Chris J Ratcliffe/Getty Images

El Brexit, un terrible fracaso

LONDRES – Ya pasaron casi dos años desde que el electorado británico decidió por estrecho margen abandonar la Unión Europea. Y cuando ya falta menos para que se concrete el Brexit (previsto formalmente para fines de marzo del año entrante), todavía quedan sin responder preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la relación futura entre el Reino Unido y la UE. En vez de eso, cada vez que hay que tomar una decisión difícil en las negociaciones con Bruselas, los ministros británicos la postergan (a veces, por tiempo indefinido).

Es hasta cierto punto sorprendente. Parecería que ninguno de los políticos y editores de diarios que tramaron por años sacar al RU de la UE pensó demasiado en lo que sucedería si sus maquinaciones llegaban a prosperar. No han podido ponerse de acuerdo ni siquiera respecto de si el RU debe buscar un Brexit “blando”, en el que permanezca estrechamente conectado con los mercados europeos, o un Brexit “duro” que corte todos los lazos, cualquiera sea el impacto económico.

Algunos de los más firmes promotores del Brexit aseguraban que abandonar la UE era pan comido, e insinuaron que nuestros socios europeos nos necesitan mucho más que nosotros a ellos: que Alemania está desesperada por vendernos autos, Italia vino, los franceses camembert. Estaban completamente equivocados. La verdad es que el RU depende mucho más de venderle a Europa, que representa más o menos la mitad de las exportaciones británicas, que Europa de venderle al RU.

Incluso con una estrategia clara y realista, el período de dos años asignado para negociar la salida del RU (que comenzó en marzo de 2017, cuando el RU invocó el Artículo 50 del Tratado de Lisboa) difícilmente alcanzaría para cubrir la infinidad de cuestiones que requieren atención. Al iniciar ese proceso sin una estrategia, el gobierno británico lo hizo mucho más difícil para todos.

Además de obligar a los negociadores de Gran Bretaña a cumplir un cronograma prácticamente imposible, la primera ministra Theresa May les ató las manos con las promesas que hizo para satisfacer a la derecha dura pro‑Brexit del Partido Conservador; entre ellas, poner fin al libre movimiento de personas desde Europa (pese a que mucho más de la mitad de la inmigración que tanto deploran algunos británicos no procede de la UE) y abandonar el mercado común y la unión aduanera de la UE.

Por ahora, los ministros del RU encargados de las conversaciones (un grupo más conocido por el dogmatismo y la ambición personal que por la competencia) consiguieron acordar una única cuestión clave: que después del plazo de marzo de 2019, comenzará un período de transición de dos años. Pero ni siquiera esto es seguro, ya que depende de que antes los negociadores logren acordar lo que pasará con la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte cuando el RU abandone la unión aduanera.

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Uno puede estar dentro de una unión aduanera y sin frontera, o fuera de una unión aduanera, con frontera. Esto es así en todo el mundo. Pero volver a crear una frontera en la isla de Irlanda supone un serio problema, que no sólo afectará al comercio transfronterizo sino también a la seguridad y el futuro del Acuerdo de Belfast, que trajo paz a Irlanda del Norte hace veinte años.

Con el ceño fruncido, los funcionarios se pasan la noche en vela tratando de encontrar la cuadratura de este círculo. Pero las leyes de la geometría política frustraron sus intentos.

Los beneficios de abandonar la unión aduanera no compensan ni remotamente los riesgos. Los brexiteros afirman que al final el RU saldrá beneficiado porque podrá firmar acuerdos comerciales propios con el resto del mundo. Pero creer que al RU le puede ir mejor solo que como parte del mercado común más rico del mundo es directamente un delirio.

Cuando el RU intente cerrar nuevos acuerdos comerciales, básicamente estará tratando de reproducir los tratados que la UE ya tiene o está negociando con países como México, China, Corea del Sur, Vietnam, Singapur y Japón. No sólo llevará un montón de tiempo, sino que es improbable que el RU consiga condiciones tan favorables como las que tiene la UE.

Al fin y al cabo, es bien sabido que en las negociaciones comerciales, al socio más grande suele irle peor que al socio más pequeño. Y la posición del RU quedará todavía más debilitada por cuestiones técnicas como las reglas de origen. En la actualidad, el RU se beneficia cuando incluso partes de un producto se fabrican en otros países de Europa, hasta un límite acordado. La pérdida de esa flexibilidad será un gran problema para, entre otros, los fabricantes de autos.

Hasta ahora, el avance hacia el Brexit no trajo mejoras obvias. Por el contrario, según el Banco de Inglaterra, el ingreso real promedio de los hogares británicos está 900 libras (1200 dólares) por debajo de las proyecciones previas al referendo. Las grandes promesas que impulsaron a una mayoría relativamente exigua de votantes a elegir el Brexit en 2016 no se están cumpliendo ni por asomo, y en la mayoría de los casos, jamás se cumplirán.

Mientras la cruda realidad del Brexit se hace evidente, los miembros del gabinete británico y los principales brexiteros están cada vez más enfrentados y trataron de echarles la culpa a todos menos a ellos mismos: jueces, funcionarios civiles, parlamentarios, incluso los que votaron por quedarse en la UE. Declaran que Gran Bretaña debe seguir adelante, porque esa fue “la voluntad del pueblo” (aunque todavía no está muy claro qué creerían los votantes que estaban votando). En tanto, preparan sus excusas para la debacle inminente.

Podemos hacernos la famosa pregunta de Lenin: “¿Qué hacer?”. No es fácil hallar respuesta. Tal vez debamos esperar que suceda lo mejor y prepararnos para lo peor, sabiendo que es muy probable que nuestros hijos tengan que arreglar el desastre. Si resultara así, ojalá ellos sepan gobernar el RU mejor que los líderes actuales.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/NOeMFTD/es;

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