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¿Cómo aprenderán los científicos del futuro?

Recientemente me han invitado, en dos días consecutivos y en lugares diferentes de Europa, a hablar en reuniones relacionadas con la ciencia. En un caso se trataba de la inauguración oficial de una red de centros científicos en Viena, que enlaza actividades descentralizadas en una exposición interactiva que recorre Austria. El otro fue el Festival Científico de Génova (Italia), actividad reciente y lograda que comprende la celebración de exposiciones y la participación de conferenciantes muy destacados por toda esa antigua ciudad.

Lo que me impresionó en las dos ocasiones fue el intento constante y evidentemente logrado de llegar a los grupos destinatarios de los que dependerá el futuro de la ciencia y la tecnología. El primero es el de los adolescentes, que están profundamente interesados en todas las nuevas tecnologías y aparatos que los rodean. Han convertido dichas tecnologías en parte integrante de su vida, pero su relación con la ciencia ha seguido siendo distante. El otro auditorio se compone de niños más pequeños, cuya apertura y curiosidad innata no han sido sofocadas aún por la escolarización oficial.

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El éxito de los centros y festivales científicos recién creados en Europa a la hora de llegar a posibles auditorios refleja su invención de una nueva forma de enseñanza y aprendizaje. Han logrado crear un ámbito docente en gran medida extraoficial, centrado principalmente en un aprendizaje de verdad interactivo. Al animar a los niños a que formulen preguntas que no caben en el sistema educativo oficial, se orienta al auditorio para que experimente el proceso de investigación... que con frecuencia comienza precisamente formulando el tipo adecuado de preguntas.

Aunque en el futuro necesitaremos más ámbitos de aprendizaje extraoficial de ese tipo, los políticos y el publico apenas se han fijado en ellos. Ya son cosa del pasado los sueños utópicos del decenio de 1970, cuando había concepciones del aprendizaje durante toda la vida y excedencias pagadas para profundizar en asuntos que podrían ser útiles para un mayor avance profesional... o podían comprender también el puro y simple lujo de estudiar griego antiguo o arte asirio.

Pero la necesidad de algún tipo de aprendizaje permanente ha llegado a ser aún más evidente en la actualidad, en un mundo impulsado por las fuerzas de la mundialización. Los aumentos de la inversión en materia de investigación e innovación en China y la India, cuyas clases medias en aumento están más que deseosas de buscar mejores oportunidades educativas para sus hijos, subrayan la despiadada competencia por el talento y las aptitudes. Ahora se reconoce el talento como un bien escaso que se debe cuidar para la participación en un mercado mundial de aptitudes y competencias. Como ha dicho recientemente The Economist , la batalla por la capacidad intelectual ha comenzado.

No resulta arriesgado predecir que el aprendizaje en una sociedad que utiliza intensamente los conocimientos continuará a un ritmo acelerado, tanto en el puesto de trabajo como fuera de él. Resultará facilitado mediante programas informáticos de carácter social brindados por páginas web, mediante wikis, bitácoras e innovaciones similares, como también mediante nuevos modelos empresariales de "código abierto".

Se trata de estructuras extraoficiales, aunque tengan propietarios y su acceso esté regulado. Ya no se puede separar el mundo empresarial –de hecho y en sentido más general, el lugar de trabajo propiamente dicho– del mundo extraoficial en el que el trabajo y el ocio han quedado desdibujados. Del mismo modo que es necesario integrar mejor la escolarización oficial en ámbitos extraoficiales de aprendizaje a los que nuestros hijos tienen acceso de múltiples formas, los aprendizajes oficial y extraoficial deben combinarse en un proceso a lo largo de toda la vida.

La ciencia y la tecnología se juegan mucho en esta nueva situación y la competición mundial por las mejores inteligencias se siente ya intensamente en las universidades europeas. Los premios Nobel de este año subrayaron una vez más que el ambiente de la investigación en los Estados Unidos sigue siendo más propicio para la excelencia científica que el de Europa. Las iniciativas encaminadas a fomentar la excelencia científica en Europa, como una recientemente lanzada en Alemania en la que se calificó oficialmente a tres universidades, todas ellas en la zona meridional de ese país, de "excelentes" (lo que las hace acreedoras a financiación extraordinaria), pretenden volver las universidades más atractivas y, por tanto, más competitivas.

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Si bien esas medidas siguen sin lugar a dudas una orientación correcta, también cuentan las actitudes favorables y la capacidad innovativa del ambiente social más amplio, en particular los procedimientos de aprendizaje extraoficial y las oportunidades para ejercer la curiosidad propia. Cuando, a comienzos del siglo XIX, el de la publicación de libros no sólo pasó a ser un negocio lucrativo, sino que, además, volvió la compra de libros cada vez más asequible para muchas familias, las fuentes de la enseñanza en la sociedad experimentaron una gran eclosión. De hecho, la riqueza social creada mediante la Revolución Industrial se debió en parte a esa nueva difusión de los conocimientos y las aptitudes.

Ver la pasión que pueden infundir a los jóvenes actividades como las de los festivales científicos y las redes de centros científicos inspira un optimismo cauto... siempre y cuando aprovechemos la diversidad de oportunidades que ofrece el aprendizaje extraoficial. El aprendizaje extraoficial entraña un proceso desordenado, indisciplinado y potencialmente subversivo, pero también promete alimentar el fermento creativo en el que prospera la gran ciencia.