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Escapar de la Meca

LOS ÁNGELES – La avalancha en la Meca ocurrida recientemente, en la que más de mil peregrinos murieron aplastados durante el haj, es un suceso trágico pero ofrece un recordatorio poderoso de la importancia de la ciudad en el mundo musulmán. De acuerdo con la tradición teológica, todo musulmán tiene que viajar a la ciudad por lo menos una vez en su vida, si le es posible.

Sin embargo, la importancia que ha cobrado en el Islam la peregrinación a la Meca es reciente. La ciudad siempre ha tenido un significado simbólico, pero su relevancia para millones de musulmanes en todo el mundo es en mucho un fenómeno moderno, que ha crecido en las últimas décadas a medida que funcionarios sauditas y clérigos wahabíes fundamentalistas iban promoviendo el turismo religioso como una manera de aumentar su influencia.

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Durante gran parte de la historia islámica, una inmensa mayoría de musulmanes no viajaron a la Meca. En cambio, hicieron peregrinaciones locales a santuarios importantes que siguen engalanando el mundo musulmán. Algunos están dedicados a profetas coránicos y son incluso más antiguos que Mahoma, otros se dedican a imanes chiitas o santos sufitas; y otros se siguen dedicando a mujeres musulmanas sagradas. El nombre de un lugar sagrado, el necrópolis de Makli en Pakistán, sugiere su ambición medieval de convertirse en una destinación para los peregrinos: Makli significa “la pequeña Meca”.

El haj moderno tiene su origen en el auge del turismo religioso a la Meca en el siglo XIX, cuando se empezaron a transportar un gran número de peregrinos en buques de vapor hacia la Península Arábiga. Desde entonces y hasta la fecha, no ha habido suficientes esfuerzos locales para limitar el número de peregrinos a un nivel seguro u ofrecer una infraestructura y seguridad adecuadas para controlar las masas de visitantes. Se señaló el flujo anual de cientos de miles de peregrinos amontonados en barcos como el culpable de propagar el cólera en ciudades portuarias desde Bombay a Hamburgo, por lo que el haj se convirtió en una causa principal de muerte en todo el mundo.

En gran parte, las críticas a la forma de controlar la peregrinación han sido acalladas debido a su naturaleza religiosa. Sin embargo, relatos contemporáneos revelan que no todos estaban contentos con la gestión del evento en la Meca. Durante la década de 1860, la mujer india musulmana, Sikandar Begum, dirigente de Bhopal, describió sin cortapisas la Meca como una “ciudad salvaje y de aspecto melancólico” cuyas “calles sucias y mal drenadas” abundaban en enfermedades y desorden. Medio siglo después, Abd al-Rashid Ibrahim, peregrino de Asia central, describió la inmundicia y mugre de la ciudad santa, relatos de peregrinos caminando sobre calles repletas de excremento que llegaba hasta sus tobillos.

El turismo religioso tuvo un papel central en la economía de la región en el siglo XIX (hasta la llegada de los petroleros texanos en la década de 1930, la Meca dependía casi por completo de la visita de peregrinos). Sin embargo, el número de visitantes empezó a aumentar abruptamente después que la ciudad empezara a ser controlada por la familia real saudita en 1924.

Hasta ese entonces, la única forma de llegar a la Meca era en animales de carga. El imperio otomano reunió fondos de musulmanes beatos (y contrató técnicos alemanes) para construir vías ferroviarias de Damasco a Medina. Sin embargo, el último tramo del viaje –a la Meca– siguió bajo el monopolio de los beduinos propietarios de camellos. Cuando el gobierno saudita introdujo fords en la zona, alrededor de los años 1930, tuvo que usar todos sus recursos militares para impedir que los destruyeran los beduinos.

Sin duda, el gobierno saudita enfrenta una demanda masiva de musulmanes para que se les permita hacer el haj, y ha puesto en marcha un sistema de cuotas para limitar el número de visitantes. Pero con todo, sigue esforzándose vigorosamente para atraer más peregrinos –sobre todo los ricos- mediante construcciones de atracciones, como vastos centros comerciales o una copia colosal del Big Ben de Londres, que ahora se vislumbra incongruentemente en Ka’ba. Además, la admisión de las autoridades de más peregrinos de los que la infraestructura de la ciudad puede controlar de forma segura es indisputable; la prueba es la repetición de desastres como el de septiembre.

En efecto, desde que el control de la Meca pasó a manos del gobierno saudita, sus esfuerzos han girado en torno a la ciudad y el haj para poner el reino al centro del mundo musulmán y propagar el Islam wahabí. Tan pronto como la familia real saudita tomó el control de la ciudad, los nuevos dirigentes destruyeron los santuarios chiitas y sufitas que podrían haber minado su preciado monopolio sobre los aspectos rituales de la peregrinación.

Y parece que su enfoque ha funcionado. No es extraño para peregrinos de la India, por ejemplo, o de Indonesia, adoptar postulados conservadores y estrictos después de su viaje a la Meca. Como la influencia es al final de cuentas una cuestión de cifras, no debería sorprender que los sauditas traten de maximizar el flujo de peregrinos musulmanes cada año.

Incluso porque enfrentan desastres que dejan víctimas mortales, es improbable que los dirigentes sauditas modifiquen su enfoque. Le corresponde al resto del mundo musulmán ofrecer alternativas a la idea moderna promovida por los sauditas wahabíes y otros conservadores de que la Meca es el centro inexorable e inevitable del mundo musulmán. No hay nada que detenga a los gobiernos musulmanes de eliminar un poco de los postulados sauditas y promover los santuarios abandonados en sus propios territorios.

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Con ello no solo se reduciría el número de peregrinos que viajan a la Meca, y haría por ende más seguro el lugar a los visitantes; también obligaría a Arabia Saudita a compartir las enormes ganancias del turismo religioso. Y aun más importante, ir más allá de la idea moderna del haj hacia un patrón más plural de peregrinación podría ayudar a contener el control wahabí de la fe.

Traducción de Kena Nequiz