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¿Quién teme al Tribunal Europeo de Derechos Humanos?

SOFÍA – En un momento en el que la crisis actual de la deuda europea está acabando con la fe pública en las instituciones políticas y económicas del continente, sería de esperar que los dirigentes de Europa fortalecieran el mayor número de símbolos unificadores posible. En cambio, han permitido que peligre también una de las joyas de la integración europea posterior a la segunda guerra mundial: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (EDH).

A diferencia de la Unión Europea, radicada en Bruselas y durante mucho tiempo acusada por su déficit democrático, el TEDH, radicado en Estrasburgo, es, si acaso, demasiado apreciado. En 2011, más de 60.000 personas solicitaron su ayuda, muchas más de las que pueden esperar una resolución razonada. (En cambio, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos recibe, aproximadamente, 10.000 solicitudes al año.)

Para salvar al TEDH de esa aplastante carga, algunos Estados miembros han propuesto cambios que podrían debilitarlo, aun cuando no sea intencionadamente. Quienes creemos apasionadamente en el Tribunal y sus logros debemos alzar la voz ahora para convencer a los protagonistas de reformas desacertadas de que no sigan por esa vía. En cambio, los 47 Estados miembros del TEDH, que tienen una población de 800 millones de personas, deben asumir una mayor responsabilidad para hacer que el sistema existente funcione.

El TEDH, creado a raíz del Holocausto, ha llegado a ser un potente símbolo del compromiso de Europa con el gobierno conforme a la ley y no por la fuerza, al defender los derechos a la vida, al trato humano, a la libertad de expresión y a contar con el asesoramiento de un abogado. Por ejemplo, el Tribunal resolvió que las infames “cinco técnicas”, forma temprana de las “técnicas avanzadas de interrogatorio” empleadas por los británicos en Irlanda del Norte en el decenio de 1970, constituían trato inhumano, y condenó la segregación racial de los niños romaníes en las escuelas checas.