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Las elecciones estadounidenses y el mundo

EL CAIRO – Evidentemente, el candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos no es la primera opción de los líderes del GOP (siglas de “Grand Old Party”). Incluso ahora, tan próximos a las elecciones del 8 de noviembre, son varios los republicanos destacados que se niegan a darle su apoyo, y está de más decir que los demócratas lo aborrecen. Ganó la nominación de su partido porque era con mucho la opción más popular entre los votantes de las primarias republicanas.

Por otra parte, la demócrata Hillary Clinton es claramente una candidata del establishment. Aun así, para lograr la nominación de su partido tuvo que hacer frente al fuerte desafío del Senador Bernie Sanders, socialista autodeclarado de inclinaciones políticas mucho más a la izquierda de ella, y cuyo mensaje resonó especialmente entre los votantes más jóvenes de las primarias.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Los fenómenos de Trump y Sanders sugieren que los votantes estadounidenses no se sienten cómodos con las opciones políticas tradicionales. Según las últimas encuestas, una diferencia de un 5% separa a Trump y Clinton, y ambos tienen índices de rechazo históricamente altos. Independientemente de quién resulte vencedor, lo más probable es que los estadounidenses elijan a su nuevo presidente no porque lo prefieran, sino porque rechazan su alternativa.

Hasta ahora, los dos candidatos parecen centrarse menos en sus diferentes políticas que en los defectos de carácter de su oponente: la campaña de Clinton describe a Trump como una persona carente del temperamento, los conocimientos y la experiencia como ocupar el cargo, mientras que la campaña de Trump retrata a Clinton como una oportunista política corrupta.

Sólo los mismos estadounidenses decidirán el resultado de las elecciones, pero no deberían olvidar que les observa un mundo preocupado y perplejo. Para los observadores externos, la gran pregunta no es quién saldrá electo, sino si Estados Unidos seguirá siendo un líder global eficaz en los próximos años.

A muchos países les preocupa con razón que un eventual gobierno de Trump no aprecie la complejidad de los problemas globales y desmantele imprudentemente las actuales alianzas estratégicas. Al mismo tiempo, más allá de quien gane, varias naciones temen también la inacción estadounidense. ¿Seguirá EE.UU. centrándose en el manejo cortoplacista de las crisis por prestar más atención a sus consideraciones internas? ¿O adoptará la perspectiva global que necesita el mundo interconectado de hoy?

Obviamente, el lema “América primero” de Trump no va en la línea de un liderazgo internacional creciente y llevaría al país por un camino aislacionista. La inclinación de Clinton hacia el cálculo político sugiere una preferencia por el gradualismo para abordar los retos globales. Ninguno de estos enfoques es lo suficientemente atrevido ni incluyente para un mundo plagado por la guerra y la inestabilidad, especialmente en Oriente Próximo, donde los conflictos asuelan Siria y Libia y crecen las tensiones entre Israel y los palestinos.

Muy pocos habitantes de Oriente Próximo extrañan el gobierno de George W. Bush, y seguiremos pagando un alto precio por la desastrosa invasión a Irak en 2003. Pero igualmente pocos aplauden al Presidente Barack Obama, cuyos logros en materia de política exterior en la región quedaron muy por debajo de los grandiosos ideales y expectativas que planteara en el discurso de inauguración de su primer mandato y en el de El Cairo en junio de 2009.

El próximo presidente de Estados Unidos tendrá que idear soluciones ambiciosas no sólo a los retos de Oriente Próximo, sino a problemas que afectan a todo el planeta, como el cambio climático, la pobreza, las epidemias, el terrorismo, la proliferación nuclear y los conflictos regionales en casi cada continente. Puede que él o ella incluso participen en la reforma de instituciones internacionales clave, como las Naciones Unidas, que han impulsado iniciativas de gobernanza global desde la Segunda Guerra Mundial, y se verán ante un orden  mundial en el que los actores no estatales jueguen un papel tan prominente como los estados nación tradicionales.

El próximo presidente también tendrá grandes oportunidades de aprovechar las nuevas tecnologías para beneficio de todas las personas. Pero, al igual que la seguridad, el progreso tecnológico y económico sólo es sostenible con la participación activa de actores internacionales de peso, como Estados Unidos, que sigue teniendo la mayor economía y el ejército más poderoso.

Los líderes mundiales que asistan a la sesión número 71 de la Asamblea General de las Naciones Unidas tendrán la oportunidad de familiarizarse con Trump y Clinton, así como con sus más altos asesores. Junto al presidente de mi país, Abdel Fattah el-Sisi, he conocido a ambos en persona y puedo predecir que los líderes extranjeros saldrán de estos encuentros con una sensación de menos alarma, pero todavía de incomodidad.

Para hacer frente a los fantasmas del pasado y el presente, y construir un orden mundial más justo y estable, los miembros de la comunidad internacional deben colaborar entre sí, incluso si tienen visiones divergentes sobre asuntos específicos. Estados Unidos no debe (ni puede) encapsularse en un falso aislacionismo, ni permitir que las consideraciones políticas internas empañen el prisma con el que se han de tomar las decisiones globales estratégicas.

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Mientras los observadores externos esperamos la elección del próximo presidente estadounidense, sólo nos cabe esperar que él o ella sean un ejemplo de respeto y compasión por su país y lideren el mundo con sabiduría y valor.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen