US soldiers take oath to the US army on an Iraqi destroyed tank in Iraq Eric BOUVET/Gamma-Rapho via Getty Images

15 años después de Irak

MADRID – Hace justo 15 años que dio comienzo uno de los episodios más aciagos de lo que llevamos de siglo: la Guerra de Irak. En los prolegómenos de la guerra, todavía resonaba el eco del célebre editorial de Le Monde tras el 11-S, que proclamaba Nous sommes tous Américains y preveía que Rusia se convertiría en el principal aliado de Estados Unidos. Pero todo cambió drásticamente con la ofensiva del presidente George W. Bush en Irak, que creó un cisma interno en multitud de países, y también a escala global. Vista con perspectiva, hoy sabemos que la Guerra de Irak supuso un auténtico punto de inflexión: el origen de muchos de los actuales males en Oriente Próximo, y el final del período unipolar que se abrió con la caída de la Unión Soviética.

Aunque la invasión de Irak se enmarcó dentro de la “guerra contra el terrorismo”, lo cierto es que ya venía gestándose desde antes del 11-S. En 1998, la organización neoconservadora Project for a New American Century (PNAC) reclamó al presidente Bill Clinton el derrocamiento de Saddam Hussein en Irak. Y en 2000, justo después de que Bush fuese elegido presidente, este aseguró a Clinton que una de sus dos principales prioridades en materia de seguridad era lidiar con Saddam. ¿Qué relación guardan estos acontecimientos? El siguiente dato es ilustrativo: de los 25 firmantes del documento fundacional del PNAC, 10 terminaron ocupando cargos en la Administración Bush. Entre ellos, el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld.

La presunta existencia de armas de destrucción masiva en Irak pronto se convirtió en una obsesión para el Gobierno de Bush. Hace unos años, salió a la luz un informe interno que recibió Rumsfeld en septiembre de 2002 sobre dicha cuestión. El informe, que en aquel momento Rumsfeld no divulgó, contenía una frase demoledora: “no sabemos con ninguna precisión cuánto no sabemos”. Si Estados Unidos hubiese actuado con la prudencia y el rigor que reivindicaba Hans Blix (jefe de la Comisión de Inspección y Verificación de Armamento de la ONU), tal vez se habría evitado mucho sufrimiento en Oriente Próximo.

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