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Por qué la India debe deshacerse de la democracia parlamentaria

NUEVA DELHI – El sistema parlamentario indio, heredado de los británicos, está plagado de ineficiencias. Según la lógica de Westminster, se elige una legislatura para formar el ejecutivo, y cuando el ejecutivo no manda una mayoría segura en la asamblea legislativa, el gobierno cae, provocando nuevas elecciones. El resultado es una votación en una u otra de las 29 asambleas estatales de la India cada seis meses aproximadamente, en la que cada una actúa como una especie de referéndum sobre el gobierno en Nueva Delhi. En resumen, la democracia multipartidista de la India se ha convertido en un plebiscito perenne.

La última ronda de elecciones de la India incluyó cinco asambleas estatales. El partido gobernante Bharatiya Janata (BJP) del primer ministro Narendra Modi prevaleció en Uttar Pradesh, el estado más grande de la India, que alberga a más de 200 millones de personas y ha producido siete de los 15 primeros ministros, y en la vecina Uttarakhand. El principal partido de oposición, el Congreso Nacional de la India, triunfó en el estado de Punjab, en el noroeste, y ganó plazas en Goa y Manipur (aunque el BJP formó gobiernos en estos últimos dos estados de todos modos, formando coaliciones para asegurar las mayorías legislativas).

Parece un resultado mixto. Pero la política nacional de la India ha estado sesgada hacia el norte del país, que habla hindi, y Uttar Pradesh tiene mucho más votantes que los otros cuatro estados combinados. Así que los resultados han sido aclamados como una victoria para el BJP, afirmando la popularidad de Modi y reivindicando su liderazgo, incluyendo el de la campaña en sí.

De hecho, Modi lideró personalmente la campaña en Uttar Pradesh, cuya legendaria ciudad de Varanasi representa en el parlamento. Con su asistencia a múltiples eventos políticos y discursos en innumerables manifestaciones de campaña, Modi apostó la imagen de su gobierno (y, algunos dirían, su propia reputación como primer ministro) en las elecciones.

Los beneficios se extienden más allá del estatus. La victoria en Uttar Pradesh fue fundamental para permitir que Modi tomara el control de la Cámara Alta de la India, cuyos miembros son elegidos por las asambleas legislativas estatales. Los últimos resultados electorales también le aseguran las cifras legislativas que necesita para que sus propios candidatos sean elegidos como Presidente de la India en julio y Vicepresidente en agosto.

¿Pero a qué coste? Un claro inconveniente de las perpetuas elecciones de la India es que los primeros ministros deben abandonar frecuentemente su papel de líderes nacionales para actuar como líderes de su partido. Modi es un activista que no toma prisioneros, que se deleita en invectivas punzantes y lanza libremente ataques partidistas contra sus oponentes (incluido yo). No hay nada de estadista en ello, y sin embargo pronto volverá a suceder, con una nueva ronda de elecciones, incluso en el estado natal de Modi, Gujarat, que se esperan antes de fin de año.

Si alguna vez hubo necesidad de otro argumento decisivo para un sistema presidencial en India, es el espectáculo de que el jefe de gobierno abandone las responsabilidades de esa oficina cada pocos meses para ir al redil de su partido. El sistema parlamentario no solo no ha sobrevivido a ningún bien que pudiera hacer a la India: nunca se adaptó bien a las condiciones del país. De hecho, es responsable de muchos de nuestros principales males políticos.

Como los revolucionarios norteamericanos hace dos siglos, los nacionalistas indios lucharon por "los derechos de los ingleses", que pensaban que la reproducción de las Cámaras del Parlamento personificaría y garantizaría. Cuando el ex primer ministro británico Clement Attlee, como miembro de una comisión constitucional británica, sugirió que el sistema presidencial de Estados Unidos era un modelo para la India, los líderes del país "lo rechazaron con gran énfasis". Pensaron que les estaba ofreciendo “margarina en lugar de mantequilla”.

Pero tal vez la margarina podría haberse adaptado mejor a los gustos vegetarianos de la India. De hecho, si bien un sistema parlamentario puede funcionar en un país pequeño y en gran parte homogéneo, en el gran y diverso mapa político de la India ha dado un espectáculo desordenado, por decir lo menos.

Los defensores del sistema señalan que ha mantenido a la India unida y dado a cada ciudadano voz en el destino político del país. Pero cualquier forma de democracia genuina haría eso. La cuestión es qué forma de democracia también garantizará un desempeño efectivo, sin permitir que el gobierno se distraiga constantemente con la política mezquina. Tal vez la respuesta esté en el modelo estadounidense o latinoamericano, con un presidente electo directamente (un presidente a nivel nacional y un gobernador a nivel estatal) que sirva un término fijo como jefe de estado y jefe de gobierno.

Un jefe ejecutivo directamente elegido no sería vulnerable a las arenas movedizas del apoyo legislativo. Podría nombrar un gabinete de funcionarios talentosos, confiando en la estabilidad de su mandato. Por encima de todo, dedicar sus energías a la gobernanza y no sólo a la política. El ciclo electoral implacable llegaría a su fin.

En tal sistema, los ciudadanos votarían realmente a la persona que quieren a cargo. Por lo tanto, el presidente podría afirmar que habla en nombre de una mayoría de indios, en lugar de una mayoría de miembros del parlamento. Al final de un período fijo de tiempo (digamos, cinco años, como los diputados de la India se conceden actualmente) el público podría juzgar el éxito de su líder en la mejora de la vida de los ciudadanos, en lugar de mantener un gobierno en el cargo.

Por supuesto, en cierto sentido, la democracia es un fin en sí mismo y es vital para la supervivencia de la India. El pluralismo es un elemento fundamental de lo que somos, y estamos orgullosos de ello. Pero pocos indios están orgullosos del tipo de política que nuestra democracia nos ha infligido. Para afrontar los desafíos y satisfacer las necesidades de una sexta parte de la población mundial, los líderes de la India deben colaborar dentro de una democracia que permita la gobernanza, en lugar de obstaculizarla. Sólo entonces podrán beneficiar a las personas que representan.

Un sistema presidencial haría precisamente eso: permitiría a los líderes concentrarse en representar al pueblo, en lugar de permanecer en el poder. Con un ciclo electoral más amplio y predecible, los líderes de la India serían capaces de ir más allá del desagradable asunto de la contención política y enfocarse a la gobernabilidad. En ese cambio de énfasis radica la reivindicación última del sistema presidencial.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen