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La democracia directa y el brexit

PRINCETON – ¿Qué papel deben jugar los referendos en una democracia? La relevancia de esta cuestión alcanzó su punto máximo después del referendo por el brexit, cuyo resultado fue un voto del 52 % contra el 48 % a favor de dejar la Unión Europea y puso fin abruptamente a la carrera política del primer ministro británico David Cameron.

Quienes se oponen al brexit han sugerido desde entonces que, como los referendos no están convalidados por la Constitución de Gran Bretaña y la decisión final está en manos del Parlamento, su resultado debe ser ignorado. ¿Tienen razón?

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Independientemente de lo que pensemos sobre la salida de Gran Bretaña de la UE, podemos hacer dos preguntas adicionales: una general y otra relacionada específicamente con el brexit. En primer lugar, ¿cuál es el margen que debieran tener los ciudadanos de una democracia para tomar decisiones directamente mediante un referendo en vez de hacerlo a través de sus representantes electos? Y, más específicamente, ¿deben considerar los propios legisladores británicos al resultado del referendo del 23 de junio como vinculante?

En cuanto a la pregunta general, el argumento más fuerte a favor de la democracia directa es que deriva de la idea misma de la democracia, limitada solo por una cuestión de factibilidad. En los tiempos antiguos, las pequeñas ciudades-estado podían ser democracias directas; pero en los países más grandes, cuando las comunicaciones eran lentas, resultaba necesario elegir representantes para decidir sobre las muchas cuestiones que había que discutir y votar.

Ahora que los debates se pueden llevar a cabo a través de los periódicos, la televisión o en línea, ese límite ha sido superado y la democracia directa debiera, según esta línea de pensamiento, convertirse en la posición por defecto (o, al menos, ser usada con mayor frecuencia). La tecnología que tenemos actualmente nos permite abolir la democracia representativa por completo y dejar que cada ciudadano emita su voto sobre cada una de las cuestiones que las legislaturas deciden hoy día. ¿No sería esa la forma más fiel de aplicar el ideal democrático?, ¿dar a cada ciudadano la misma voz?

Existe otro argumento, más práctico, en favor de la democracia directa: funciona como barrera a la influencia del dinero sobre los resultados. Por supuesto que el dinero puede comprar publicidad, pero no puede comprar a los legisladores, como a menudo ocurre en las democracias representativas. En Estados Unidos, por ejemplo, el cabildeo de los granjeros ha llevado a que sea difícil persuadir al Congreso o a las legislaturas estatales de aprobar legislación a favor del bienestar animal para limitar incluso las formas más extremas de confinamiento del ganado. Sin embargo, cuando California mantuvo un referendo en 2008 sobre la necesidad de que todos los animales en granjas tuvieran suficiente espacio para girar y estirar sus miembros, el 63 % de los votantes apoyó la medida.

La legislación sobre animales en granjas de California es uno de los mejores ejemplos del uso de un referendo para superar obstáculos y alcanzar un resultado deseable (y deseado). Pero California también ofrece uno de los mejores ejemplos de los peligros que implica permitir que los votantes decidan cuando no comprenden completamente el impacto económico del resultado.

En 1978, los votantes de California aprobaron la Propuesta 13, que reducía los impuestos sobre los inmuebles, limitaba sus futuros aumentos y al mismo tiempo exigía una mayoría de dos tercios en ambas cámaras legislativas para cualquier aumento de los impuestos estatales o de los ingresos captados por esa vía. El resultado, sostienen muchos, ha sido la falta de fondos suficientes para mantener la calidad de los servicios estatales, incluido su sistema educativo, que alguna vez destacó por su calidad.

La pregunta más profunda, sin embargo, es si deseamos ser tan democráticos como lo implica la democracia directa. El defensor más famoso de la democracia representativa diría que no.

En 1774, Edmund Burke, quien recientemente había sido elegido para el Parlamento por Bristol, dijo a sus electores que, aunque sus deseos tendrían un gran peso en sus decisiones y sus opiniones gozarían de su máximo respeto, no sacrificaría ante ellos su parecer imparcial, su criterio maduro ni su conciencia educada. "Su representante está en deuda con ustedes", dijo, en una frase citada a menudo, "no solo en cuanto a su diligencia, sino también a su criterio; y los traiciona en vez de servirlos, si los sacrifica ante sus opiniones".

Burke era un conservador, cuya insistencia en el deber de los representantes electos de ejercer su propio criterio se fundaba en que pensaba que era probable que estuviesen mejor informados y fuesen más sabios que sus electores, y limitarían sus excesos. El referendo por el brexit torna esa perspectiva más plausible.

El factor que más probablemente explique la diferencia en el voto de la gente fue su nivel educativo. Solo el 29 de quienes contaban con un título universitario votaron a favor de abandonar la UE. Parece deseable que, sobre cuestiones tan complejas como el brexit, quienes cuenten con mayor pericia tengan más influencia. Dar a los representantes del Parlamento una opción independiente es una forma de lograrlo.

En cuanto a la cuestión específica sobre qué deben hacer los miembros del parlamento británico dados los resultados del referendo, Burke sostendría que deberían votar según su parecer imparcial, su criterio maduro y su conciencia educada. Si lo hacen, Gran Bretaña continuará dentro de la UE.

El argumento de Burke no es una opción para Cameron, ya que Burke nunca hubiese llamado a un referendo en primer lugar y Cameron, que lo hizo para aplacar una rebelión en su Partido Conservador, no puede afirmar en forma creíble que solo se llevó a cabo en términos consultivos. Hizo campaña para continuar siendo parte de la UE, pero tanto él como quienes lo apoyaron para llevar a cabo el referendo deben respetar el resultado.

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Otros miembros del Parlamento, sin embargo, no están tan atados al resultado. Consultar al público es algo bueno, tal vez se lo debiera hacer con mayor frecuencia (y no requeriría un procedimiento tan caro como referendo británico). Aceptar como vinculante el veredicto de una mayoría relativamente pequeña de votantes (quienes en su mayor parte estaban menos informados que el ciudadano promedio sobre lo que votaban) es algo completamente distinto.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.