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Cómo apagar el incendio soberanista

PARÍS – En vísperas de la reciente cumbre del G7 en Biarritz, el presidente francés Emmanuel Macron describió la selva amazónica como “los pulmones del planeta”. Y añadió que puesto que su preservación importa a todo el mundo, no se puede dejar al presidente brasileño Jair Bolsonaro “destruirlo todo”. En respuesta, Bolsonaro acusó a Macron de instrumentalizar un asunto “interno” de Brasil, y dijo que el hecho de que el G7 discutiera la cuestión sin la presencia de los países de la región amazónica era prueba de una “inaceptable mentalidad colonialista”.

Después de eso la disputa siguió escalando, y ahora Macron amenaza con bloquear el reciente acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, a menos que Brasil (el integrante más grande del bloque comercial latinoamericano) no haga más por proteger la selva.

La disputa entre Macron y Bolsonaro resalta la tensión entre dos grandes tendencias recientes: la necesidad cada vez mayor de acción colectiva internacional y la demanda creciente de soberanía nacional. Es inevitable que entre estas dos fuerzas se produzcan nuevos choques; y de que se las pueda o no reconciliar dependerá el destino del mundo.

Los bienes comunes globales no son nada nuevo. Ya a principios del siglo XIX había cooperación internacional en el combate contra las enfermedades contagiosas y en la protección de la salud pública. Pero la acción colectiva internacional no adquirió prominencia en todo el mundo sino hasta fines del pasado milenio. Desde ese momento, el concepto de “bienes públicos globales” (popularizado por economistas del Banco Mundial) se aplicó a una amplia variedad de cuestiones, desde la protección del clima y de la biodiversidad hasta la estabilidad financiera y la seguridad en Internet.

En el contexto posterior a la Guerra Fría, los internacionalistas creyeron que era posible acordar y poner en práctica soluciones globales para los desafíos mundiales. Se implementarían acuerdos internacionales vinculantes (es decir, leyes internacionales) y se los fiscalizaría con ayuda de instituciones internacionales sólidas. El futuro, al parecer, era de la gobernanza global.

Pero fue una ilusión. La arquitectura institucional de la globalización no se desarrolló como esperaban los defensores de la gobernanza global. Después de la creación de la Organización Mundial del Comercio en 1995, no vio la luz ningún otro organismo mundial importante (y la OMC misma no tiene mucho poder más allá de arbitrar disputas). Los planes de crear instituciones globales para supervisar cuestiones de inversión, competencia o medioambiente se archivaron. E incluso antes de que el multilateralismo empezara a ser blanco de los cuestionamientos del presidente estadounidense Donald Trump, el comercio internacional y las redes globales de seguridad financiera comenzaron a reestructurarse en torno de acuerdos regionales.

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En vez del advenimiento de la gobernanza global, el mundo es testigo del ascenso del nacionalismo económico. Como hallaron Monica de Bolle y Jeromin Zettelmeyer (del Instituto Peterson) en un análisis sistemático de las plataformas de 55 partidos políticos importantes de países del G20, el énfasis en la soberanía nacional y el rechazo del multilateralismo están muy difundidos. Cuando John Bolton (actual asesor de seguridad nacional de los Estados Unidos) escribió en 2000 que la gobernanza global era una amenaza al “americanismo”, muchos se tomaron la idea como un chiste. Pero hoy no hace reír a nadie.

Es verdad que el nacionalismo todavía no ganó la guerra. Pese al Brexit y al ascenso de partidos de extrema derecha en Italia y otros países, la elección de mayo para el Parlamento Europeo no produjo la victoria aplastante de los populistas que se temía. Lo único que piden sectores cada vez más grandes de la opinión pública es que las autoridades encaren los problemas en la forma más efectiva, incluso en los niveles europeo o global cuando sea necesario.

Pero hoy día, la acción colectiva internacional no puede basarse en nuevas obligaciones universales por tratado. De modo que hay que pensar en mecanismos alternativos que puedan ser eficaces para encarar los desafíos globales reduciendo al mínimo la injerencia en la soberanía nacional.

Ya hay algunos modelos en uso internacional. Por ejemplo, en la cuestión comercial, se está difundiendo el empleo de agrupamientos “de geometría variable” para enfrentar nuevas cuestiones relacionadas con regulaciones intranacionales (como los estándares técnicos) y el desdibujamiento de la distinción entre bienes y servicios. Fallos extraterritoriales de autoridades nacionales de defensa de la competencia combaten el abuso internacional de poder de mercado por parte de megacorporaciones. Asimismo, el fortalecimiento efectivo de los ratios de capital de los bancos no surgió de ninguna norma internacional, sino de la adopción voluntaria de criterios comunes no vinculantes. Y aunque el mundo está retrasado en lo referido a la mitigación del cambio climático, el acuerdo climático de París (2015) alentó a diversos países a emprender acciones que incluyen movilizar a los gobiernos de nivel regional y municipal y alentar la inversión privada en tecnologías ecológicas.

Pero como los problemas globales no son todos iguales, esos mecanismos sólo ofrecerán un modelo adecuado para la acción colectiva en algunos casos. Cuando las diversas partes están dispuestas a actuar, basta un mínimo de transparencia y generación de confianza para que haya cooperación. Pero en otros casos, la tentación de parasitar los esfuerzos ajenos o abstenerse de participar sólo se puede contrarrestar con fuertes incentivos e incluso sanciones.

Lo que nos trae otra vez a los incendios en la Amazonia. Los intereses de Brasil y de la comunidad internacional no están alineados. Para los pequeños agricultores y las grandes corporaciones agroalimentarias de Brasil el valor económico de la tierra es muy importante. Pero al resto del mundo le interesa ante todo el valor ecológico y de biodiversidad de la selva. También hay disparidad de horizontes temporales: no es extraño que los ricos en el Norte Global valoren más el futuro que los pobres en el Sur Global. Incluso si grandes sectores de la sociedad brasileña valoran la preservación de la selva, es ilusorio pensar que las diferencias entre Brasil y sus socios externos pueden resolverse apelando exclusivamente a la persuasión moral y a proveer pequeños estímulos o “empujoncitos”.

En el caso de la Amazonia, los únicos instrumentos efectivos disponibles son el dinero y las sanciones. Por ejemplo, desde 2008 Noruega ha transferido más de mil millones de dólares al Fondo Amazonia, con los que subsidia la preservación del servicio medioambiental que la selva provee al mundo (las transferencias se interrumpieron el mes pasado en protesta contra las políticas de Bolsonaro). Macron, por su parte, apuesta a la coerción: obligar a Brasil a valorar el medioambiente supeditando los tratados comerciales y otros acuerdos internacionales a que el país gestione sus recursos naturales en forma sostenible.

Las dos opciones son problemáticas. Los mecanismos de pago abren una enorme caja de Pandora, y para alcanzar una escala significativa hay que acordar quién se hará cargo de los costos: el valor social anual de la captura de carbono por la selva amazónica es cientos de veces mayor que las transferencias noruegas. El uso de la coerción también es complicado, porque entre la deforestación y el comercio internacional sólo hay una relación indirecta. Pero al no haber otras opciones, es probable que haya que apelar a alguna combinación de estas dos.

Con el tiempo, el altercado entre Macron y Bolsonaro puede convertirse en una mera anécdota. Pero seguramente entre los intereses mundiales y la soberanía nacional estallarán otros conflictos, y el mundo necesita encontrar el modo de manejarlos.

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/NSy01Xhes;
  1. bildt70_SAUL LOEBAFP via Getty Images_trumpukrainezelensky Saul Loeb/AFP via Getty Images

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