lo que se necesitan son intercambios culturales. Hay muchos intelectuales serios en las sociedades islámicas que quieren revivir el llamado reformista para abrazar algunas de las ideas del Iluminismo occidental: el valor de la ciencia, la importancia de la tolerancia liberal y la necesidad de una discusión libre y abierta. Los académicos occidentales que entienden el Islam y hablan algunas de las muchas lenguas de quienes lo practican tienen que respaldar a estos movimientos intelectuales.

Los halcones en Occidente pueden intentar descartar acciones como éstas por considerarlas débiles. Pero si bien pueden servir de poco en el corto plazo, seguramente resultarán críticas en el largo plazo. Después de todo, la fuerza que derribó al comunismo en Europa -una ideología mucho más peligrosa que el Islam radical- no fue simplemente la contención militar, sino también el poder de las ideas y los ideales.