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¿Por qué es diferente la violación?

NUEVA YORK – Cuando los medios de comunicación internacional rebosan con las acusaciones de delito sexual contra el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, una convención al respecto merece un examen detenido. Nosotros conocemos a Assange de nombre, pero a sus acusadoras –dos mujeres suecas que han presentado las demandas contra él– se las identifica sistemáticamente sólo como “señorita A” y “señorita W” y se difuminan sus imágenes.

Las organizaciones informativas sostienen que lo que mueve a la policía es el respeto a las supuestas víctimas, pero las mismas organizaciones nunca informarían sobre acusados, pongamos por caso, de fraude –o, para el caso es igual, de un asalto no sexual– contra un sospechoso que haya sido nombrado a partir de acusaciones anónimas. De hecho, pese a sus buenas intenciones, el anonimato en los casos de delitos sexuales es extraordinariamente perjudicial para las mujeres.

La convención de no nombrar a las acusadoras de violación es una reliquia de la época victoriana, cuando la violación y otros delitos sexuales estaban codificados y se comunicaban de formas que prefiguraban nuestra propia época. Se consideraba la violación “un destino peor que la muerte”, que convertía a las mujeres, quienes debían ser vírgenes antes del matrimonio, en “bienes estropeados”.

Virginia Woolf llamó “El ángel de la casa” al ideal de feminidad en aquella época: un ser retraído y frágil que no podía soportar los rigores del ruedo público. Naturalmente, dicho ideal era un arma de dos filos: se utilizaba su ostensible fragilidad –y el papel que se les asignaba como iconos de la pureza y la ignorancia sexuales– para excluir a las mujeres de las decisiones que afectaban a su destino. Por ejemplo, las mujeres no podían participar plenamente en procesos judiciales en su propio nombre.