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Los tres Trumps

NUEVA YORK – Hacía mucho que un cambio de gobierno no atraía tanta atención ni generaba tantas especulaciones como el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. Para comprender el significado de este cambio y lo que presagia, hay que desenmarañar tres misterios, porque hay tres versiones de Trump.

El primer Trump es el amigo del presidente ruso Vladimir Putin. El entusiasmo que siente Trump por Putin es la parte más coherente de su retórica; un fervor que se destaca en medio de una cosmovisión que considera a Estados Unidos víctima de potencias extranjeras (China, México, Irán, la Unión Europea).

Hay quien piensa que Trump es un ingenuo que admira a hombres fuertes como Putin; otros, que es una herramienta de la inteligencia rusa desde hace mucho tiempo. En todo caso es casi seguro que hay una historia no revelada, una que podría destruir al gobierno de Trump, si se llegan a confirmar ciertos rumores escabrosos. Ya sabemos que algunas fechas y detalles clave del tristemente célebre “dossier” sobre las relaciones de Trump con Putin, compilado por un ex oficial de la inteligencia británica, fueron verificados.

Hay cada vez más evidencia circunstancial que indica que Trump recibe apoyo económico ruso hace décadas. Es posible que oligarcas rusos hayan salvado a Trump de la bancarrota, y se dice que uno de ellos viajó a varios de los lugares que visitó Trump durante la campaña, tal vez cumpliendo la función de intermediario con el Kremlin. Y muchos altos miembros del equipo de Trump (entre ellos el primer jefe de campaña, Paul Manafort; el recién eyectado asesor de seguridad nacional, Michael Flynn; el ex director ejecutivo de ExxonMobil y ahora secretario de Estado, Rex Tillerson; y el magnate de las finanzas y secretario de comercio, Wilbur Ross) tienen tratos comerciales significativos con Rusia o con oligarcas rusos.

La segunda versión de Trump es el empresario codicioso. Trump parece decidido a transformar la presidencia en otra fuente de riqueza personal. Casi cualquier persona consideraría que llegar a presidente es una recompensa en sí misma, una que no necesita canjearse por dinero (al menos no durante el mandato). Pero con Trump es distinto. Contra todas las normas anteriores, y en infracción de los criterios fijados por la Oficina de Ética del gobierno estadounidense, Trump ha decidido conservar su imperio empresarial, mientras miembros de su familia maniobran para monetizar la marca Trump en nuevas inversiones en todo el mundo.

El tercer Trump es un populista y demagogo. Es una fuente incesante de mentiras, que descarta las inevitables correcciones publicadas por los medios denunciándolas como “noticias falsas”. Por primera vez en la historia moderna de los Estados Unidos, el presidente se ha dado a demonizar agresivamente a la prensa. La semana pasada, la Casa Blanca excluyó al New York Times, la CNN, Politico y Los Angeles Times de una reunión informativa del secretario de prensa con periodistas.

Según algunas interpretaciones, la demagogia de Trump está al servicio de su jefe de estrategia, Stephen Bannon, promotor de una oscura visión de una futura guerra de civilizaciones. Trump está incitando el máximo temor posible para crear un nacionalismo chauvinista violento. Después de la Segunda Guerra Mundial, Hermann Göring dio desde su celda en Núremberg una explicación espeluznante de la fórmula para hacerlo: “Siempre se puede conseguir que la gente haga lo que quieren los líderes. Es fácil. Sólo hay que decirles que están siendo atacados y acusar a los pacifistas de no tener patriotismo y de poner el país en peligro. Funciona igual en cualquier país”.

Otra teoría es que los tres Trumps (el amigo de Putin, el maximizador de su riqueza y el demagogo) son en realidad uno solo: Trump el empresario recibe hace tiempo apoyo de los rusos, que lo usaron durante años como fachada para lavar dinero. Podría decirse que se sacaron la lotería: con una apuesta pequeña (manipular el resultado de una elección que seguramente no esperaban que Trump ganara) consiguieron un premio enorme. Según esta interpretación, los ataques de Trump a la prensa, a las agencias de inteligencia y al FBI buscan concretamente desacreditar a estas organizaciones en previsión de futuras revelaciones sobre los tratos de Trump con Rusia.

Quienes vivimos el Watergate recordamos lo difícil que fue obligar a Richard Nixon a dar explicaciones. Si no hubieran salido a la luz las grabaciones secretas registradas en la Casa Blanca, es casi seguro que Nixon hubiera evadido el juicio político y concluido su mandato. Lo mismo vale para Flynn, que mintió una y otra vez a la opinión pública y al vicepresidente Michael Pence en relación con sus comunicaciones con el embajador ruso antes de asumir su cargo y que, igual que Nixon, tuvo que renunciar sólo porque sus mentiras quedaron grabadas (en este caso, por agencias de inteligencia estadounidenses).

Cuando las mentiras de Flynn salieron a la luz, la reacción de Trump (típica de él) fue defenderlas y atacar la filtración. La principal lección de Washington, y de la política del hombre fuerte en general, es que la mentira es el primer recurso, no el último.

Si hay suficientes congresistas honestos, una mayoría, consciente de que los republicanos no investigarán a miembros de su partido (algo que el senador republicano Rand Paul dejó bien claro al declarar que “no tiene sentido”), exigirá una investigación independiente de los vínculos de Trump con Rusia. Trump parece decidido a aumentar la presión sobre el FBI, las agencias de inteligencia, los tribunales y los medios para que desistan.

Los demagogos sobreviven con el apoyo público, que tratan de mantener apelando a la codicia, el nacionalismo, el patriotismo, el racismo y el miedo. Llenan de dinero efímero los bolsillos de sus simpatizantes, mediante rebajas impositivas y transferencias de ingresos que financian aumentando la deuda pública (y que las generaciones futuras paguen la factura). Hasta ahora, Trump mantuvo a los plutócratas estadounidenses contentos con promesas de rebajas impositivas inviables, al tiempo que mesmerizaba a sus seguidores trabajadores blancos con decretos para la deportación de inmigrantes ilegales y una veda al ingreso de viajeros procedentes de países de mayoría musulmana.

Nada de esto colaboró con la popularidad de Trump. Sus índices de aprobación son históricamente bajos para un presidente nuevo: alrededor del 40%, con aproximadamente un 55% de desaprobación. Las anulaciones judiciales de sus decretos, las peleas con los medios, las tensiones derivadas del aumento del déficit presupuestario y nuevas revelaciones respecto de Trump y Rusia mantendrán a la opinión pública en ebullición, y es posible que el apoyo a Trump se evapore.

En ese caso, es más probable que los líderes republicanos se rebelen contra Trump. Pero nunca hay que subestimar la disposición de un demagogo a usar el miedo y la violencia (incluso la guerra) para mantener el poder. Una tentación en la que Trump puede caer fácilmente si, como dicen, Putin es su socio y apoyo.

Traducción: Esteban Flamini