Bank of Japan Governor Haruhiko Kuroda BEHROUZ MEHRI/AFP/Getty Images

Bancos centrales: la canción es la misma

LONDRES – El cambio de guardia que se está dando en los bancos centrales con importancia sistémica en 2018‑2019 marca el inicio de una nueva era de política monetaria. ¿Quién liderará la transición a una “nueva normalidad”? Y más importante, ¿será realmente tan nueva?

En los diez años que pasaron desde la crisis financiera global, los bancos centrales de los países avanzados adoptaron políticas monetarias de una intensidad nunca antes vista. El director del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda, y el del Banco Central Europeo, Mario Draghi, todavía las mantienen, para estimular la actividad económica y contrarrestar presiones deflacionarias. En cambio, la Reserva Federal de los Estados Unidos, ya en tiempos de su expresidenta Janet Yellen, y el Banco de Inglaterra, con Mark Carney, comenzaron a preparar una “normalización” de la política.

Otro banco central con importancia sistémica, el Banco Popular de China, se concentró no en la expansión monetaria sino en la reforma financiera. El ex director del BPC, Zhou Xiaochuan, se forjó durante sus quince años en el cargo una sólida reputación local y, tal vez más aún, internacional, gracias a su metodología gradual, sostenida y eficaz. Pese a que el BPC no es oficialmente independiente y por tanto su autoridad para fijar tipos de interés estuvo supeditada a las recomendaciones del Comité de Política Monetaria colegiado, esto no impidió a Zhou sentar las bases de un sector financiero a la altura de la economía más grande del mundo.

Pero ante las importantes transiciones que enfrentan los bancos centrales, la elección de sus nuevas autoridades refleja deseos de continuidad. Los ejemplos más obvios son la confirmación de que Kuroda seguirá por cinco años más en el Banco de Japón y la sustitución en marzo de Zhou por su propio subdirector, Yi Gang. Incluso el sucesor de Yellen, Jerome Powell, será probablemente más de lo mismo.

Es verdad que al principio a Powell se lo presentó como un corte con el pasado. Al fin y al cabo, si la decisión era mantener el rumbo, el presidente Donald Trump podía renovar la designación de Yellen (lo que hubiera sido más acorde a la tradición). Pero Trump veía en la demócrata Yellen un vestigio del gobierno de Barack Obama, así que hubo que reemplazarla con un republicano declarado, como Powell. Pero tanto este como Yellen son veteranos de la Reserva que parecen ir por la misma senda de normalización.

Es posible que la designación de nuevos directores traiga cambios más significativos en Europa. En el Banco de Inglaterra, Carney (que en noviembre de 2016 anunció su intención de irse antes) seguirá en el cargo hasta unos pocos meses después de que el Reino Unido abandone la Unión Europea en marzo de 2019, para minimizar trastornos en los mercados.

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Pero el reemplazo de Carney puede ser un cambio considerable. Pese a su historial impecable como director del banco central de Canadá, la designación de Carney fue muy discutida: siempre se lo consideró demasiado cercano al anterior ministro de hacienda, George Osborne, y demasiado contrario a los promotores del Brexit. Así que el sucesor de Carney tendrá que ser, por no decir más complaciente, al menos más del agrado de aquellos.

Pero en cierto sentido, la sustitución de Carney significará la restauración del statu quo. Al fin y al cabo, su “importación” desde Canadá rompió la tradición de elegir nuevos directores dentro de la institución; tradición que se revitalizará si, como parece probable, su reemplazante fuera alguno de los subdirectores actuales del Banco de Inglaterra.

Tal vez el cambio más profundo sea en el BCE, donde antes de que termine el año entrante hay que llenar cuatro vacantes importantes. La reciente nominación del ex ministro de economía de España, Luis de Guindos, para el puesto de vicepresidente del BCE da ciertas pistas de lo que puede suceder.

En particular, la elección de un vicepresidente español (que en el caso de Guindos rompería con la tradición de no designar a políticos, cuyo objetivo es proteger la independencia del banco central) sugiere que el próximo presidente será alguien de la eurozona norte. De las tres economías más grandes de la eurozona, sólo Alemania nunca tuvo la presidencia. Si el cargo fuera para un alemán, el candidato más probable es el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann.

Weidmann es un halcón monetarista que no obtendrá fácilmente apoyo de los países del sur. Además, su nominación activará la renuncia de otra alemana, Sabine Lautenschläger, la única mujer en la junta directiva del BCE. La idea de una junta totalmente masculina no caerá bien en el Parlamento Europeo (por no hablar de que nunca se incluyó una mujer en la lista corta de candidatos a la presidencia).

Que el Parlamento Europeo prefiera más paridad de género es loable, pero probablemente se debe más al deseo de evitar críticas que a un compromiso sincero con la diversidad. De hecho, las designaciones para altos puestos de los bancos centrales revelan que todos están en falta en este tema, pese a que hoy en muchos contextos institucionales la diversidad se considera indicadora de buen desempeño. En síntesis, la dirección de los bancos centrales sigue siendo “cosa de hombres”.

En los albores de una nueva era de política monetaria, hace falta una reforma más fundamental de la dirigencia de los bancos centrales. La falta de diversidad entre los candidatos a altos puestos hace pensar que el proceso de selección es demasiado estrecho y endogámico. Los bancos centrales deberían dar más lugar a los jóvenes, a las mujeres y a las minorías, para ampliar la variedad de visiones, habilidades, perspectivas y experiencia que demandará la formulación eficaz de políticas monetarias en el futuro.

Algún día habrá cambios reales. Pero por ahora, tanto en políticas cuanto en personal, es casi todo el mismo perro con otro collar.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/DNETKgL/es;

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