La Navidad anaranjada de Ucrania

La de que los ucranianos vayan a votar por su libertad en esta temporada de Navidad es una coincidencia en verdad perfecta, pues el de nuestro movimiento es un triunfo de alegres multitudes y no de turbas, de protestas y no de pillaje, de una clara determinación y no de confusión. A consecuencia de ello, algo nuevo va a colorear los hábitos de quienes gobiernen a Ucrania en adelante: respeto de las personas, que es el criterio más determinante para juzgar el abuso de poder.

Nada podrá nunca quitar importancia a lo que estaba en juego –y la victoria que se ha conseguido- en las calles de Kiev. El pueblo de Ucrania ha renovado su respeto de sí mismo mediante coraje y resolución. Tiene motivo para estar orgulloso. Autoconfianza por parte de los gobernados y prudencia por parte de los gobernantes: ésas son las fuentes psicológicas de la democracia y la libertad auténtica y en nuestra patria nunca se podrá volver a desviarlas de su cauce.

Nadie había dudado ni por un momento que Ucrania había cambiado enormemente en sus doce ańos de independencia. Sin embargo, por encontrarse con una pistola delante de sí, nadie –ni siquiera los centenares de miles de hombres y mujeres valientes que acamparon en la nieve delante del Parlamento de Ucrania- sabía con seguridad, si esos cambios habían arrancado a los ucranianos de la tenaza del miedo y la apatía. El éxito de su desafío muestra el poder de la idea que ha dejado perplejos al Presidente saliente Leonid Kuchma y a sus acólitos: la de que la democracia significa asumir la responsabilidad del destino propio en las propias manos.

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