Michel Porro/Stringer

En la cabeza del líder populista

NUEVA YORK – Mucho se ha escrito sobre el particular peinado de Donald Trump, esa especie de peluquín teñido que uno esperaría verle al dueño de un cabaret antes que a un candidato presidencial. ¿Habrá algo que no se haya dicho? En realidad, la cuestión del pelo en la política tal vez no sea tan trivial como parece.

Es notable ver cuántos políticos, especialmente de la derecha populista, lucen peinados inusuales. Silvio Berlusconi, ex primer ministro de Italia, se pintaba de negro las zonas que sus dos transplantes capilares dejaban al descubierto. El demagogo holandés Geert Wilders tiñe de rubio platino su bouffant mozartiano. Boris Johnson, espoleador del Brexit y ahora ministro de exteriores del RU, lleva su pelambre pajiza en un permanente estado de estudiado desorden. Todos recibieron un alto grado de apoyo de votantes llenos de rabia y resentimiento contra unas élites urbanas refinadas.

También hay que mencionar al padre del populismo europeo moderno, el extinto político holandés Pim Fortuyn, que no tenía un solo pelo. Pero su cráneo reluciente y afeitado al ras destacaba tanto entre las canas bien peinadas de los políticos convencionales como la melena rubia de Johnson o el tupé dorado de Trump (por cierto, todos estos hombres, excepto Berlusconi, son rubios, o se tiñen de tales; parece que el pelo oscuro no va tan bien con la melena populista).

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