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Altruismo extremo

PRINCETON – Hace más de 40 años, en un ensayo titulado «Hambre, opulencia y moralidad», invité a los lectores a imaginar que caminan junto a un estanque poco profundo cuando ven a un niño pequeño que ha caído en él y parece estar ahogándose. Podrían rescatarlo fácilmente, pero arruinarían sus nuevos y caros zapatos. ¿Estaría mal ignorar al niño y seguir caminando?

Cuando pido al público que responda esa pregunta levantando la mano, suele haber unanimidad en que estaría mal priorizar los zapatos. Luego les señalo que donando a una organización de beneficencia que protege a los niños de los países en desarrollo contra la malaria, la diarrea, el sarampión o la malnutrición, todos podemos salvar la vida de un niño.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Se trata de un argumento simple hasta que nos damos cuenta de que después de salvar a un niño donando a una organización de beneficencia eficaz, tenemos la oportunidad de salvar a otro, y a otro, y a otro. ¿Debemos dejar de gastar en lujos para salvar otra vida y dar hasta que si siguiéramos haciéndolo nos volveríamos tan pobres como aquellos a quienes ayudamos?

Mi ejemplo de salvar al niño que se ahoga resuena en el título del reciente libro de Larissa MacFarquhar, Strangers Drowning (Extraños que se ahogan). El núcleo del libro es una serie de reseñas de personas que viven según normas morales extremadamente exigentes. Vale la pena echar una ojeada a algunas de las personas que MacFarquhar reseña en su libro.

Ya de niña, Julia Wise sentía que si todas las personas son igualmente valiosas, no debía preocuparse más por su propio bienestar que por el de los demás. Si alguien más podía obtener un beneficio mayor con el dinero que Julia pagaría por un helado, sería mejor darle el dinero a esa persona. Julia comenzó a donar sus ahorros a organizaciones de beneficencia como Oxfam. Cuando se enamoró de Jeff Kaufman, acordaron que ambos donarían una gran parte de lo que ganaran (hoy día representa aproximadamente la mitad de su ingreso) (Wise bloguea en www.givinggladly.com).

Kimberly Brown-Whale era pastora en una iglesia de Essex, Maryland, cuando vio un informe en las noticias sobre una joven que necesitaba un trasplante de riñón. Sin pensarlo demasiado, llamó para ofrecer uno de los suyos. Aunque resultó que no era compatible con la joven, una enfermera le preguntó si estaría dispuesta a donar su riñón a alguien más y ella accedió, convirtiéndose en una más de un creciente número de personas que donan sus riñones a extraños. (Conozco a alguien que se vio inducido a ello gracias a una discusión de filosofía en clase sobre «Hambre, opulencia y moralidad»).

Una noche lluviosa, Baba Amte, hijo de un adinerado terrateniente indio, encontró a un leproso que estaba muriendo. Baba se sobrepuso a su repugnancia inicial y al temor de contagiarse la enfermedad, y protegió al leproso de la lluvia. La experiencia lo acompañó y lo llevó a fundar una colonia para leprosos. Unos pocos años después, varios miles de leprosos y personas con otras discapacidades vivían allí en una próspera comunidad. Después de la muerte de Baba, sus hijos continuaran su obra.

Sue Hoag tenía 12 años de edad cuando leyó un libro sobre una familia que adoptó a muchos pequeños necesitados y desde ese momento también quiso hacerlo. Cuando conoció a Héctor Badeau y se casó con él, decidieron tener dos hijos ellos mismos y adoptar a otros dos. Eso hicieron, pero no pudieron acallar el conocimiento de que otros niños necesitaban desesperadamente un buen hogar, niños que difícilmente fueran adoptados por tener discapacidades, su raza, edad o un historial de violencia. Hoag y Badeau no eran ricos en absoluto, pero terminaron con una familia de 20 niños adoptados, además de sus dos hijos biológicos.

MacFarquhar entreteje estos perfiles con discusiones de actitudes sobre el altruismo expresadas por, entre otros, Bernard Mandeville, Adam Smith, Immanuel Kant, Charles Darwin y Sigmund Freud. Muchos de esos pensadores eran hostiles al altruismo, o incluso negaban su existencia. Cuando MacFarquhar contó a sus amigos que estaba escribiendo un libro sobre las «almas caritativas», descubrió que se sentían incómodos con la idea de que algunas personas no solo profesan principios morales extremadamente exigentes, sino que rigen sus vidas de acuerdo con ellos. MacFarquhar quedó intrigada por esa hostilidad, ¿por qué no admirar simplemente a quienes hacen tanto por los demás, en vez de descartarlos por «raros»?

La respuesta puede ser que también nosotros sentimos que debiéramos vivir mucho más éticamente y las personas descritas en Strangers Drowning son un reproche permanente a nuestro propio estilo de vida: si ellos pueden vivir según estándares morales más elevados, también debiéramos nosotros. Si pudiéramos creer que todos los altruistas son hipócritas no nos sentiríamos tan mal; pero Strangers Drowning demuestra que esta confortable creencia es falsa.

Fake news or real views Learn More

Hay quienes consagran sus vidas a los demás sin buscar otra recompensa que saber que están ayudando a otros y actuando según sus propios valores. Para muchos de ellos sus vidas resultan inmensamente gratificantes y satisfactorias, pero no es por eso que lo hacen.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.