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Terminar con el comercio de la tortura

BUENOS AIRES/BRUSELAS/ULAN BATOR – Los cinturones con descarga eléctrica, los bastones con puntas de acero y las empulgueras electrificadas no pueden cumplir otro fin que el de infligir dolor a la gente. Pero, a pesar del hecho de que la tortura está prohibida por el derecho internacional, este tipo de objetos todavía son producidos y vendidos, y encuentran compradores en todo el mundo.

De la misma manera, en un momento en el que más países están aboliendo la pena capital, los productos utilizados para perpetrar las sentencias de muerte -como los sistemas de inyecciones letales, las sillas eléctricas y las cámaras de gas- siguen comercializándose en el mercado. Según Amnistía Internacional, casi 19.000 personas en todo el mundo están a la espera de una ejecución, aunque la pena capital ha demostrado que no tiene un efecto disuasivo y que hace que los errores judiciales sean irreversibles.

Si quienes formamos parte de la comunidad internacional hablamos en serio respecto de poner fin a la tortura y abolir la pena capital, debemos hacer algo más que promesas en el aire. Es hora de tomar medidas concretas para que la compra de medios de ejecución y tortura sea mucho más difícil.

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