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La revolución sin memoria

Hace cuarenta años Mao Zedong dio inicio a la Revolución Cultural. El Departamento de Propaganda del gobernante Partido Comunista chino ha emitido una orden prohibiendo cualquier tipo de evaluación o conmemoración de este desastre, como parte de su apuesta por hacer que los chinos echen al olvido esa década perdida.

Al condenar a los japoneses por negarse a abordar el tema de la masacre de Nanjing durante la Segunda Guerra Mundial, las autoridades chinas proclaman que olvidar el pasado equivale a traicionar al pueblo. Sin embargo, para los chinos la Revolución Cultural fue en si misma una traición que se prolonga hasta el día de hoy. Todos los terribles acontecimientos ocurridos desde entonces – la masacre de la Plaza Tiananmen Square, la persecución de Falun Gong y la represión de los activistas de los derechos civiles- son el fruto nocivo de ese pecado original sin expiar.

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La Revolución Cultural marcó el punto culminante de la exterminación de clases practicada por el Partido durante los años 60. Los sobrevivientes de todos los movimientos políticos previos, cautivados ahora por el culto a la personalidad de Mao, se vieron libres de ataduras para matar y buscar venganza con toda impunidad. Mao resumió este estado psicológico: “Es el momento de levantarse, y me complace el caos.” En su directiva llamada “Acerca de los incidentes en que los unos atacan a los otros”, Mao planteó: “¿Y qué? La buena gente se conoce entre si enfrentándose, y a las malas personas les hace bien que las buenas personas las ataquen...”

Los amigos de mi generación invariablemente comentan cuando menciono que nací el 18 de agosto: “Oye, ese es el aniversario de cuando el Presidente Mao recibió por primera vez a los Guardias Rojos”. Sin embargo, los meses y años posteriores han sido olvidados de manera selectiva, particularmente por los mismos Guardias Rojos. Son personas que, como la Juventud Hitleriana, dieron vuelta a su sangrienta página de la historia y nunca miraron para atrás.

Según Wang Youqin, autor de Víctimas de la Revolución Cultural , después de que Mao recibiera a los Guardias Rojos y los instruyera acerca de la “lucha militante”, más de 1.700 personas fueron golpeadas, ahogadas o quemadas hasta morir. Otras 100.000 perdieron sus hogares.

En cuestión de meses, se desató por el país un movimiento general bajo el lema de “revolucionar la cultura china”, dedicado al objetivo de “romper con la vieja cultura, las viejas tradiciones, los viejos pensamientos y las viejas costumbres”. Entre las primeras víctimas estuvieron quienes habían nacido como “terratenientes, agricultores ricos, elementos perniciosos y derechistas”. Desesperadas por salvar sus vidas, las familias destruyeron voluntariamente sus propiedades e hicieron añicos sus pinturas y obras de caligrafía antiguas.

Antes habían ocurrido episodios de quema de libros y enterramientos en vida de intelectuales, pero ninguno fue más radical que la fuerza destructora desatada por Mao. No pasó mucho tiempo antes de que se procediera a la destrucción de sitios antiguos. Se exhumaron los cadáveres de figuras históricas, como Zhang Zhidong, alto funcionario de la Dinastía Qing, y los cuerpos en descomposición se exhibieron colgando de los árboles.

Finalmente, cualquiera –desde el Presidente a los ciudadanos de la calle- podía ser criticado, tachado de “demonio-buey y espíritu de serpiente”, perseguido y puesto en una lista de espera para ser ejecutado. Se asesinaba por proteger a Mao, y quienes eran ejecutados gritaban “Larga vida al Presidente Mao” mientras se dirigían a su muerte.

En la provincia de Guangxi ocurrieron algunos de los peores actos de violencia; cerca de 100.000 personas murieron entre julio y agosto de 1968. En el “Memorial Oficial de la Revolución Cultural en Guangxi”, aparecen muchos niños en la lista de los muertos. El escritor Zheng Yi informó que sólo en el Condado de Wuxuan hubo prácticas de canibalismo en más de 100 víctimas, ya que devorar a los enemigos era la única manera de probar el amor por Mao. A las víctimas se les sacaron los riñones, los ojos o los sesos estando todavía vivas.

Mao inició otra ola de persecuciones en 1968. En innumerables “suicidios”, simplemente muchas personas fueron golpeadas hasta morir, o se quitaron la vida cuando el sufrimiento resultaba imposible de soportar. En Beijing, las muertes ocurrieron principalmente en áreas con árboles y lagos. Wang Youqin informa que el 4 de noviembre se encontraron cuatro cuerpos flotando en el lago del Palacio de Verano. Un total de 63 personas fueron asesinadas en la prestigiosa Universidad de Beijing.

Mao murió queriendo exterminar la cultura china. Su Revolución Cultural mató cerca de dos millones de personas, despedazó tradiciones, extirpó valores espirituales y éticos, y destrozó lazos familiares y lealtades hacia las comunidades locales. La gente que la vivió bloqueó sus recuerdos, ya que el sufrimiento aplasta el espíritu de manera peor que el daño de una bala al corazón.

Lo peor de todo es que los crímenes de Mao contra la civilización siguen actuando, a diferencia de los de, por ejemplo, Hitler. El Partido Comunista todavía usa sus métodos de lavado de cerebro, y su legado todavía se venera oficialmente. Su retrato y su cuerpo siguen exhibiéndose en la Plaza Tiananmen de Beijing, y su rostro aparece en los billetes que utilizan a diario los chinos para vender y comprar, muchos de los cuales vieron a sus padres, hijos y otros seres queridos morir a consecuencia de sus órdenes.

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No es de sorprender que el pueblo chino vea la política con una mezcla de cautela y temor. Las figuras públicas dedican una gran cantidad de tiempo y energía a evitar ofender al Partido, avalando abiertamente la indiferencia como la principal herramienta de supervivencia. El mes pasado vi un programa de televisión en que participaba Han Meilin, un pintor famoso. Al terminar el programa, dijo unas sabias palabras: “¡Larga vida a quienes son indiferentes y no les importa!”

Han Meilin sufrió terribles persecuciones durante la Revolución Cultural. Sus palabras fueron recibidas con un aplauso ensordecedor del público del estudio.