La nueva cara del fascismo

Aparentemente, los partidos post-fascistas y de extrema derecha, cuya creciente popularidad provocó alarma en toda Europa occidental hace algunos años, están desapareciendo de la escena electoral. Pero, ¿significa eso que el radicalismo político, los sentimientos de extrema derecha y el fascismo se están extinguiendo en Europa? Difícilmente. Al tiempo que tanto los grupos post-fascistas y de extrema derecha se debilitan en Europa occidental, los partidos de ese signo han resurgido ominosamente en Europa oriental, sobre todo con el éxito de los nacionalistas radicales en las recientes elecciones de Rusia y Serbia.

Al mismo tiempo, los costos del debilitamiento de los partidos de extrema derecha, nacionalistas y post-fascistas en Europa occidental y central han sido altos: las fuerzas políticas convencionales se vieron obligadas a adoptar parte del vocabulario y la agenda de la extrema derecha. Muchos políticos y partidos convencionales europeos ahora defienden políticas en contra de la inmigración, expresan un mayor escepticismo hacia la integración europea o manejan una forma de antisemitismo que disfrazan como crítica a las políticas de Israel.

Los partidos extremistas también se han visto marginados debido a su débil postura en la política paneuropea. Los electores en Italia, Francia, Holanda y Austria (aquellos países en los que los partidos post-fascistas o de extrema derecha generaron las mayores preocupaciones) se dieron cuenta gradualmente de que las fuerzas democráticas convencionales de Europa sólo le darían a los partidos extremistas una influencia limitada en el Parlamento Europeo y otras instituciones de la UE. Algunos (por ejemplo, los Demócratas Libres de Jörg Haider en Austria o los post-fascistas italianos de Gianfranco Fini) tuvieron que moderar su radicalismo cuando pasaron a formar parte de coaliciones de gobierno.

Mientras que la xenofobia (provocada por los temores acerca de la inmigración, la ampliación de la UE y las presiones de la globalización) ha sido el motor del extremismo en Europa occidental, el radicalismo xenófobo de Europa oriental tiene causas distintas. Los recientes éxitos electorales del Partido Radical Serbio de Vojislav Seselj, de los partidos nacionalistas rusos, así como la sólida posición del Partido de la Gran Rumania de Vadim Tudor, son resultado principalmente de una combinación entre nacionalismo rabioso y las presiones de la modernización.

Esos países, después de algunas demoras, están siguiendo los pasos de algunas naciones postcomunistas de Europa central, donde partidos nacionalistas-populistas, como el Movimiento por una Eslovaquia Democrática de Vladimir Meciar, retrasaron la democratización y la reforma de mercado hace una década. Como en Europa occidental, en la mayoría de los países postcomunistas que se convertirán en miembros de la UE en mayo de 2004, el costo de neutralizar tanto el radicalismo político como el nacionalismo ha sido que los partidos políticos convencionales han tenido que adoptarlos hasta cierto punto.

Actualmente se pueden escuchar versiones más moderadas de los lemas nacionalistas, euroescépticos o xenófobos provenientes de partidos como el Cívico Democrático de la República Checa o el Fidesz de Hungría, las más importantes fuerzas opositoras en esos países. En otras palabras, los partidos convencionales se han apropiado tanto del lenguaje como de la agenda que le pertenecía originalmente a los partidos de extrema derecha.

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Pero en el caso de Rusia, Serbia y Rumania, el camino que les espera para mantener a raya a sus extremistas tal vez sea más abrupto. Primero, a diferencia de los países postcomunistas de Europa central, carecen de las tradiciones políticas y filosóficas de occidente. Los fuertes vínculos entre el Estado y la Iglesia Ortodoxa forjaron religiones de Estado que contribuyeron a crear un profundo sentido de mesianismo nacional. Así, los nacionalistas en Rusia, Serbia y Rumania se nutren de creencias muy arraigadas en el sentido de que sus naciones tienen misiones históricas especiales.

Segundo, debido a que el papel del Estado tradicionalmente ha sido fuerte en esos países (la separación democrática de poderes y los esfuerzos para introducir el imperio de la ley son acontecimientos relativamente nuevos) las tendencias corporatistas que caracterizaron, por ejemplo, al fascismo italiano de los años treinta, siguen siendo poderosas. Por último, la globalización, las presiones que surgen de las reformas de mercado, la modernización de las instituciones y otros fenómenos nuevos alteran y confunden a esas sociedades.

Un fuerte sentimiento de misión histórica, problemas sociales y económicos y una estatura internacional disminuida se combinan para formar una mezcla explosiva que favorece a los radicales. Así, al menos en esos tres países, el auge de las tendencias post-fascistas, del nacionalismo y del extremismo político podría no ser temporal, como en Europa central, o mantenerse como un fenómeno marginal, como el que se experimentó recientemente en Europa occidental.

Pero es necesario resaltar algunas diferencias importantes entre Rusia, Serbia y Rumania. El último de estos tres países es candidato para ingresar a la UE en 2007, y el proceso de adhesión ha tenido efectos moderadores sobre la política rumana.

Los dos millones de húngaros étnicos de Rumania, que son los blancos políticos principales de los nacionalistas rumanos, representan un puente hacia la UE, ya que Hungaría será miembro de la Unión tres años antes. Transilvania, que es donde esos húngaros se concentran principalmente, también es el puente cultural de Rumania hacia occidente, porque esta región perteneció durante siglos al Imperio Habsburgo. La esperanza de la membresía en la UE le da a los políticos tradicionales y al pueblo rumano un fuerte incentivo para no sucumbir ante los sentimientos nacionalistas.

Serbia y Rusia plantean casos más difíciles debido a que el orgullo nacional de ambos (por razones distintas) ha sido lastimado. Mientras que Rusia ha perdido casi por completo su estatura de superpotencia, Serbia fue profundamente humillada por la OTAN en 1999. Muchos serbios también se sienten ofendidos por los juicios que se están llevando a cabo en la Corte Penal Internacional de La Haya en contra de sus ex líderes.

La comunidad internacional, especialmente la UE, puede ofrecer muy pocos incentivos para promover políticas moderadas en estos dos países. Además, las experiencias que el ruso común y corriente ha tenido del liberalismo económico y las reformas políticas desde la caída del comunismo han sido más bien negativas. Aunque la mayoría de los rusos parecen darse cuenta de que los comunistas ya no pueden "rescatar" a su país, muchos quisieran un gobierno semi-autoritario y un renacimiento nacional basado en los valores tradicionales rusos. Esa fusión, sin embargo, sigue siendo la otra tentación letal para la política moderna.

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