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Decir que no a los belicistas

NUEVA YORK – El acuerdo logrado en Viena para poner freno a las actividades nucleares del Irán ha puesto furiosos a los belicistas. Los ciudadanos del mundo entero deben apoyar el valiente empeño del Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, para superarlos, teniendo en cuenta que entre los firmantes figuran, además de los EE.UU., los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania.

Muchos de los belicistas forman parte de los propìos organismos gubernamentales de Obama. A la mayoría de los americanos les cuesta reconocer o entender el Estado de seguridad permanente de su país, en el que políticos democráticamente elegidos parecen dirigir el cotarro, pero la CIA y el Pentágono toman con frecuencia la iniciativa: un Estado que gravita inherentemente hacia las soluciones militares, en lugar de las diplomáticas, para los imperativos de la política exterior.

Desde 1947, cuando se creó la CIA, los EE.UU. han tenido una política, a medias encubierta y a medias a las claras, consistente en derrocar gobiernos extranjeros. En realidad, la CIA fue concebida para evitar la auténtica supervisión democrática y facilitar a los presidentes una “denegación verosímil”. Ha seguido derribando decenas de gobiernos en todas las regiones del mundo sin rendir de cuentas en ellas ni en su propio país.

Recientemente he examinado un período de la actividad de la CIA en mi libro To Move the World: JFK’s Quest for Peace. Poco después de que Kennedy tomara posesión de la presidencia en 1961, fue “informado” por la CIA de su complot para derribar a Fidel Castro. Kennedy se quedó mudo: ¿debía sancionar la planeada invasión de Cuba o vetarla? Como carecía de experiencia con aquel juego horripilante, Kennedy intentó hacer las dos cosas, dejando que prosiguiera, pero sin la cobertura aérea de los EE.UU.