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La Ilustración en entredicho

Los debates enconados sobre religión y ciencia suelen ser propios exclusivamente de los Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos meses esa clase de debates han empezado a extenderse... primero a Europa y después al resto del mundo. Al parecer, la ciencia está chocando con peligros políticos que no había afrontado desde antes de la Ilustración.

Europa inició su debate al estilo americano sobre los orígenes de la vida cuando el cardenal Christoph Schönborn de Viena emitió dudas sobre la aceptabilidad del darwinismo y la teoría evolucionista para las personas que se consideren católicos romanos fieles. El cardenal sostuvo que la evolución es la obra de Dios y que a esa luz y no otra se debe interpretar la teoría evolucionista.

Con la intervención del cardenal Schönborn, pareció que se había acabado de repente la paz entre la ciencia y la religión que en la vieja Europa había estado en vigor casi desde la Ilustración... y al menos desde el desalojo –históricamente conseguido a pulso– de la Iglesia fuera de la política a finales del siglo XIX y principios del XX. Se debe conceder prioridad a la verdad revelada –parecía decir el cardenal– sobre las verdades que la ciencia revela mediante la razón.

Eso no quiere decir que el sentimiento religioso o, en el caso de Alemania, la amarga experiencia histórica derivada de la época nazi haya estado ausente de otros debates europeos: sobre la ética de la investigación relativa a células-madre, pongamos por caso. De hecho, el origen religioso de las naciones de Europa se ha manifestado claramente en varias legislaciones europeas sobre esa clase de investigación, entre las cuales el Reino Unido y Suecia han sido las más liberales e Italia, Austria y Polonia las más restrictivas, pero ninguno de esos debates impugnaba directamente el papel de la ciencia en la sociedad ni postulaba, como el cardenal Schönborn, la idea de que la religión y la ciencia fueran potencialmente incompatibles.