A child collects water from a water point in Juba ALBERT GONZALEZ FARRAN/AFP/Getty Images

El nexo entre la guerra y el clima

BOSTON – En muchos aspectos, Yemen y Sudán del Sur son mundos distintos. Pero pese a las inmensas diferencias de historia, tradición y cultura, los dos países comparten una triste característica: sus pueblos soportan a la vez dos de las crisis más destructivas creadas por el hombre (la guerra y el cambio climático).

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Sudán del Sur lleva casi un decenio atrapado en la guerra. Sólo en los últimos cinco años, murieron decenas de miles de personas y casi un cuarto de la población resultó desplazada; muchos se vieron obligados a huir a países vecinos como Kenia, Uganda o Sudán.

Yemen, por su parte, se convirtió en un importante frente de la batalla por la influencia regional que están librando Arabia Saudita (que tiene vínculos con el gobierno de Yemen) e Irán (que apoya a la milicia rebelde hutí). En los últimos años, el país soportó bombardeos devastadores, lanzados sobre todo por Arabia Saudita, que mataron a incontables civiles, redujeron a escombros la infraestructura (rutas, escuelas, hospitales, complejos de vivienda, mercados) y dejaron a los pobladores sin acceso a servicios esenciales. Inutilizadas sus instalaciones hídricas y de saneamiento, Yemen enfrenta el peor brote de cólera de la historia moderna.

Los efectos del conflicto violento se agravan por el clima. En el Índice de Vulnerabilidad al Cambio Climático, este año Sudán del Sur aparece como uno de los cinco países más vulnerables del mundo, con un aumento de temperatura que se prevé será casi dos veces y media mayor al promedio mundial. Esto supondrá un golpe devastador para un país ya desesperado, donde los medios de vida del 95% de la población dependen de actividades relacionadas con el clima, desde la agricultura hasta la cría de animales y la pesca.

A Yemen, por su parte, se lo considera uno de los ejemplos más claros de las consecuencias tangibles del cambio climático. Según el Banco Mundial, el uso de irrigación en Yemen se multiplicó por quince desde 1970, mientras la agricultura dependiente de las lluvias se redujo casi un 30%. El país enfrenta por un lado lluvias torrenciales e inundaciones mortales (las inundaciones en el sudeste de Yemen provocaron en 2008 pérdidas equivalentes al 6% del PIB) y por el otro, sequías devastadoras.

La comunidad sanitaria internacional es cada vez más consciente de cómo las consecuencias tradicionales de la guerra (por ejemplo, lesiones, traumas y desplazamiento) se agravan por los efectos del cambio climático, que deteriora la nutrición y el desarrollo. Puede ocurrir, como sucede en Yemen, que la guerra provoque contaminación de los recursos hídricos, que ya están agotándose por el cambio climático.

Asimismo, la malnutrición, originada en la pérdida de cosechas y medios de vida derivada del cambio climático, reduce la capacidad de las personas de recuperarse de lesiones sufridas en la guerra o de soportar los retos de la migración, situación que se agrava por la destrucción de infraestructuras sanitarias. Y la lista continúa.

Nada de esto es coincidencia. En realidad, los investigadores temen que la guerra y el cambio climático se estén reforzando mutuamente, ya que las pérdidas económicas y agrícolas, sumadas a la escasez de agua, provocan conflictos que afectan todavía más la salud de las personas y sus medios de vida. En este contexto, el brote de una enfermedad, antigua (como el cólera) o nueva, puede llevar a nuevas pandemias regionales y globales.

La situación se complica todavía más por el cálculo político y geoestratégico (como el de Arabia Saudita en Yemen) y el rechazo de la evidencia científica para complacer a los votantes (como en Estados Unidos). De hecho, la retirada del gobierno del presidente Donald Trump del acuerdo de París debilitará la capacidad colectiva mundial de responder al cambio climático. Hecho que se agrava por el recorte de la ayuda internacional estadounidense a programas de salud femenina (otra política del gobierno de Trump).

Lo cierto es que para hacer frente a los desafíos interconectados que se derivan de las guerras y el cambio climático se necesitan soluciones integrales. Los países influyentes (entre ellos China, Francia y Alemania) tienen sin duda el deber de ocupar el vacío que deja la retirada estadounidense del liderazgo global con Trump. Pero las comunidades científica y sanitaria también deben intervenir y reconsiderar el modo de manejar las enfermedades y la escasez de agua en entornos de conflicto.

Ya hemos visto lo que sucede cuando no hay soluciones de nivel sistémico. Piénsese en el brote de ébola que se produjo en África occidental en 2014: aunque los países afectados tenían amplios programas de apoyo e infraestructuras para la lucha contra la malaria, no estaban ni remotamente preparados para manejar un problema sanitario nuevo. Cuando apareció el ébola, el sistema colapsó, y las consecuencias humanas y económicas fueron devastadoras.

Por eso es urgente que las comunidades científica y sanitaria profundicen la comprensión de la relación entre la guerra y el cambio climático, determinen lo que les falta saber y lo remedien. El primer paso es una evaluación lúcida de la situación presente, que sin duda obligará a reconocer que las soluciones actuales no son tan sólidas y efectivas como se cree.

Es hora de darse cuenta de la velocidad con que se extiende y refuerza la amenaza combinada de la guerra y el cambio climático, y de que para hacerle frente se necesitan nuevas herramientas y soluciones multidisciplinarias y basadas en la evidencia. Controlar, limitar y tal vez incluso revertir los efectos del nexo entre la guerra y el clima está dentro de nuestra capacidad colectiva. Pero tenemos que poner manos a la obra.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/sAOcAs4/es;

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